MONS. ALFONSO CARRASCO: «TESTIGOS DE CRISTO EN EL MUNDO»

Los cristianos estamos llamados a ser testigos de Cristo en el mundo1. Lo dijo Él mismo a sus discípulos en la tierra y nos lo repite en la Iglesia a todos, jóvenes y mayores.
Aquí en los días de la Jornada mundial estamos dando un inmenso testimonio de fe en Cristo. El Papa, el primero; pero de modo grande, magnífico, tantísimos jóvenes.
A veces sin embargo, la frase “ser testigos de Cristo” puede hacerse difícil de entender, o la tarea difícil de cumplir. Por eso es oportuno que hagamos un esfuerzo de reflexión.
1. Vivir es manifestarse, mostrar algo –o mucho– de lo que llevamos dentro. Siempre lo hacemos, al responder a las cosas con que nos encontramos o a las que tenemos que hacer. Y esto sucede delante de los demás, que nos ven, nos miran y nos escuchan; y con los que nos comunicamos por cómo actuamos, pero también especialmente con nuestras palabras.
Las obras y las palabras deberían de ir unidas, explicarse mutuamente; sería signo de sinceridad. Las obras necesitan muchas veces palabras, pues no manifiestan siempre claramente la intención que llevan. Y las palabras han de expresar nuestra realidad, lo que somos y cómo somos.
2. En este sentido, todos los hombres somos por naturaleza testigos de lo que llevamos dentro, y nos relacionamos en la confianza, siendo creídos o no creídos en lo que decimos. Pues también podemos intentar esconder lo que somos o pensamos, engañar al prójimo, mentir.
Nuestras creencias profundas, la actitud íntima y reservada de nuestra libertad, nuestra peculiar manera de ser, nos conducirán a una mayor o menor sinceridad. El egoísmo, por ejemplo, el culto al dinero o al propio placer, lleva a esconderse o a mentir, para buscar beneficios a costa de otros. Aunque siempre expresa uno quién es: alguien que se esconde, o alguien que engaña, aunque no puedan saberse sin más las razones profundas de ello.
De manera semejante, unas maneras de ser conducirán a un mayor deseo de comunicar al otro lo que llevas dentro, a una mayor libertad en el expresar lo que eres, y otras llevarán a mayor indiferencia ante el otro. Así unas generan relaciones y comunidad, otras, soledad. Esta segunda posibilidad ha crecido en nuestra sociedad, donde parece que uno no necesita a nadie, se basta solo –porque hay suficientes medios, riqueza y organización.
3. Podríamos decir que vivir es siempre ser testigos: mostrar lo que llevamos dentro. Ello incluye lo que hemos aprendido en la vida, lo que pensamos saber sobre el modo de relacionarse con las cosas o las personas, y que también comunicamos. Quien ha aprendido algo, es luego testigo de ello, lo comunica: yo sé ya que en tal tema las cosas se hacen de tal modo. Así se transmite la experiencia humana, como una gran cadena de testimonios, de testigos que merecen confianza. Así hacen los padres con sus hijos, los maestros con sus alumnos o discípulos.
Ahora bien, si esto es así, ¿por qué tantas objeciones, por qué sentimos dificultad cuando se habla de dar testimonio de Cristo? Después de todo es algo plenamente humano, que sucede según la misma dinámica vital descrita. Se trata también ahora de dar testimonio de una experiencia, de mostrar lo que se lleva dentro, porque uno lo ha encontrado, descubierto y comprendido en el camino de la vida; y ello sucedió igualmente aprovechando la experiencia de otro, los hechos y las palabras de otros testigos que han hecho el camino primero.
En realidad, aunque por un lado es algo del mismo género que todo el resto de expresiones de la vida, por otro, introduce una diferencia, especialmente sentida por el hombre de hoy.
Todos aceptarían sin problemas a un maestro que les enseñase ciencias o técnicas avanzadas, aspectos de la realidad que no conocen. Ello sólo pondría de manifiesto que todos tenemos mucho que aprender, y eso lo sabemos.
Pero el testigo de Cristo quiere mostrar la presencia de Alguien que es más grande, que no es igual a todos, que es Hijo de Dios; y que nos interpela, porque nos ofrece algo que no podemos alcanzar nosotros, salvación y vida eterna, un amor nuevo que atraviese la muerte.
4. Pero hoy día para muchos esto parece imposible o casi inaceptable. Sería contrario a lo que se considera la verdad absoluta: no hay nada en el mundo o la sociedad que no dependa del poder del hombre. No parece aceptable decir que haya algo más que hombres todos iguales, alguien más grande que yo. En lo que cada uno es, en lo que yo soy, no entra nadie; nadie puede pretender aclarar o decir lo que yo soy dentro de mí. ¿Quién puede decirme nada, con qué autoridad? Somos lo que somos, nos manifestamos como queremos. En este ámbito personal, sería inaceptable que nadie tuviese la pretensión de poder mostrarme cómo debo ser. Porque somos todos iguales, y nos transmitimos si acaso las certezas alcanzadas ya comúnmente, que permiten y ayudan a la convivencia.
Y ciertamente el testigo de Cristo no pretende tener ninguna autoridad sobre nadie. Somos efectivamente iguales. De hecho, el primer gesto de humanidad verdadera es respetar el corazón del otro, saber que no se reduce nunca a mis opiniones, a ningún esquema –a ninguna explicación ideológica o pretendidamente científica–, que tiene una profundidad que se me escapa siempre: que es libre. Esto lo sabe el cristiano, porque su experiencia primera y fundamental ha sido redescubrir el propio corazón, ante el amor y el respeto profundo por su persona y su libertad, que llevó a Cristo a ir hasta el final, hasta la muerte y el infierno mismo, por defenderlo, protegerlo, salvarlo.
Somos iguales, pero deseamos dar testimonio de Jesucristo, como de alguien efectivamente más grande, capaz de iluminar el corazón de cada uno, de forma que descubra de modo nuevo la profundidad de la propia dignidad –la de alguien que el mundo entero no puede explicar, porque es hijo de Dios– y la grandeza del propio destino.
5. Damos así testimonio de que Dios nos ha venido al encuentro. No afirmamos una capacidad especial nuestra, que nos habría posibilitado llegar hasta Dios, pues todos somos personas humanas, iguales; sino que anunciamos que El nos ha visitado en nuestra casa, se nos ha acercado en la historia del modo más humano, haciéndose plenamente hombre.
Este modo humano se ha continuado por medio de testigos, ante los que soy libre de responder, de intentar verificar lo que anuncian o de negarme a ello. Este es un modo totalmente respetuoso con nuestra naturaleza personal, con mi ser yo, que no puede dimitir de su responsabilidad ante la propia vida. Y el encuentro mismo con el Señor no significa negar el propio corazón o la propia historia, sino, como decía Newmann, descubrir más verdaderamente aquello que uno siempre había amado.
La única objeción, la que hoy se encuentra frecuentemente en el mundo, proviene de que, en tal caso, dejaría de estar solo conmigo mismo y habría de comprenderme en relación con Dios. Y es grande la tentación de encerrarse en sí mismos, aún a costa de quedarse solos, sin más horizonte que las propias fuerzas, que se acaban.
La afirmación de que yo soy el único señor de mi vida y no puedo aceptar a nadie en mi ámbito de libertad y decisión, es el “dogma” moderno que sentimos cuestionado por la presencia de los testigos de Cristo –y que provoca que sean rechazados muchas veces. Al mismo tiempo, sin embargo, es una afirmación que excluye todo vínculo profundo, que excluye el amor y conduce al individualismo y a la soledad.
6. Nosotros hemos de ser testigos de Cristo, porque lo llevamos dentro; porque no podemos renunciar a la fe del corazón y a la esperanza por el mundo, al amor de Dios, que nos hace singulares y amados a cada uno e igualmente a todos. El simple hecho de vivir con fe será ya ser testigo de Cristo, puesto que manifestaremos la esperanza que llevamos dentro a la hora de hacer una cosa u otra, de relacionarnos, de ser amigos, de trabajar o de casarse, de sufrir, de amar al prójimo y a Dios.
La fe nos hace testigos de Cristo también porque nos une en un Cuerpo, en una Iglesia. Es una unidad verdadera por encima de todas las diferencias humanas, algo que parecería imposible, que es como un milagro. Y es una unidad que acoge, abierta, en la que todos pueden estar en su casa, que no excluye a nadie, tampoco al pobre o al que sufre; una unidad que vive con hospitalidad radical. Esta unidad, que brota del amor de Cristo, es un testimonio dado a Dios, pues manifiesta cómo su presencia es buena, produce frutos mejores en el hombre: la superación de la división y del odio, la acogida de cada uno.
Damos, pues, testimonio de dos modos, personalmente, con nuestras obras y palabras, y con nuestra unidad como Iglesia. Damos testimonio casi sin querer, manifestando la paz, la alegría, la esperanza que llevamos dentro, la audacia para afrontar la vida, el gusto y la capacidad de comunicación.
7. La verdad de nuestra fe se ve también en que derrota la indiferencia y nos lleva a manifestar sin miedo quienes somos, lo que llevamos dentro, en quién creemos, qué ha pasado en nuestra vida, qué esperamos y cómo queremos amar.
Pues una fe verdadera lleva a manifestarse sinceramente, abre al diálogo y al testimonio, a la comunicación. En ello muestra su humanidad profunda, su bondad. Y nuestra fe nos permite hacerlo con audacia; pero también con humildad y mesura. Porque sabemos que hablamos de otro, del Señor, y que nosotros somos débiles y frágiles como cualquiera. Y esto lo percibimos incluso más claramente al dar testimonio, pues habremos de darlo en primera persona, implicando al propio yo. Ser testigos significa manifestarnos más a nosotros mismos, escondernos menos, y eso conduce a la humildad; no sólo porque pueden salir a la luz nuestros defectos, sino porque anunciamos algo muy grande y sentimos inevitablemente la distancia con lo que somos cada uno, con los propios límites.
De ahí lo que decía san Pedro: dad razón de vuestra esperanza a quien la pida, pero con mansedumbre, con paz. Lo que significa: vivid, para que os puedan preguntar por lo que ven, y dad razón de vuestra vida. No dejéis de hacerlo, no dejéis de vivir, no permitáis que se pierdan las razones del vivir, de la alegría. No traicionemos el amor, al Señor Jesús, a nuestro Dios. Vivid y dad razones a quienes las pidan.
Dar razones con paz, con mesura, procurando la inteligencia. Pues, ya que hemos de amar al prójimo, hemos de procurar explicarnos bien y hacer posible que nos comprendan. No podemos desentendernos de los demás; no podemos asimilar la indiferencia, el individualismo y la soledad como forma de vida –y así perder la fe.
Por ello, mantengámonos unidos: en el Señor y en su Iglesia, en la fe, en la oración, en los encuentros que podemos tener, sobre todo en la Eucaristía con el Señor, cada domingo.
1 Cf. Lc 24,48; Mt 28,18-21; Mc 16,15; Hch 1,8