Mons. ALFONSO CARRASCO ROUCO: “FIRMES EN LA FE”

Decía nuestro Papa Benedicto XVI en su Mensaje a los Jóvenes del mundo con ocasión de esta JMJ 2011: “Sí, la cuestión del lugar de trabajo, y con ello la de tener el porvenir asegurado, es un problema grande y apremiante, pero al mismo tiempo la juventud sigue siendo la edad en la que se busca una vida más grande. Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía también de nuestra situación.

Durante la dictadura nacionalsocialista …”

 

1. En nuestra época, diferente de aquella en tantas cosas, esta intuición fundamental sigue siendo verdadera. También hoy un joven desea una vida grande, percibe que las exigencias de la economía, los estilos de vida dominantes, no pueden ser la única posibilidad. La vida exige otro protagonismo, algo más que adaptarse sólo a un sistema social como una parte de su funcionamiento.

Sin dejar de comprender, con realismo, la necesidad del trabajo o de la organización de la vida común, la juventud habla de las posibilidades del mundo y de la vida, y lo hace de muchas maneras, según la experiencia de cada uno.

Así, por ejemplo, un joven podría preguntarse: ¿por qué atenerse a las reglas que se nos imponen, no sólo en lo social, sino sobre todo en lo moral, en la forma de comportamiento personal? ¿no son sólo reglas externas, propias de una forma social discutible (a lo mejor antigua o simplemente cómoda), que impiden explorar posibilidades evidentes y placenteras que parecen pertenecer a la propia naturaleza? ¿no hay otras posibilidades?

Otro joven podría pensar, ¿no sería posible responder a injusticias o corregir desigualdades evidentes en la sociedad? Es posible que la historia de una persona lo lleve a querer evitar sufrimientos, a rechazar la mentira y desear la verdad, a sentir la necesidad de la justicia a la hora de construir el mundo en que se vive. O es posible compartir la percepción de peligros propios de nuestro camino social: de sobreexplotación de la naturaleza, de hambre o de abusos ecológicos, etc. De muchas maneras y con intensidades diferentes, se ve la posibilidad y la necesidad de no contentarse y de cambiar el mundo.

Y queda siempre una pregunta inevitable, que las resume todas: ¿no ofrecerá el mundo y la vida aquello que se corresponde conmigo, con los deseos y esperanzas de bien y de felicidad que me constituyen a mí personalmente? ¿Tengo que censurar, en nombre de un presunto realismo, las expectativas del corazón? ¿No habla el mundo de una inmensidad de posibilidades, no existirá lo que corresponda de verdad a mi persona?

2. El dinamismo de la juventud es profundamente bueno, imprescindible para que tome su forma verdadera la vida de cada uno y necesario para el bien de la sociedad. Presupone la afirmación de la grandeza de la vida, de su posible belleza, y de la del mundo; y el rechazo de acomodarse a las posibilidades ya exploradas, de no abrirse al futuro, de reducirse a lo que cabe en los esquemas políticamente correctos de cada momento.

Pero este dinamismo joven está siempre amenazado también por una censura que podemos fácilmente interiorizar, que nos lleva a aceptar que estas expectativas no son reales, que no sirven para nada.

En primer lugar, porque parecen imposibles: nunca se podría conseguir vencer la mentira, la injusticia, la violencia, el hambre, etc., y por tanto cambiar de verdad el mundo. Y no habría tampoco nada que correspondiese plenamente a mi persona concreta, que le diese la importancia única que tiene para mí, un protagonismo real y una misión en la vida.

En segundo lugar, porque, en apariencia, estas expectativas pueden pasar fácilmente a segundo plano en la propia existencia, distraídos por las actividades cotidianas y las ofertas de la sociedad, o determinados por problemas y sufrimientos, o decididos a veces a exprimir rápidamente las posibilidades de placer o de alegría más inmediatas.

En tercer lugar, porque pocas cosas alrededor parecen ayudarnos en este camino, donde podemos vernos solos. Y entonces procuramos adaptarnos y vivir del mejor modo en nuestro ambiente. Podría parecer que la sociedad sólo espera del joven que se integre y cumpla determinadas funciones.

3. Y, sin embargo, al mismo tiempo, muchas cosas hablan contra esta negación o censura de los deseos profundos de la juventud.

En primer lugar, la experiencia del bien que mucha gente ha hecho a favor de los demás demuestra que es posible cambiar el mundo; más aún, que el mundo es habitable gracias a muchas personas así, en lo pequeño y en lo grande. Que sin ellas muchas cosas no serían como son, ni la sociedad habría hecho progresos.

En segundo lugar, la experiencia de la propia familia, y luego la de la amistad, atestiguan constantemente la singularidad de la propia persona. Será quizá un testimonio frágil, que puede quebrar y que es pequeño, que no tiene las medidas del universo; pero en principio es dado a todos, capilarmente, en el mundo entero. Y la experiencia elemental de esta amistad o amor confirma a cada uno la realidad y la bondad profunda de esta expectativa del corazón, sin la que no podemos ser lo que somos. Como decía Juan Pablo II1, el hombre no puede entenderse sin amor. Renunciar a esta expectativa, viva en el joven, no es posible. En tercer lugar, la percepción permanente, siempre renovada, de que el mundo es más grande que lo que llegan a organizar quienes gobiernan en un lugar o un momento, que hay otras maneras de ser, que no se puede absolutizar lo que tenemos, que la vida promete más cosas. Y, en paralelo, la percepción de la injusticia que sufre el propio corazón cuando es obligado a no buscar más, a definirse según un esquema limitado, cuando no se respeta la amplitud de su deseo.

4. Así pues, a pesar de las dificultades, la experiencia de la juventud lleva siempre dentro la certeza de la grandeza del mundo y de las posibilidades de la vida, un dinamismo profundo de apertura al futuro, de expectativas personales; es decir, una serie de afirmaciones valiosísimas, que definen el impulso y la identidad más propia del ser joven.

Estas afirmaciones tienen, en realidad, características cercanas a la fe: creen lo que no se ve y dan consistencia a la esperanza2, son combatidas e influyen en las propias actitudes vitales.

Afirman lo que no se ve; es decir, las posibilidades inmensas de la vida, la existencia de lo que se corresponde con uno mismo y satisface el corazón. Y son combatidas, pues esta posibilidad, este buscar algo más de lo ya organizado y vivido por otros, es negado por muchos en nombre de un presunto realismo, de un atenerse a lo empírico, a los hechos constatables.

Y, ciertamente, en la juventud se afirma lo que no se ve. Pero lo irracional no es la afirmación, sino su negación; porque se niega al mismo tiempo una realidad que es palpable, constatable y evidente para cada uno.

En primer lugar, el propio yo, que piensa, vive y se mueve. ¿Puede negarse el propio yo, con sus exigencias –a veces dolorosamente presentes–, en nombre de una teoría sobre la vida, de una presentación orgánica del mundo hecha por otros? ¿Cuándo nos engañamos, cuál es la verdadera “matrix”, por hablar de algún modo? ¿Con qué criterio distinguimos lo real, lo que importa? La certeza más evidente que tenemos es el propio yo, que vive, actúa y sufre –y que hemos querido describir algo.

Y, sin embargo, parecería que puede surgir siempre una duda: ¿no estaré algo loco, dando tanto peso a mi persona, a mi vida? ¿No tendrán razón los demás?

Pero, ¿habrá locura mayor que aceptar un mundo sobre la base de negar el significado del propio yo, de su dinámica más íntima? ¿Por qué habría que hacer esto?

¿Se puede renunciar al propio acceso a la realidad, a la propia razón y libertad? ¿No será eso la mayor locura, un sacrificio hecho en nombre de una presunta evidencia de la organización o del pensamiento social hecho por otros y dominante hoy?

Además, ¿nos quedamos realmente solos, si apostamos por el propio yo, por su destino, por un acceso a la realidad abierto a todas sus posibilidades? La experiencia nos dice que no.

El camino hecho por otros está ante nuestros ojos, testimoniado en la historia, expresado en el arte3, o cercano quizá en un maestro verdadero. Y nos lo muestra en particular la amistad, en la que resuena la verdad del propio ser, al compartir y encontrarse con los amigos. En esta experiencia se puede entrever lo bueno y razonable de lo que llevamos dentro, lo fuerte de sus exigencias, como algo que, en el fondo, forma parte del corazón de cada uno y nos hace a todos iguales, permite que pueda comprenderse a cualquiera, sin distinción de razas o culturas.

5. En el fondo, el corazón, sobre todo el joven, aspira a firmeza, a afirmarse, a poder expresarse y alcanzar certeza, a comprender lo que ofrece la realidad, a sentirse parte y protagonista de ella.

Pero la tentación de la desilusión, del cansancio, acecha con frecuencia. Necesitaríamos que la realidad, con sus riquezas, nos respondiese de alguna manera, que sucediesen cosas que nos sostuviesen en el camino. Necesitaríamos la compañía de amigos, que compartiesen expectativas y anhelos con sinceridad, en los que encontrar ánimos y apoyo, con los que buscar juntos, adentrarse en las cosas sin traicionar el corazón.

Este es el modo en que se nos ha acercado el Señor Jesús. Vino para hacer posible la firmeza de nuestra fe, de nuestros corazones, para siempre. Para salvaguardar lo más valioso de nosotros mismos, del ser joven; y convertirlo en cimiento sobre el que edificar la vida y cambiar el mundo.

En su Presencia florecen las energías aletargadas del corazón; porque la posibilidades que parecen prometer el mundo y la vida se hacen más cercanas y verdaderas. La realidad adquiere fuerza, profundidad, sentido, interpela más personalmente, se hace amiga, sostiene nuestro camino, aunque sea con trabajo y esfuerzo.

Gracias a su Persona, comprendemos la lógica y la verdad profunda de la vida, la inmensidad de sus posibilidades, lo radical del amor que explica nuestra existencia y puede darle forma personal y satisfacción plena. Porque en Él podemos poner nombre concreto al infinito que deseamos, conocer al Creador, al Padre.

Jesús renueva y da firmeza definitiva a la fe del corazón joven y aporta además estas riquezas del modo más humano: a través de la amistad, de la presencia amiga de compañeros de camino, que Él mantiene a lo largo de la historia y en la que Él habita y está presente y cercano siempre.

Es un camino en compañía, con Jesucristo como maestro y consuelo; pero hecho de rostros, de cercanía, de comunidad, en la que el propio corazón encuentra correspondencia y apoyo. Esta es la Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús, en la que se guarda y se respeta la verdad sobre el corazón del hombre y sobre el corazón del mundo, sobre Dios; y en la que habita el Espíritu de inteligencia y amor, que sostiene el universo y ha plasmado el ser de cada uno.

Encontrarse con Cristo, con su compañía buena, presente entre sus amigos y discípulos, ilumina la juventud de cada uno y la hace de algún modo eterna, en lo que tiene de mejor: podrán destruirse nuestros organismos con el paso del tiempo, pero por dentro rejuvenece el hombre día a día, hasta alcanzar la plena estatura humana, a la medida de Cristo, que está lleno de esplendor y de gloria.

 

1 Encíclica Redemptor hominis, 10

2 Cf. Hb 11,1

3 en la literatura, el cine, la música, etc.