Mons. Alfonso Carrasco: “ARRAIGADOS Y EDIFICADOS EN CRISTO”

1. Al pensar un momento en la imagen empleada por S. Pablo 1, presente en el lema de esta JMJ, todos podemos reconocer fácilmente que las personas tenemos raíces, de donde surgimos: Están en nuestra casa y en nuestra tierra; en nuestra familia, sin duda en nuestro pueblo y en nuestra cultura. Un día nos damos cuenta de que estas raíces vivas nos han alimentado, de que hemos crecido gracias a ellas. Que llevamos dentro su savia: un idioma, una manera de hacer las cosas, de expresarnos, de sentir y vivir los afectos, etc. Mucho de estas raíces nuestras quedará en nosotros para siempre; y habitualmente no queremos abandonarlas, solemos estar más bien orgullosos de ellas.

Aunque luego, a lo largo de los años, podamos echar raíces nuevas, allí donde nos lleva nuestra historia; y a veces deseemos también echar raíces allí donde nos parece que hay vida en abundancia y satisfacción: en aquella empresa, en esta ciudad, en este país, o quizá con esta persona. Tampoco en este caso depende todo de nosotros mismos: hemos de ser aceptados, acogidos por otros.

2. Pero miramos siempre a nuestro origen, a nuestra tierra, con un cariño particular, e incluso con una cierta nostalgia –con saudade o morriña–, porque en ella recibimos la vida y porque detrás de este don primero percibimos como una bondad profunda. Esta nostalgia es la de un bien, la de una promesa buena que parece latir en nuestras raíces: de tener un lugar en el mundo en el que estemos en nuestra casa; de una riqueza de vida, que nunca dejaría de brotar; de una pertenencia y un amor verdaderos, en que pudiera expresarse todo nuestro ser; de una posibilidad de edificar, cuidar y amar la tierra y las personas en la paz y la justicia.

Nuestras raíces, nuestra tierra, son origen y al mismo tiempo promesa de esplendor y de vida. Nos recuerdan que el hombre no existe solo y por sí mismo, y de algún modo son un signo de Dios, de que hay una paternidad buena en el fondo de nuestra existencia, que parece prometernos ser en plenitud.

Un hombre que negase verdaderamente a Dios, se convertiría en alguien desenraizado, que habría de relativizar y dejar atrás los vínculos que explican su ser – aunque luego quisiera afirmarlos soñando un futuro utópico.

Nuestras raíces están en nuestros padres, en nuestra casa y pueblo, en nuestra tierra y cultura; pero perderían su vitalidad y esplendor para nosotros, se convertirían en meros vínculos que nos delimitan –porque en algún sitio hay que nacer–, si desapareciese de nuestro corazón la esperanza de una tierra en que alcance permanencia, verdad y vida definitiva todo lo bueno y bello que nos ha hecho lo que somos.

3. Nuestras propias raíces –incluso a través de sus limitaciones– nos invitan a buscar a Dios, a desear encontrar aquella fuente de vida que se esconde en nuestros orígenes, que haría posible que nuestra existencia diese fruto y no se marchitase 2, que ofrecería respuesta a todos los males que nos amenazan: el pecado, el dolor y la muerte 3.

Sabemos, si miramos a nuestras propias fuerzas y posibilidades, que esta plenitud deseada no la podemos conseguir por nuestros medios; y ni aunque supiésemos organizarnos y aprovechar todos los recursos de la tierra –cosa que, por otra parte, no logramos, porque, generación tras generación, nos lo impide la mentira, el odio, el ansia de poder4, como puede verse en nuestra constante incapacidad de superar las guerras o injusticias evidentes como el hambre.

Sin embargo, muchos en nuestro mundo han querido confiar la vida al poder humano, y lo justifican luego en el marco de un relativismo que hoy parece dominante.

Según eso, la verdad y el bien deseados en la vida sólo podrían ser expresión de nuestra capacidad de organización: del consenso en la comprensión de las cosas, del acuerdo en lo que nos conviene hacer.

No existiría la “verdad” prometida, que nos haría libres. No existiría Dios, el Padre bueno y creador, sino sólo nuestra capacidad de gestión, nuestro poder, que determina lo que es la verdad y bastaría para dar consistencia a nuestra vida –como decía un reciente presidente del gobierno de España corrigiendo el Evangelio: la libertad nos hará verdaderos. Según esto, no sería bueno pretender buscar la verdad y el bien; eso no sería algo propiamente humano, sino causa de inhumanidad –es decir, de incapacidad de diálogo, intolerancia, abuso de poder, violencia.

En esta teoría se insiste en que lo único que cuenta es la voluntad de cada uno, libre e independiente de todo vínculo; pero el resultado es el de un individualismo solitario, en que el hombre es conducido a atenerse a las posibilidades del poder, que en la práctica es lo “políticamente correcto”. Como decía el profeta, hablando de quien aparta su corazón del Señor, para confiar en el poderoso: “… habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita” 5.

Por otra parte, esta absolutización del poder humano es ridícula, pues sus limitaciones son evidentes a la hora de dar satisfacción a las necesidades más personales y elementales de cada uno, al deseo de ser valorado en primera persona, de tener un protagonismo real en el mundo, de amar y ser amado, de afrontar las debilidades y el mal. De hecho, en realidad, se intenta educarnos a olvidar los anhelos del corazón, la esperanza. Y al final, se nos educa a acomodarnos a la muerte –de la que se llega a hablar como un derecho–, como símbolo máximo del destino nuestro y de nuestra tierra, de la insuficiencia radical de nuestras raíces para asegurar la vida.

4. Como cristianos, sabemos ya con certeza algo que todo hombre puede también percibir al confrontarse con esta ideología: no se corresponde con la realidad.

La tierra y la vida son buenas, son el inicio de una historia en la que esperamos posibilidades imprevisibles.

Por la fe sabemos que el mundo y la vida son expresión del Creador, y que Jesucristo mismo es la realización, en medio de nuestra historia, de aquella posibilidad insospechada, por la que todas las cosas podrán ser conducidas a Dios, a la fuente eterna de agua viva.

Por eso, las raíces del cristiano encuentran su humus definitivo en Jesucristo, en quien somos verdaderamente enraizados por el bautismo. Esto no sucede sin nosotros, sin nuestra libertad. Pero tampoco sin Él, sin Jesús.

Así pues, la primera condición para estar arraigados en Cristo es, por supuesto, que Él exista y que nos acoja, nos ame. Y realmente Jesús ha nacido, ha vivido, hablado y obrado, ha muerto y ha resucitado; y lo ha hecho por nosotros. Existió, existe y está con los suyos cada día hasta el fin del mundo.

Jesucristo no es sólo un gran hombre más, una expresión bella de los recursos de los que ya disponemos en nuestro mundo; pues entonces sería sólo una expresión más de las posibilidades del poder humano, no traería novedad verdadera. Él es el Hijo de Dios, hecho hombre para enraizar definitivamente la naturaleza humana en el Espíritu eterno de vida, como mostró una vez resucitado.

Nosotros creemos que es el Hijo de Dios, que ha venido para salvarnos, para salvar al mundo, en medio del cual vivimos con esperanza nueva e inquebrantable.

5. Pero estar enraizados en Él implica aún algo más. Jesús podría haber venido al mundo y haber traído posibilidades nuevas; pero ¿querré yo echar raíces con Él? Porque cada uno inevitablemente desea ser él mismo, amar las propias raíces, aunque sean pobres, defender su libertad.

El único enraizamiento que podemos aceptar libremente es el del amor: éste es el vínculo en que se expresa nuestra libertad. Por tanto, estaremos firmes en la fe en Cristo, viviremos arraigados en Él, si reconocemos que existe –como nos narran los Evangelios– y también que en Él se expresa un amor infinito y sorprendente por mi persona, por el mundo creado por el Padre.

Descubrir este amor como la verdad más profunda del universo –que Dios es amor– es posible sólo ante Jesús. Sin Él, las fuerzas y recursos de este mundo se nos presentan como los últimos criterios de que disponemos para entender y actuar. Con Él, nuestra vida se enraíza libremente en un amor más grande, que ilumina todas las cosas.

6. Vivir arraigados en Cristo significa no entenderse a sí mismos solos –sin Dios y sin esperanza en el mundo 6–, sino unidos a Él. No entenderse solos, sino con Él, como sucede en la amistad radical, que modela el propio corazón para siempre, o en el amor verdadero, que no se puede sacar del alma. El mejor ejemplo de esta nueva situación sería el del matrimonio, que Pablo usa en su carta a lo Efesios7: el marido –o la esposa– ya no se piensa solo, no opta, no decide sin acordarse de su esposa, como si no existiese; sino que diciendo “yo” se acuerda de ella, que forma parte de la propia existencia.

“Arraigados en Cristo” significa, pues, no pensarse sin Él, no decir “yo” sin la esperanza que brota de saber de su presencia poderosa, sin buscar en Él respuestas y apoyo, sin escuchar su Palabra e ir a su encuentro en los sacramentos, en la Eucaristía.

No olvidar su presencia poderosa ni siquiera cuando experimento mi propio mal, la injusticia, la traición o el pecado; también entonces saber del amor de Cristo, del Señor que llega hasta el extremo por nosotros, que no ha vivido, ni ha muerto, ni ha resucitado como si yo o nosotros no existiéramos, que no se ha pensado ni se piensa sin nosotros.

Esta es nuestra esperanza verdadera: su amor. Porque conocemos ya muy bien nuestros límites, en la inteligencia, pero también en la lealtad, la fortaleza o la fidelidad; sabemos que somos pecadores y que, si por nosotros fuera, no seríamos capaces de vivir así, guardando en la memoria a Jesús. Pero Él no nos deja; se ha entregado por nosotros, para enraizarnos en su amor, en su Espíritu. Como dice Pablo: ¿quién podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo? 8

Por eso caminamos a través de la historia, entre tentaciones y también incomprensiones, pero sin perdernos en el camino. Y nos encontramos unidos, guardando la fe juntos, diciéndonos hoy aquí y de muchas maneras en otros sitios: no nos dejemos engañar, vivamos enraizados en Cristo, no olvidemos el amor de Dios, no vendamos nuestra alma y nuestra tierra.

7. Así, en este misterio de amor y comunión que es la Iglesia, somos edificados en Cristo. Cada uno con una misión, con una libertad y una palabra única, con una vida y un amor nuevos, destinados a dar frutos abundantes en medio de este mundo para bien de todos, para que se cumpla la voluntad de Dios que quiere salvar el mundo.

Edificados en Cristo significa que tenemos una misión y una identidad propia, dadas por Cristo. Con Él, tenemos un protagonismo, un lugar en la historia, en la inmensa tarea de la salvación de los hombres y del mundo.

No edificamos solos, sino en comunión, unidos en Cristo, como miembros de su Cuerpo, que sigue actuando, anunciando y haciendo presente el amor en el mundo de muchas maneras.

Y somos edificados humanamente, es decir, somos animados por un Espíritu de verdad y de amor que hace crecer y madurar al hombre. Ello se manifiesta, para nuestra certeza y nuestra paz, en los frutos buenos que estamos llamados a producir, en el crecimiento del amor, en una inteligencia y una razón más capaces de entender la propia vida y al hombre, las relaciones con los demás, la verdad sobre la justicia y la injusticia, la necesidad de la misericordia y del sacrificio, etc.

El Señor nos edifica y nos edificará si en nuestra libertad volvemos hacia Él la mirada, si acogemos y nos gloriamos de su amor. Así, con nuestra vida y nuestra fe, seguiremos afirmando la esperanza para nuestras raíces: existe la posibilidad de la plenitud para nuestra tierra, nuestras gentes, nuestra cultura; existe la posibilidad de construir con toda la vida un edificio hecho de justicia y amor, destinado a perdurar para siempre.

 

NOTAS

1 Cf. Col 2,7; también Ef 2,20-22; 3,17

2 Cf. Sal 1,1-3; Jr 17,7-8

3 Cf. Ap 22,1-3

4 Como simboliza la narración de la torre de Babel: Gn 11 1-9

5 Jr 17,6

6 Cf. Ef 2,12

7 Cf. Ef 5,32

8 Cf. Rm 8,35