Las Jornadas Mundiales de la Juventud (+Alfonso Carrasco Rouco)

Introducción

Las “Jornadas Mundiales de la Juventud” son una realidad novedosa, un fenómeno pastoral que surge y se desarrolla en los últimos 25-30 años por impulso fundamentalmente del Papa Juan Pablo II, y que llega a alcanzar una gran influencia en la pastoral juvenil reciente e incluso en la vida y la misión de la Iglesia toda. Aparecen como un acontecimiento singular, no previsto, que caracteriza la historia eclesial contemporánea.
En su conjunto, las Jornadas han hecho aparecer ante los ojos de todos el rostro de una Iglesia joven y, por tanto, con futuro; han animado a muchos, tentados por el cansancio, y hecho imposible la reducción de la fe a un fenómeno en el fondo obsoleto
La celebración de una nueva Jornada Mundial de la Juventud constituye seguramente un momento de gracia, un kairós para la Iglesia universal,  y es un regalo, un don providencial para la Iglesia particular que la recibe –en este caso, España y Madrid.
Por supuesto, los frutos dependen también del trabajo pastoral anterior y posterior, de la atención y el interés puesto por los responsables de la pastoral juvenil en la preparación y luego en el aprovechamiento de lo que este encuentro haya podido significar.
En todo caso, cada JMJ nos sitúa ante una nueva generación de jóvenes, en nuevas circunstancias sociales, que interpelan nuestra pasión pastoral y nuestra capacidad de propuesta.

1.      Un acontecimiento surgido de un carisma profético

Las JMJ han sido una gran opción profética de Juan Pablo II. Todo carisma es dado a la Iglesia al servicio de la aventura de comunicar la fe en las circunstancias de cada momento. Esto es válido para cualquier don carismático, desde, por ejemplo, el de la oración contemplativa al  del servicio radical de los más abandonados, en el que resplandece ante el mundo el amor de Cristo. Pero toda la tradición, siguiendo la enseñanza de la Escritura, y en particular de Pablo, ha situado en el centro de la vida carismática a la profecía: dar testimonio de Cristo– respondiendo a los signos de los tiempos.
De algún modo,  esto ha sucedido ante nuestros ojos en las JMJ, que significan aceptar de verdad el desafío de la humanidad en sus circunstancias concretas, el de una juventud cuya dinámica vital parecía alejarla de la fe,  confiando en el Señor.
En efecto,  las Jornadas tienen su raíz en una apuesta decidida por los jóvenes, que Juan Pablo II llevará adelante hasta su muerte con celo extraordinario. Significan un venir al encuentro de lo propio de la juventud con toda seriedad, valorando radicalmente las características de su humanidad, como abiertas a descubrir en Cristo una plenitud de significado.
Desde el inicio de su pontificado, el Papa había anunciado solemnemente que el hombre es “el camino de la Iglesia”, un hombre cuya realidad, dignidad y destino sólo se esclarece realmente en el encuentro con Jesucristo, el Verbo encarnado. Este peculiar carisma suyo se manifestará desde el primer momento también con respecto a los jóvenes, en una mirada que sabe ver los rasgos  típicos de su humanidad, y los valora radicalmente como camino para la Iglesia.
Antes incluso de las Jornadas, decía ya: “vosotros sois el futuro del mundo, la esperanza de la Iglesia. Vosotros sois mi esperanza”. Y afirmará luego: “tenemos necesidad del entusiasmo de los jóvenes, tenemos necesidad de la alegría de vivir que tienen los jóvenes. En ella se refleja algo de la alegría original que Dios tuvo al crear al hombre. Esta alegría es la que experimentan los jóvenes en sí mismos. Es igual en cada lugar, pero es también siempre nueva, original”. A pesar de los estudios sociológicos que describen a la juventud con colores oscuros, él escribirá: “En los jóvenes hay un inmenso potencial de bien y de posibilidades creativas”.  Les señala como ideal la búsqueda de la verdad, la belleza, la justicia y la solidaridad, y añade: “Confirmo mi convicción: a los jóvenes les corresponde la difícil, pero excitante tarea de transformar los ‘mecanismos’ fundamentales que, en las relaciones entre individuos y naciones, favorecen el egoísmo y el abuso, y hacer nacer estructuras nuevas, inspiradas en la verdad, en la solidaridad y en la paz”.
En esta mirada, aquí brevemente ejemplificada, que percibe con sorprendente agudeza los rasgos profundos de  la juventud, se desvela la caridad y también un carisma propio de Juan Pablo II. En efecto, fruto de un don carismático puede ser precisamente la iluminación del corazón humano, sacar a la luz su auténtico modo de ser, abriéndolo a la escucha del Evangelio.
Pues bien, esta opción profética de Juan Pablo II por los jóvenes, esta valoración de su vida y misión en el mundo, esclarecida y afirmada definitivamente a la luz de Jesucristo, encontró una concretización sorprendente en las JMJ.
Con ocasión del Jubileo de los Jóvenes (1984) y del Año internacional de la Juventud declarado por la ONU en 1985, tendrá lugar un encuentro del Papa con grandes grupos de jóvenes. De ahí surgirá la idea y el deseo de volver a encontrarse con una juventud que, a pesar de los grandes cambios de los años 60 y 70, respondía por miles a esta invitación. Tras los primeros tentativos, las JMJ alcanzarán en Santiago de Compostela (1989) su forma madura.

2. Un acontecimiento hecho posible por la presencia de un testigo

Las Jornadas Mundiales son momentos singulares de escucha y de diálogo con el hombre de hoy –con los jóvenes– y de comunicación de la fe. En ellos se manifestó sin duda un carisma, que en su núcleo es profecía. De ahí el significado catalizador del testigo, del que acoge y transmite el don de la palabra del Señor, y que era concretamente Juan Pablo II.
El modo en que surge el acontecimiento de las JMJ, su método propio era el método propio de lo cristiano. Era un error la acusación de personalismo o el ver en las JMJ sólo una manifestación más del fenómeno juvenil e inmaduro de veneración de un ídolo. Desde el inicio, el Señor se comunica a través de la humanidad de sus testigos, movida por el Espíritu Santo, y así actuó Juan Pablo II, respondiendo con fidelidad sencilla y singular a las exigencias de su misión pastoral. Los jóvenes reconocieron los acentos que venían del Espíritu del Señor, lo escucharon y lo siguieron. De hecho, de ello no surgieron fiestas o momentos insignificantes de aplauso de un ídolo pasajero, sino verdaderos “laboratorios de fe” joven, con significado para la marcha de toda la Iglesia.
En este sentido, las JMJ no comenzaron como una parte programada de un plan pastoral, sino por una iniciativa profética de Juan Pablo II. Y llegaron a ser lo que son por la participación de los mismos jóvenes: “Nadie ha inventado las jornadas mundiales de los jóvenes. Fueron ellos quienes las crearon. Esas jornadas, esos encuentros, se convirtieron desde entonces en una necesidad de los jóvenes en todos los lugares del mundo. Las más de las veces han sido una gran sorpresa para los sacerdotes e incluso para los obispos. Superaron lo que ellos mismos se esperaban”.
La perplejidad o la duda ante las JMJ eran comprensibles al inicio, pues no resultaba fácil entender qué significaban o qué podían llegar a ser. Pero el acontecimiento de las Jornadas se impuso poco a poco ante los ojos de toda la Iglesia, generando una sorpresa positiva, por su éxito entre un gran número de jóvenes y por su permanencia en el tiempo.
La sorpresa proviene sobre todo de ver manifestarse inesperadamente dinámicas profundas que no habíamos sabido ver o adivinar en la vida eclesial, vinculadas con la manera de ser y las expectativas creyentes de generaciones de jóvenes. En este sentido, la sorpresa era una interpelación, ¿conocemos de verdad a los jóvenes? ¿estamos cerca de ellos? ¿tomamos en serio lo que son? ¿por qué no responden así ante la presencia eclesial de cada día?
Pero la sorpresa es profundamente positiva, porque pone de manifiesto las potencialidades del Señor, que sigue movilizando y renovando la vida en el presente, en correspondencia con las expectativas también de los jóvenes.
Esta positividad se encuentra también en la dimensión eclesial de los encuentros, que ponen de manifiesto una dinámica profunda vinculada a la figura del Papa, que se manifiesta como testigo de la fe en su humanidad, y permite aparecer el rostro de un Pueblo de Dios joven. El camino de la fe se desvela así como un camino de Iglesia, profundamente personal y al mismo tiempo comunitario, uniendo reconocimiento, afecto y escucha personal con una gran realidad de unidad eclesial.

3.  Una experiencia de la universalidad de la fe

De esta genialidad pastoral, de este gesto profético, no sólo se temía o criticaba un posible personalismo excesivo, que haría infructuosas las Jornadas para la vida pastoral ordinaria, sino igualmente, por los mismos motivos, su carácter masivo.
Y, sin embargo, la experiencia de las JMJ mostró también lo infundado de este temor. Las Jornadas desvelaron tener un valor particular precisamente como encuentro masivo; porque en realidad no fueron la reunión superficial de una masa, de una multitud de personas sin vínculos intrínsecos, sino de un pueblo, profundamente articulado. Fueron momentos de encuentro y testimonio mutuo entre grupos de parroquias, asociaciones y movimientos, pueblos e incluso naciones enteras.
Esto tiene una importancia extraordinaria para los jóvenes cristianos  de hoy, que a menudo viven su fe en soledad o como pequeñas minorías,  y cuya experiencia eclesial no sólo puede parecerles a ellos sino que además es declarada por muchos a su alrededor como insignificante para el hombre y la sociedad. Pues la fe se conforta y se refuerza así, viendo con los propios ojos la realidad de una Iglesia joven y creyente, estando personalmente en presencia de un gran fenómeno de fe que anima, da sentido y fuerza a la vida de muchísimos jóvenes del mundo entero. El joven ve que la fe es real.
El encuentro de pueblos y naciones en las JMJ muestra luego la dimensión universal de la Iglesia de muchas maneras, necesarias todas para el vigor de la fe del joven –y de la de todos los fieles. En primer lugar, porque la fe se manifiesta como una experiencia posible y verdadera también para un joven de hoy, y además en cualquier parte del mundo. Contiene la promesa de la verdad y del bien para cualquier circunstancia de la vida, y en una forma llena de belleza y alegría. Ser cristiano no retira al joven del mundo, sino que le permite ser él mismo en plenitud nueva, en cualquier lugar o país, y en una fraternidad que supera fronteras de un modo incomparable con cualquier otra cosa.
En las JMJ el joven recibe la confirmación de que se puede ser cristiano y moderno, vivir como tal en el presente con dignidad plena. Esto es esencial, cuando la modernidad, el vivir con los tiempos, se identifica por muchos con posiciones y formas de vida no cristianas. Lo cristiano sería el mundo antiguo, que ha envejecido y que estaría desapareciendo. No es posible creer, y menos al joven, sin estar cierto que la propia fe se corresponde con las necesidades y exigencias del presente y abre de verdad al futuro.
La multitud de jóvenes presentes en las Jornadas pone de relieve esta universalidad también de otra manera. Porque muestra en la práctica que la fe no es un asunto privado, sino que puede manifestarse públicamente, también en un mundo democrático, y constituir un principio de renovación de la sociedad. Esta ha sido la experiencia en medio de las grandes ciudades de nuestro mundo, todas conmocionadas siempre por el testimonio de vida, de alegría, de fe y de unidad que hacen presentes los jóvenes, en fuerte contraste con una sociedad en que la gente echa de menos precisamente estas realidades. El cambio de rostro de las ciudades y de sus ambientes por la presencia masiva de los jóvenes de las JMJ, confirma a éstos en la bondad de vivir pública y pacíficamente la propia fe, como gran contribución a la renovación de nuestra sociedad; y responde así a la objeción habitual según la cual la fe cristiana no puede pretender expresarse en el ámbito público, debe reducirse a lo privado, para no violentar las opiniones de nadie.

4. Una llamada a reconocer a Jesucristo y a crecer en la fe

Ciertamente, la experiencia necesita de reflexión y maduración.
A ello contribuye normalmente la estructura de las Jornadas, marcadamente catequética, y la voluntad explícita de reconocer en Cristo, en la cruz de Cristo, al único ante quien se esclarece el corazón y el destino de cada hombre; el único que puede unir a todos en un único gran pueblo, el único de quien quiere ser testigo el Papa, que no habla ni quiere hablar de sí mismo.
Las Jornadas son inevitablemente un anuncio enorme del Señor Jesús como el único salvador del mundo, como la respuesta verdadera a las exigencias del ser humano, en un tiempo en que no es posible creer ya en ningún gran sistema o utopía, y en el que se tendería –los jóvenes tienden– a un simple materialismo utilitarista, a un hedonismo que resulta triste.
Las Jornadas anuncian explícitamente a Jesucristo en el corazón del mundo joven, pero también al mismo tiempo a nuestra sociedad y a nuestra Iglesia; y lo anuncian además a través de la presencia de esta gran cantidad de jóvenes, de su humanidad movida por la fe.
Juan Pablo II puso la Cruz de los Jóvenes, puso a Cristo, en el centro de los encuentros, acompañado por el Icono de su Madre, tipo y modelo de la Iglesia. Benedicto XVI insiste igualmente en los contenidos fundamentales de las JMJ, en la necesaria seriedad de la preparación y de la reflexión, antes y después de su celebración, para evitar el riesgo de asimilarlas a simples ocasiones de fiesta y diversión. Por supuesto, esta insistencia no pone en discusión el evento, que sigue constituyendo una saludable provocación a nuestra Iglesia y a la sociedad.
Sin duda, las JMJ interrumpen el discurrir pastoral de nuestras parroquias y comunidades, interpelan y ofrecen nuevos impulsos a la pastoral juvenil. No nos ofrecen recetas, ni sustituyen el trabajo de cada día. Pero interpelan a los que son responsables de la pastoral juvenil y a todos los educadores, para que no se detengan en la búsqueda de formas de educar a las nuevas generaciones; para que crean en los jóvenes, en la posibilidad de que su humanidad encuentre en Cristo la plenitud de vida a la que está llamada; para que acepten de nuevo el reto de comunicar el Evangelio, generación tras generación, caminando en medio y con el apoyo de todas las riquezas de la experiencia pastoral de la Iglesia, simbolizadas de algún modo en el gran encuentro de las JMJ.

5. Prioridades pastorales de las JMJ

a)    La persona de Jesucristo es el centro de la acción evangelizadora.

Esto ha de ser así en primer lugar para los agentes de pastoral mismos; pues si no, ¿cómo surgirá en ellos la vocación profética, el deseo de salir al encuentro del joven?
Hemos de recordar siempre que no hay fórmulas mágicas –ni por tanto técnicas maravillosas– que nos salven, sino sólo una Persona y las certezas que ella nos infunde. Este será siempre el método cristiano, para la fe del agente de pastoral y para toda acción evangelizadora: nada acontece sin la persona concreta, sin su humanidad, cargada de certezas al estar apoyada en Cristo.
Por otra parte, tampoco el joven aceptará menos que eso; no aceptan moralismos o fórmulas de pseudosabiduría humana, y las utopías políticas ya se las proponen otros. No se ponen en movimiento ni cambian por discursos culturales, sino por la presencia y el encuentro con la persona que les hace manifiesta una esperanza de vida nueva.

b)     Experimentar la racionalidad de la fe, su belleza, su concordancia profunda con el hombre, la vida y el mundo.

No se acoge la fe, que implica siempre una conversión del corazón, sin la experiencia de la verdad y la belleza, de ser introducido de modo gratuito y bueno en relación con la realidad espléndida del mundo; sin descubrir cómo la compañía del Señor, a través de los suyos, introduce al uso de la propia razón y a la alegría de la libertad verdadera.
En las Jornadas, los jóvenes se abren a otras ciudades y continentes, al horizonte del mundo. Esto debe ser un signo de la luminosidad, de la razonabilidad de la fe, que introduce a la realidad y hace posible la vida en toda su grandeza. Los jóvenes quieren la vida y el mundo; no creerán sin la promesa y la experiencia de la verdad y la belleza. No apostarán su libertad por Jesucristo sólo en nombre de preceptos y de un mayor control moral.

c)  La humanidad –el joven– es el camino de la Iglesia

Las JMJ nos recuerdan que la Iglesia, y los responsables de la pastoral juvenil, deben comprender y valorar la importancia de la juventud, no dejar de salir a su encuentro, no pasarla por alto.
Decía Juan Pablo II: “¿Qué es la juventud? No es solamente un periodo de vida correspondiente a un determinado número de años, sino que es, a la vez, un tiempo dado por la Providencia a cada hombre, tiempo que se le ha dado como tarea, durante el cual busca, como el joven del Evangelio, la respuesta a los interrogantes fundamentales; no sólo el sentido de la vida, sino también un plan concreto para comenzar a construir su vida. Ésta es la característica esencial de la juventud. Además del sacerdote, cada educador, comenzando por los padres, debe conocer bien esta característica y debe saber reconocerla en cada muchacho o muchacha; más aún, debe amar lo que es esencial para la juventud”.
Estamos llamados al esfuerzo de poner las energías en la pastoral juvenil, a trabajar con pasión verdadera, buscando al joven y acompañándolo. Esta actitud es una expresión de la caridad pastoral,  de la esperanza y la confianza, y resulta imprescindible, para que los jóvenes se sientan realmente apreciados por lo que son y para que puedan entrar en una relación de confianza.
Este “crédito de confianza” en su humanidad, no significa, por supuesto, silenciar la verdad del Evangelio; pues los jóvenes perciben también el posible vacío, la reticencia o la inseguridad de la propuesta. El joven desea amor y verdad. En palabras de Juan Pablo II, “si en cada época de su vida el hombre desea afirmarse, encontrar el amor, en ésta lo desea de un modo aún más intenso. El deseo de afirmación, sin embargo, no debe ser entendido como una legitimación de todo, sin excepciones. Los jóvenes no quieren eso. Están dispuestos también a ser reprendidos, quieren que se les diga sí o no. Tienen necesidad de un guía y quieren tenerlo muy cerca”.

Conclusión

Las JMJ son la síntesis feliz, profética, de este encuentro del joven con la persona de Jesucristo. Él es el guía que cada uno necesita, y que se manifiesta muy cerca en la persona del Papa, y en muchas otras que constituyen la realidad de la Iglesia concreta para cada uno. Pero el instante en que se alumbra esta conciencia, o se confirma definitivamente, es de valor extraordinario. Por eso las Jornadas son en primer lugar, momentos de encuentro y testimonio, acontecimiento vivo para muchos jóvenes, que descubren la existencia del Señor en la alegría y el esplendor de un pueblo joven al que ven con los propios ojos. Y son también laboratorio de fe, momentos intensos de realización de pastoral juvenil, en que se manifiesta el verdadero método cristiano, que siempre interpela a cada uno: lo jóvenes quieren un guía y quieren tenerlo cerca, un guía movido por la pasión que brota de la verdadera caridad, del Espíritu del Señor.
Nuestras Iglesias necesitan el testimonio y las riquezas de la JMJ, que por su cercanía nos interpela este año particularmente. Que el Señor haga de Madrid 2011 un acontecimiento de renovación  y de gracia para nuestros jóvenes y para nuestros responsables de pastoral juvenil; para todos los sacerdotes, quizá ya mayores o cansados que podrán alegrarse contemplando el fruto bueno de los afanes pastorales, y para toda nuestra Iglesia, tentada a veces por la desesperanza y el cansancio.
Los carismas son dados a la Iglesia para responder a sus necesidades y urgencias, ante todo en la transmisión de la fe. Esto es también así en el caso de las JMJ, que vienen al encuentro del gran desafío que la juventud plantea hoy a la Iglesia. Acojamos las Jornadas como una gracia para nuestro tiempo, en primer lugar para muchos jóvenes, pero también para la renovación de nuestra caridad, de nuestro aliento y de nuestro método pastoral.

+  Alfonso Carrasco Rouco
Obispo de Lugo