La Pasión de Cristo, manifestación del amor

Introducción: Una parábola1

Quisiera comenzar esta breve reflexión con una parábola, propuesta por Sören Kierkegaard, un importante pensador cristiano de tradición protestante, para acercarse al misterio de la persona y de la obra de Cristo. Fue escrita en el siglo XIX, en un momento histórico que compartía con el nuestro la urgencia por comprender y anunciar el Evangelio a un mundo que tendía a reducir a Jesús a expresión –quizá sublime– de los sentimientos y la conciencia humana.

Supongamos un rey que amase a una chica humilde. Aunque ella era muy pobre, sus cortesanos no se atrevían a susurrar ni una palabra de disgusto, porque temían la cólera real. Y le pareció que realizar su designio sería cosa fácil.

Pero entonces surgió en el corazón del rey un pensamiento angustioso:¿Sería ella feliz viviendo a su lado? No le habló a nadie de su ansiedad, porque todo cortesano sin duda le hubiera dicho: ¡pero si su Majestad va a hacerle un gran favor a esa chica, que debería darle las gracias toda su vida!

La respuesta habría enfadado al rey y habría hecho más honda su pena. Por eso luchaba solo con sus pensamientos. ¿Llegarían a estar tan unidos que ella no recordase nunca que él era un rey y ella una mujer humilde? Porque, si este recuerdo pasase alguna vez por su alma, como una sombra mortal, ¿dónde quedaría la gloria de su amor? En tal caso, ella habría sido más feliz si hubiera permanecido en su oscuridad, querida por alguien igual a ella, contenta en su casa humilde, amando confiadamente y alegre siempre.

Porque incluso si la joven estuviese contenta de haber dejado atrás lo que era, esto no satisfaría al rey, porque la amaba y prefería perderla antes que ser para ella sólo su benefactor.

Pensemos ahora que el rey fuese Dios. La unión con la amada podría hacerse por elevación. Dios la llevaría con Él, la transfiguraría, llenaría su copa con alegrías milenarias (porque mil años son un día para Él) y las incomprensiones se olvidarían en una alegría tumultuosa. Pero ¡ay! sería muy fácil quedarse en gustar sólo esta felicidad. ¡Qué maravilloso haber hecho así fortuna, porque Dios se ha fijado en ti! Cualquier noble rey percibiría la dificultad de este método; porque así la joven era conducida a engaño, encantada por los cambios en aspectos exteriores de su existencia.

La unión podría hacerse también si Dios se manifestase a sí mismo y recibiese su adoración, llevándola a olvidarse de ella misma ante la aparición divina. El rey podría mostrarse a la joven humilde en toda la pompa de su poder, haciendo que el sol de su presencia se levantase sobre su casa, de modo que se olvidase de sí misma en una admiración devota. Pero, ¡ay! esto podría satisfacer a la joven, deslumbrada, pero no al rey, que no buscaba su propia gloria, sino la de ella, la cual, además, podría no entender verdaderamente cuánto la amaba.

La unión tendría que hacerse de alguna otra manera. Y ya que no podía ser por una elevación, habría que intentarlo por un abajamiento.

Para que pueda realizarse la unión, Dios tiene que hacerse igual a uno cualquiera y aparecer así semejante al más humilde. Pero el más humilde es uno que sirve a los otros y Dios aparecerá entonces en la forma de un servidor. Y esta forma de servidor no podrá ser una mera apariencia externa, como un manto de mendigo que se pusiera el rey, pero que dejase entrever su gloria. Tiene que ser su forma y su figura verdadera. Porque la naturaleza inevitable del amor es que desea la igualdad con el amado, y no sólo en apariencia sino con toda seriedad y verdad. Y es la omnipotencia de su amor la que hace que pueda cumplir su designio.

Y vemos a Jesús, que es Dios y, sin embargo, no tiene donde reposar la cabeza. Porque la forma de siervo no es un hábito externo y, por ello, Dios tiene que sufrir todas las cosas, soportar todas las cosas, hacer experiencia de todas las cosas. Tiene que sufrir hambre en el desierto, ha de tener sed en el tiempo de su agonía, será abandonado en la muerte, absolutamente como el más humilde. Y es amor quien sufre, amor que se da enteramente a sí mismo.

Toda otra forma de revelación sería un engaño desde el punto de vista del amor divino. Aunque ante Jesús mis ojos estuviesen más llenos de lágrimas que los de la mujer arrepentida, y cada lágrima fuera mas preciosa que las de la mujer perdonada; y aunque yo ocupase la plaza más humilde a sus pies y lo amase más sinceramente que el más leal de sus servidores, si le pidiese que cambiase sus designios, que se revelase de otra manera, que fuese más indulgente consigo mismo, sin duda me miraría y me diría: pero ¿todavía no me conoces? ¿sólo amas al omnipotente autor de milagros y no al que humildemente quiere ser tu igual?.

Pero la forma de siervo no es apariencia externa y por eso Jesús tiene que entregar su espíritu a la muerte y dejar de nuevo la tierra. No puede ser de otra manera. Y la causa de todo este sufrimiento es el amor, precisamente porque Dios no está celoso de sí mismo, sino que desea con amor ser el igual del más humilde.

Hasta aquí llega la parábola. Y, sin embargo, queda todavía una pregunta: ¿no podrá nunca el Rey revelar plenamente su identidad? ¿Podrá el amor ser pleno, si Él se abaja y comparte todo lo de ella, pero ella no comprende quién es el Rey que la ama y no es elevada a compartir toda su grandeza del Rey? ¿No podrá nunca su amor llenar a su amada de todas las alegrías, hacer de ella una Reina que participe de su gloria?

1. La Encarnación por amor

Desde esta perspectiva podemos acercarnos al misterio de la Encarnación, que acontece por amor, porque Dios amó tanto al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna2.

El Hijo viene y se hace carne, con nuestra misma naturaleza, para ser en adelante también verdaderamente hijo del hombre: “Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo … por ti, yo, tu Señor, he revestido la condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti me, me he hecho hombre …”3.

El Señor hace plenamente suya nuestra humanidad, para poder unirse con la Esposa en alianza nueva, atendiéndola y sirviéndola en la condición en que la encuentra.

Pablo pudo resumir en la imagen del matrimonio el sentido de toda esta obra de Jesucristo, que quiere expiar el pecado y hacer desaparecer todo lo impropio que pudiera haber en su esposa: Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, … a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha ni arruga o cosa semejante4.

Y en la historia de la Iglesia nunca se olvidó este abajamiento, por el que el Señor vino en busca de su Esposa, para unirse a ella.

Del mismo modo que todo lo del Padre es del Hijo, y todo lo del Hijo es del Padre, porque por naturaleza son uno, igualmente el Esposo dio todo lo suyo a la esposa y la esposa dio todo lo suyo al Esposo, y así la hizo uno consigo mismo y con el Padre (…) Y así es del Esposo todo lo de la esposa. Por eso, el que no cometió pecado y en cuya boca no se halló engaño pudo muy bien decir: Misericordia, Señor, que desfallezco. De esta manera, participa él en la debilidad y el llanto de su esposa, y todo resulta común entre el Esposo y la esposa …”5.

En efecto, haciéndose hombre, el Hijo de Dios no desciende al Paraíso, sino que asume la situación y acepta por amor todos los problemas en que se encuentra la humanidad, sus males y sus deudas, su destino sometido a la muerte. Viene a poner toda su vida al servicio6 de la Amada, que tiene que ser rescatada y conducida al amor.

Esta situación puede verse reflejada de alguna manera en la parábola del Buen Samaritano. Para la tradición patrística, el caído al borde del camino, despojado de sus bienes, desnudo y golpeado, incapaz ya de llegar a su destino, es imagen de la humanidad. La parábola pondría así a la luz un aspecto radical de la condición humana en el mundo: su sufrimiento, su abandono, su destino mortal, su necesidad de ayuda. Pero ilumina igualmente la compasión del corazón de Dios, es decir, su conmoción ante la situación caída de la Amada y su peligro de muerte.

Jesús aparece entonces, en primer lugar, como el Buen Samaritano, que se abaja, que viene a recogerla al borde del camino para salvarla, curarla de sus heridas y permitirle llegar a su destino. En la parábola, el Samaritano aparece dispuesto gratuitamente a pagar el precio por los cuidados, y explícitamente a pagar todo lo que haga falta. Podemos pensar entonces que Jesús asume los costos de ayudar al hombre, lo salva pagando por él, poniéndose en su lugar por un amor que le impide dejarlo morir allí robado de su dignidad, solo y caído.

 

 

  1. La Cruz ofrenda de amor

 

Leída la parábola en referencia a la situación de la humanidad, resuenan entonces muchos otros textos, que pueden ayudarnos a percibir la profundidad del sufrimiento, que envuelve la condición humana en nuestro mundo como un misterio singular (cf. Juan Pablo II, Carta Salvifici doloris), que no se deja resolver por ninguna ideología, como el mismo corazón del hombre.

Muchos textos proféticos –Jeremías, Ezequiel, Oseas, por ejemplo– nos hablan de la situación de la doncella de Israel –de la plantación, de la viña del Señor–, que ha abandonado a su Señor para correr soberbia tras muchos amantes, y que se encuentra al final abandonada, golpeada y avergonzada, miserable. Pero, en otras parábolas evangélicas, la ciudad sigue traicionando y rechazando a su Rey; y los invitados no acuden a celebrar el banquete de sus bodas. De modo que, en palabras de Jesús, el apedreado y caído al borde del camino será el profeta –¿a cuál no habéis matado?– o el hijo mismo, enviado a buscar los frutos de justicia que debe dar la viña del Rey.

Ante esta situación de la Amada, la Escritura nos habla de la conmoción del corazón divino, que envía al Hijo no a condenar sino a salvar al hombre, poniéndose en su lugar y asumiendo su condición, lo que desvelará toda la profundidad de este abajamiento y, por tanto, de su amor (Flp 2). Jesús no será sólo el buen samaritano, que ayuda desde fuera, sino que asumirá el lugar del caído mismo, cumpliendo la profecía de Isaías:

Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre é todos nuestros crímenes.”7.

 

En Getsemaní vemos cómo Jesús acepta explícitamente llevar a cabo este designio divino de amor, y, a pesar del peso del mal y del dolor, no rechaza ni reniega de nuestra condición humana miserable, sino que la presenta ante el Padre como propia, en oración confiada y suplicante. Así, abriéndola al amor de Dios, no oponiendo obstáculo alguno a su obra, poniéndose por completo en sus manos, la introduce en una relación adecuada y verdadera con el Padre, haciendo posible un dinamismo interno de cambio radical.

Jesús no desconfía ni teme al Padre, sino que lo ama y se vuelve a Él de todo corazón: con toda su humanidad se dirige con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte8, al Padre que siempre lo escucha9, diciéndole, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya10.

«De la larga serie de episodios dolorosos que enfrentaron a Jesús con las peores pruebas que puede sostener un ser humano (traición, abandono y negaciones, proceso inicuo y condena injusta, golpes y burlas, flagelación y crucifixión), nuestro autor no retiene más que la manera con que fueron arrostradas en la oración. Los acontecimientos trágicos que ponían en cuestión toda la obra de Jesús, su misión y su personalidad misma, esos episodios que amenazaban tragárselo por entero en la muerte, provocaron en él una oración intensa que constituyó una ofrenda sacerdotal. … Asumida en la oración, la situación dramática de Jesús se convirtió en una ofrenda.»11

De este modo, en Jesús el hombre presenta ante Dios la situación pecadora de su naturaleza, amenazada de disolución y de muerte, y le ruega de todo corazón que Él la cambie y la transforme, que Él actúe y la salve. Abre al Padre las puertas de su corazón hasta lo más hondo y lo más oscuro, poniendo al descubierto incluso la culpa y el pecado. El Rey comparte así todo con su Amada, hasta lo profundo de su miseria y de la muerte.

La acogida por el Padre de la oración de Cristo se identificará con la transformación de su humanidad por obra de Dios, que la glorifica y la salva definitivamente de la muerte, aunque a través del sufrimiento, por el que aprendió la obediencia12.

3. La Alianza eterna en el amor

En efecto, el primer don del Padre será que el Hijo, hecho hombre, pueda hacer propia hasta el último extremo la situación de la Esposa, todas sus deudas; que pueda atravesar toda la extensión del sufrimiento, adentrarse en la muerte misma y salir vencedor. En la cruz, todas las olas destructoras, destinadas a aplastar al hombre una vez más, chocan y no derriban el corazón de Jesús. Ni el dolor y el desconsuelo, ni la oscuridad de la muerte, ni el peso del pecado del mundo, que desprecia con burlas a Dios y a los hombres, conmueven las disposiciones del corazón de Jesús, que muere en la cruz en el amor confiado y obediente al Padre, y en la fidelidad nunca negada a la Esposa, que ha de ser salvada.

No podemos imaginar cómo es humanamente posible, qué gracia es necesaria para poder beber hasta el fondo este cáliz, lleno con el peso del pecado del mundo, con el misterio del dolor del hombre. Sin embargo, en la humanidad de Cristo, en su sufrimiento en la cruz, encuentran su límite en la historia el mal, el pecado y la muerte. Como un hombre fue vencido al inicio, otro vence ahora; pero no solo y contra Dios, como un prometeo, sino unido a Él en un amor sin límites. En Jesús, la vulnerabilidad y la debilidad de lo humano dejan de ser causa de impotencia y deshonor, precursoras de muerte, para convertirse en el lugar de la mayor manifestación del amor y de la vida. Como Él mismo dirá luego a S. Pablo: te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad13.

La omnipotencia de la gracia divina se desvela en que, por amor a la Esposa, el Hijo puede abajarse y asumir su naturaleza humilde, consiguiendo hacer de la debilidad de la carne instrumento privilegiado de salvación y lugar en que habite la gloria. De hecho, la cruz deja de ser signo de la derrota del hombre, de la crueldad del mundo, para convertirse en la mayor revelación del amor y de la dignidad humana.

Y así en Jesús se realiza la Alianza definitiva entre Dios y el hombre, entre el Esposo y la Esposa, que se entregan mutuamente en un amor pleno, sin sombra o tacha alguna, viviendo el don de sí hasta la muerte.

«Nuestro Señor me respondió: “Si tú estás contenta, también estoy contento yo. Para mí es una alegría, una felicidad y un placer infinito, el haber soportado el sufrimiento por ti; y, si pudiese sufrir más, lo haría” … es una felicidad tan grande para Jesús, que considera que no es nada toda su fatiga, su amargo sufrimiento y su muerte cruel e ignominiosa. De las palabras “si pudiese sufrir más por ti, lo haría”, entendí yo que El, que murió una vez por todos, verdaderamente volvería a morir con cada hombre individual que debe ser salvado; porque el amor no lo dejaría descansar, hasta que lo hubiera llevado a cabo. Y, cuando lo hubiese hecho, lo tendría en nada por amor, pues en comparación con su amor, le parece poca cosa. Me lo indicó claramente, cuando me decía verdaderamente las palabras “si yo pudiese sufrir más”. No decía “si fuese necesario que sufriese más«, sino “si pudiese sufrir más»; pues aunque no fuese necesario sufrir más, lo hubiera hecho. Lo que hizo y obró por nuestra salvación estaba tan bien articulado, que no se hubiera podido pensar mejor. Fue llevado a cabo de modo tan digno, que sólo Cristo podía hacerlo. Yo vi en Cristo la plenitud de la felicidad, y que esta felicidad no habría sido perfecta, si hubiese podido hacer su obra mejor de como la hizo … Jesús quiere que atendamos a la felicidad que hay en la Santa Trinidad por nuestra salvación, y que nosotros debemos de sentir también aquí abajo una alegría semejante por eso. Me lo mostró con las palabras “¿se te ha servido bien de este modo?”. Con las otras palabras que Cristo decía “si estás tú bien servida, estoy yo servido”, me hizo comprender como si hubiese dicho “tengo suficiente gusto y alegría en eso y no pido por mi fatiga nada más que tú estés servida”. En las palabras “yo he sufrido por ti” hay un profundo saber del amor y de la alegría que El tiene por nuestra salvación»14.

 

4. La vida cristiana en el amor

Ante Jesús descubrimos toda la historia del mundo como suspendida de este acto de amor del Padre, que elige y ama en la humanidad del Hijo a todas las personas, uniéndolas en una historia santa que va desde la creación a la plena comunión personal y universal de Dios con los hombres15.

Pablo describirá la vida de los cristianos en una frase concisa, pidiendo que tengamos los sentimientos propios de Cristo Jesús, como corresponde a quien vive en unidad –como esposo y esposa. Es decir, el cristiano está llamado a vivir la confianza plena en Jesucristo, en Dios; y la conmoción del corazón, amando como Él ha amado, según la imagen del Buen Samaritano: vete y haz tú lo mismo.

En efecto, el principio de comprensión de la Encarnación del Hijo de Dios y de todo lo que sucede en la cruz, lo que conduce a la fe en este Dios cuyas obras nos asombran y sobrepasan, es la percepción de su amor, humanamente manifestado en Jesús.

Ante Él, contemplando los pasos con los que cumple su misión, el precio que está dispuesto a pagar por enaltecer la humildad de nuestra naturaleza, liberarla del mal y convertirla en instrumento definitivo del amor y de la gloria, reconocemos la grandeza inmensa y la omnipotencia del amor de Dios, comprendemos que verdaderamente Dios es Amor16.

Es un amor, sin embargo, que ha querido luchar y sufrir desde dentro de nuestra débil condición, y trae consigo la alegría de la victoria. Porque en Cristo el corazón humano no ha podido ser destruido por la fuerza del pecado, y ha vencido en la verdad, la fidelidad y la misericordia. Y porque, permitiendo la entrega del Hijo para revestir de gloria a la Amada, se ha revelado definitivamente el amor del Padre, que nos da la esperanza cierta de participar en el banquete del Reino, en las bodas del Cordero.

Conocer y creer en el amor de Cristo, acoger el don de su cuerpo y de su sangre, es entrar con Él en una Alianza nueva, en una comunión plena, en la que surge, como lo más correspondiente al ser humano, la reciprocidad en la entrega: en esto hemos conocido lo que es amor, en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida …17. Esto es tener los mismos sentimientos de Cristo, y esto constituye la única respuesta digna de quien se sabe amado: si alguien ofreciera todos los haberes de su casa por el amor, se granjearía el desprecio18; y, al mismo tiempo, es también la única respuesta que desea el Señor, la única que conduce a participar con Él de su vida divina.

De todos los sentidos, afectos y movimientos del alma, el amor solo puede ser respuesta de la criatura a su Autor, no en igualdad, pero sí en semejanza. Por ejemplo, si Dios se enoja conmigo … temblaré, me estremeceré, pediré perdón. Si me reprende, no lo reprenderé, le daré la razón. Si me juzga, no lo juzgaré, lo adoraré. Cuando me salva, no pretendo salvarlo yo a Él … Si él es el dueño, yo debo servirle; si me manda, debo obedecerlo … Pero cuando Dios me ama … es diferente… no desea otra cosa, sino que lo amemos; porque no ama, sino para ser amado, sabiendo que por el amor son felices los que se aman.

Evidentemente no fluye en la misma abundancia el amante y el que es el Amor, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la criatura; sino más bien como el sediento y la fuente. Pero, ¿y qué? Morirá o se desvanecerá la decisión de la futura esposa, el deseo del que suspira, el ardor del amante, la confianza de quien ha creído, porque no puede correr al paso de un gigante, competir en dulzura con la miel, en suavidad con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con el Amor? No. Pues si la criatura ama menos, porque es menor, sin embargo, al amar con toda sí misma, está todo y no falta nada. Por eso, amar así es desposarse, porque no puede amar así y ser poco amada, y en el consenso de los dos está el matrimonio íntegro y perfecto. Aunque sin duda que el alma es amada primero por el Verbo, y más amada”19.

Esta Alianza es la obra que realiza Dios en su sabiduría y amor omnipotente, que, para siempre, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes20.

Con esta esperanza y a la luz de la resurrección, el cristiano puede convertir incluso su propio sufrimiento y su muerte en participación en lo acontecido en la cruz. Sabiendo que en ella el Señor ha manifestado la madurez y la grandeza de su corazón, cuando suplicó con confianza y humildad al Padre precisamente desde dentro de su debilidad. De ahí el testimonio glorioso de los mártires y de muchas otras personas que han vivido y revelado la dignidad humana en el sufrimiento y en la muerte misma.

Conclusión: La cruz camino de la gloria

Así pues, ante la realidad de la Encarnación y de la Redención de Jesucristo, él hombre “da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo”, “vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad”21. Quien rechaza a Jesús, quien no acepta que la cruz es el único camino de la gloria, quien desprecia esta experiencia radical de amor y de humildad, desconoce los caminos de Dios y el corazón del hombre; no construye sobre la roca verdadera, sino sobre las arenas del poder mundano. Y no será condenado por haber rechazado al Señor, que disculpó a quienes lo crucificaban, sino por haber abandonado y despreciado a aquellos a quienes Él amó con todo su corazón y por quienes murió, a los más pequeños, a los que sufren, a su Esposa.

Entonces dirá a los de su izquierda: ‘Apartaos de mi malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis’. Entonces también estos contestarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te visitamos?’. Él les replicará: ‘En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo’.”22

 

Este misterio de unidad, esta Alianza celebrada sin olvidar ni un ápice de la pobreza y del dolor del mundo, es el camino, preparado por Dios mismo, que tenemos ante nuestros ojos plenamente realizado en Cristo, y que puede conducir a los pobres de corazón, a los mansos, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los perseguidos a causa del Evangelio, a participar de la vida divina y entrar al banquete nupcial del Rey eterno.

1 Extraído de S. Kierkegaard, Migajas filosóficas

2Jn 3, 16

3 De una Homilía antigua sobre el grande y santo Sábado, PG 43

4 Ef 5,25-27

5Isaac de Stella,Sermón 11: PL 194, 1728-1729

6 Cf. Mc 10, 45

7Is 53,2-6

8 Hb 5,7

9 Jn 11,42

10 Lc 22,42

11A. Vanhoye, Sacerdotes antiguos, sacerdote nuevo, Salamanca 1992, 138

12 Hb 5,8.

13 2Co 12,9

14 Juliana de Norwich, Revelaciones del amor divino, XII

15Cf. M.-J. Le Guillou, Le visage du Ressuscité [1968], Éd. Parole et Silence, 2012, 112

16 1Jn 4,8b-9.16

17 1Jn 3,16

18 Ct 8,7

19 S. Bernardo, Sermón 83, 4.6

20 Lc 1, 51b-52

21 Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10

 

22Mt 25, 41-45