La “nueva evangelización”

Unas palabras de Benedicto XVI al inicio de su primera encíclica pueden servir para acercarnos al desafío de la “nueva evangelización”, referido en particular a Europa, a sus raíces cristianas y a su situación actual.

“… Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”1.

1. Negación moderna del significado universal del hecho cristiano

Pues bien, afirmando que el ser cristiano es hecho posible por un acontecimiento, por la presencia de una Persona con la que te encuentras, y no por una decisión ética o una gran idea, el Papa contradice el fondo mismo de importantes corrientes modernas de pensamiento y su consiguiente reinterpretación de la naturaleza del cristianismo.

En efecto, ya desde el siglo XVII se extiende en Europa la convicción deísta de que Dios no ha intervenido, ni podría siquiera intervenir nunca en la historia, en la que sólo actúa el hombre. El racionalismo dieciochesco transmitirá esta presunta certeza, junto con la seguridad de la autosuficiencia de la razón humana, para explicar y guiar toda la vida; se considera indigno de una razón adulta necesitar una ayuda externa, ni siquiera de Dios mismo que se revelase. En relación con la fe cristiana, se insistirá entonces en que la historia sólo puede ser ilustración u ocasión de alcanzar contenidos ideales, los cuales, sin embargo, no pueden depender de la casualidad de las circunstancias2.

Lo importante son las verdades universales de razón3; mientras que la historia habrá de ser valorada como una pedagogía al servicio de la educación de la humanidad, de su evolución hacia el estadio racional adulto. Jesús mismo, por tanto, aunque se aceptase su envío por Dios Padre, no podría ser más que un maestro, un pedagogo con una función providencial e importantísima en el camino de la humanidad. Ejerciendo como una cierta mayéutica, Jesús habría ayudado al hombre a aprehender verdades fundamentales que, de por sí, la razón estaría destinada a alcanzar por ella misma; y podría ser amado y venerado, pero no ser considerado imprescindible para el hombre, cuya razón sería capaz de asimilar como propio cuánto él pudiera enseñar4.

A lo largo del siglo XIX se intentará afirmar el valor singular de la figura de Jesucristo, pero, al final, siempre en realidad como instrumento o manifestación –quizá divina– de la plenitud de la conciencia humana; es decir, como pedagogo excelso, pero al fin pedagogo de las posibilidades propias del sujeto humano (Schleiermacher).

Quienes no quisieron admitir este subrayado singular –creyente– de la figura de Jesús, lo situaron simplemente en el conjunto de la historia, como un momento en el proceso de manifestación de la plenitud de lo humano, como un actor más en la realización de la historia. En todas las versiones en que ésta podrá ser concebida, al final, se afirma la capacidad humana para alcanzar y realizar con las propias fuerzas la plenitud de la verdad. Y en todos los planteamientos se reinterpreta la figura de Cristo como un momento interno de este proceso histórico, que lógicamente será dejado atrás.

De diferentes maneras se niega siempre el significado universal de un acontecimiento histórico, al contrario precisamente de la comprensión de Benedicto XVI, que ve en Jesucristo la plenitud de la presencia del amor de Dios en la historia, que introduce una novedad decisiva en el horizonte de la vida.

Se extiende así en las sociedades europeas y entre los mismos cristianos una reinterpretación del cristianismo que, desde estas perspectivas, lo reduce habitualmente a un factor que impulsaría el desarrollo ético o la toma de conciencia por el hombre de ideas relevantes. En tales términos, el cristianismo sería respetado; mientras que, si pretendiese tener un significado universal propio, vinculado a los acontecimientos históricos de los que habla, debería ser rechazado y excluido de la vida social como contrario a la razón y al progreso del hombre5.

Se aceptaría pues el cristianismo como impulso ético o como transmisor de algunas ideas, en la misma medida en que se reconociese como parte de un proceso histórico superior.

Esta sistemática pretensión de autosuficiencia de la razón moderna, y el consiguiente rechazo radical de toda presencia de la trascendencia divina en la historia de la persona y de los pueblos –polarizado en la persona de Cristo–, llevaron con frecuencia a una lucha abierta con la Iglesia católica, no sólo en el terreno de las ideas, sino también de la presencia social. Mientras, de modo paralelo, se procuraba la imposición política y social de ideologías que pretendían disponer de la verdad plena sobre el camino de la historia y que, por tanto, se arrogaban el derecho de guiar el destino de los pueblos de Europa.

El fracaso de estas ideologías seudo-universales (“científicas”) no sólo condujo a las inmensas guerras de la primera mitad del siglo XX, sino que documentó las formas más extremas de abuso del poder político y de desprecio por la dignidad, la libertad y la conciencia de las personas. Este drama terrible, simbolizado por el nazismo y el comunismo, condujo a los pueblos occidentales a una afirmación renovada de la libertad de conciencia y religiosa, de los derechos fundamentales del hombre, así como al rechazo de toda forma de totalitarismo.

Una renovada humildad de la razón, expresada en la voluntad de construir sobre el respeto de la dignidad y de la conciencia humana, en la renuncia a la imposición de ideologías totalitarias y en la búsqueda de un diálogo verdadero, creó una circunstancia histórica nueva, que interpela también a la Iglesia católica y que ayuda a comprender el significado del acontecimiento secular que fue el concilio Vaticano II.

 

2. El Concilio Vaticano II como hito en la evangelización de la Iglesia

El Concilio no ha de ser visto sólo como un momento providencial de reflexión de la Iglesia sobre su propio ser –Iglesia, ¿qué dices de tí misma, ad intra y ad extra?–, sino también y muy explícitamente como un hito histórico en el cumplimiento de su misión evangelizadora.

La esperanza de poder establecer un diálogo verdadero con el hombre contemporáneo, de que tuviera lugar un encuentro fecundo de la fe cristiana y la razón moderna, alentó la convocatoria y la realización del Concilio. Ciertamente, se deseaba renovar la vida de la Iglesia en todos su miembros e instituciones, pero siempre también con la intención de que su palabra pudiera ser mejor comprendida y de que su presencia en el mundo pudiese ser signo e instrumento más creíble de la “paz o comunión con Dios” y de la “unidad fraterna entre los hombres, aún pecadores”6.

El aggiornamento, la renovación de las formas de expresión de la fe quería ser un acercamiento al hombre del siglo XX, el cual estaría más dispuesto a escuchar la voz de la Iglesia, pues, tras la experiencia muy amarga de la violencia sistemática anterior, habría dejado de creer ya en su autosuficiencia, de confiar sólo en el propio poder humano.

El Vaticano II intenta, pues, presentar la figura de Jesucristo y el ser de la Iglesia, superando perspectivas predominantemente doctrinales o apologéticas, como motivo siempre actual de alegría y esperanza. Sabemos ya que ninguna ideología ni poder humano responde a los enigmas e interrogantes de la existencia, que ninguna puede iluminar adecuadamente su camino en la historia, su relación con el mundo, la vida y la muerte, que ninguna afirma definitivamente la dignidad de cada uno. Pero, en cambio, el hombre puede encontrar en Cristo la clave, el centro y el fin de la historia humana7, porque sólo Él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, desvelando la grandeza de su dignidad y vocación8. Por eso, “el hombre que quiera comprenderse hasta el fondo a sí mismo … debe … acercarse a Cristo”9.

El Concilio propone así una concepción de lo cristiano que lo presenta como acontecimiento histórico que culmina en la persona y destino de Jesucristo10. No son nuevos los contenidos, pero sí el método y la expresión: se quieren dejar atrás las formas derivadas del debate moderno con las posiciones racionalistas que reducían lo cristiano a un momento de la razón, inmanente al mundo y a la historia. Y se anuncia con confianza y ánimos renovados que Jesucristo es la revelación plena del amor de Dios, la novedad radical deseada desde siempre en la historia, que hace posible al hombre descubrir su dignidad y su vocación, vencer al mal y alcanzar su destino definitivo de vida.

 

3. La necesidad de una “nueva evangelización”

La llamada a la nueva evangelización realizada por Juan Pablo II11 acoge y prolonga estas intuiciones centrales del Vaticano II. Pero el contexto cultural había cambiado ya profundamente y la posibilidad del diálogo con el hombre de nuestras sociedades modernas parecía menos clara.

Al inicio del tercer milenio, la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa describe la situación de un hombre y de una cultura que ha vuelto a cerrarse a Dios y que, por tanto, se esfuerza por olvidar o negar el cristianismo: “La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera”12. “De esta cultura forma parte también un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad sobre el hombre”13.

En estas circunstancias vuelve a plantearse de nuevo la urgencia de un primer anuncio del Evangelio en amplias partes de nuestras sociedades, de antiguas raíces cristianas, pero determinadas ahora por una indiferencia religiosa generalizada o incluso por ideologías anticristianas14. Y se hace necesario igualmente “un nuevo anuncio incluso a los bautizados”; pues “muchos europeos contemporáneos creen saber qué es el cristianismo, pero realmente no lo conocen”15.

Nuestro Papa Benedicto XVI ha llegado a hablar recientemente de un cierto “analfabetismo religioso” y nos ha recordado que con frecuencia los cristianos mismos “se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común”16.

Se plantea así la urgencia de una nueva evangelización, que significa un primer anuncio del Evangelio a nuestra sociedad, pero también un anuncio nuevo incluso a los bautizados.

 

4. La Persona de Jesucristo, clave de la “nueva evangelización”

El desafío que nos dirigen las sociedades europeas del tercer milenio es el mismo al que respondió ya, guiado por el Espíritu, el concilio Vaticano II, al que podemos considerar “la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX … una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza”17, como nos recordaba recientemente Benedicto XVI18.

Muy consciente de la necesidad de anunciar el Evangelio en términos renovados, el Concilio puso en el centro de su enseñanza la relevancia única de la Persona de Jesucristo. Y la comprensión de su figura real sigue siendo el punto de partida decisivo para que la evangelización pueda realizarse en nuevos términos y con nuevo ardor.

De ello debemos ser conscientes en primer lugar los cristianos mismos, que nos encontramos siempre en la tentación de asumir planteamientos modernos que interpretan a Jesucristo en el horizonte de la razón moral o del camino histórico de los pueblos, pensando que así será más fácil el diálogo con la cultura actual, que será más creíble nuestro testimonio o que la propia vida de fe estará más acorde con el progreso de la sociedad.

Pero la misión del cristiano consiste en anunciar precisamente que en Jesucristo el Hijo de Dios se ha hecho hombre y nos ha salvado; es decir, que Dios ha intervenido positivamente en la historia, con un amor inmenso, que nosotros hemos conocido y en el que hemos creído. Es un amor que se ha manifestado en la carne, con la misión de vencer al pecado y a la muerte, haciendo posible al hombre una vida nueva, que se corresponde con su corazón y su dignidad, y que está destinada a la eternidad. En pocas palabras, los cristianos somos los llamados a anunciar en la sociedad el acontecimiento del amor de Dios, reconocido concretamente en la Persona de Jesucristo.

Para la nueva evangelización, es vital no reducir nunca la novedad aportada por Cristo a un conjunto de ideas que se integran de algún modo útil en nuestra conciencia de la realidad, en alguna forma de sistema doctrinal o ideológico.

Y este peligro es muy real también en nuestro tiempo, en que la figura de Jesús sigue siendo muy debatida e incluso objeto regularmente de grandes campañas mediáticas. Es muy posible encontrarse además con presentaciones más o menos científicas, bien hechas, atractivas incluso, que enmarcan a Jesús en su tiempo y cultura, como un individuo de su época, singular en la forma de integrar y renovar su tradición judía, y cuyas obras y palabras pueden resultar iluminadoras para el hombre de hoy.

Aceptar estas presentaciones esteriliza el anuncio de la fe. Pues si la figura de Jesucristo no es comprendida como el acontecimiento del amor, de la entrega personal de Dios, su presencia pierde su alteridad radical –divina– y su contemporaneidad, deja de ser la posibilidad de un encuentro vivo, para convertirse en el anuncio de una más de las posibilidades de la conciencia humana. Su historia personal, y en particular su cruz y resurrección, no constituyen una simple parábola moral ofrecida por un personaje del pasado, sino un camino real, abierto en su humanidad concreta, por el que se llega al Padre, a la verdad última sobre la vida y el destino del hombre.

La nueva evangelización es, pues, ante todo, el anuncio del amor de Dios y de la victoria de Jesucristo a un hombre cuya tentación es, ahora como siempre, afirmar la propia suficiencia para vivir sin necesidad de la relación con Dios, para construir y conducir la historia humana a su cumplimiento a partir sólo del propio poder.

Hoy día, este anuncio tiene, si acaso, la especificidad de dirigirse a un mundo postcristiano; es decir, que se cree conocedor de lo que significa el cristianismo y piensa haberlo dejado atrás. Aún cuando en la gran mayoría de los casos el conocimiento de la fe cristiana es escaso, se transmite igualmente en la mentalidad dominante todo un conjunto de argumentos procedente de las reinterpretaciones modernas del cristianismo y de la inevitable explicación posterior del papel jugado en la historia por la Iglesia católica.

Si dejamos de lado las exposiciones inexactas, erróneas o directamente malévolas, nos encontramos con la objeción moderna ya descrita: Dios no existe, al menos en la historia; el hombre no lo necesita. Por ello resulta tan imprescindible que el testimonio cristiano no se diluya en estos planteamientos y mantenga la afirmación de la presencia de Dios, de su amor salvador, en la historia, como una novedad que confirma definitivamente la plenitud de sentido y de dignidad de la vida de cada uno.

La respuesta al anuncio cristiano es siempre libre. Pero el testimonio de la fe obliga a la razón, a cada uno, a tomar posición: abriéndose a la posibilidad de la trascendencia, de la presencia real y activa del amor de Dios en la historia y, por tanto, a la posibilidad de la verdad del anuncio recibido; o bien cerrándose a la trascendencia y afirmando de nuevo la autosuficiencia de la razón y del poder humano para dar forma a la vida en este mundo y para guiar la historia –aun cuando la experiencia de personas y pueblos no confirme la credibilidad de tal afirmación.

 

5. La necesaria presencia de la comunión eclesial

La primera condición de la nueva evangelización es, pues, el anuncio de Cristo, reconocido como la presencia del amor salvador de Dios. Pero un anuncio semejante lleva consigo algunas consecuencias, sin las cuales no es creíble.

En efecto, si se tratase de dar a conocer al pedagogo excelente, enviado por Dios a los hombres, el modo de hacerlo sería, en el fondo, la transmisión de contenidos conceptuales o la propuesta de un ejemplo moral que motivase al hombre a la acción, al compromiso con la marcha de la historia. La Iglesia, con sus dogmas, celebraciones y jerarquías, cumpliría su misión cuando pudiese desaparecer por innecesaria, habiendo contribuido a despertar la conciencia y la responsabilidad de las personas.

En cambio, anunciar a Jesucristo como el don máximo del Amor divino, no podrá hacerse por la sola vía conceptual; porque es el anuncio de una presencia salvadora, de un amor personal y real, que ha entrado en la carne de la humanidad.

Desde los inicios mismos de su misión por los caminos de Palestina, Jesucristo ha reunido discípulos, su presencia ha generado unidad, ha sido principio de una comunión nueva; también hoy, vencedor ya del pecado y de la muerte, Cristo sigue estando todos los días con los suyos como fuente de vida y de amor. Este es el inesperado camino, elegido por Dios, para comunicarse al hombre y que éste pueda percibirlo y comprenderlo.

El Concilio mismo describe la intervención divina en la historia, que culmina en Cristo, en términos semejantes: “Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como a amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía”19; el cristianismo, por tanto, existe en la historia “como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”20, como “una comunión de vida, de amor y de unidad”, enviada por Cristo “a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra”21.

Así pues, el anuncio evangélico del Enmanuel, de la presencia de “Dios-con-nosotros” no es creíble sin este “nosotros”, sin la presencia de una comunidad eclesial, sin la presencia de una humanidad renovada que vive por la gracia y en comunión con Cristo.

Esto implica, en concreto, que sin el ser sacramental de la Iglesia, como forma real, aunque misteriosa, de unidad en Cristo, no sería posible una nueva evangelización. La relación con el Señor ha de ser real y presente; y ello significa comprender, amar y celebrar su presencia sacramental, cuyo culmen es la Eucaristía, que da forma nueva y salva la vida de los hombres. La relación viva con Dios en la oración personal y litúrgica, la adoración de su presencia en la Eucaristía, la acogida creyente de su Palabra en la Escritura, la celebración de su resurrección en el día del Señor, son todos elementos imprescindibles para que el anuncio del Evangelio tenga plausibilidad ante la razón, que escucha el anuncio y se pregunta: pero ¿puede ser verdad que Dios está realmente con nosotros? ¿tengo ante mí algo más que personas como yo, cuyos defectos y problemas veo perfectamente?

Al mismo tiempo, las consecuencias de esta presencia, de este amor redentor del Señor, han de poder ser indicadas en la actualidad. El signo mayor es la unidad de los discípulos, la comunión vivida por los creyentes en una misma fe y una misma caridad. Así lo enseña el Señor Jesús: en vuestra unidad y en el amor de los unos por los otros, conocerán que sois mis discípulos22. Y más tarde lo expresará igualmente el discípulo amado: Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo23.

Sin la comunidad eclesial viva, vinculada sacramental e históricamente a la persona de Jesucristo, no existe nueva evangelización.

Dentro de la comunión de la Iglesia se encontrarán luego todas las riquezas que el Señor da para favorecer específicamente la comunicación de la fe: ministerios –en primer lugar el apostólico– y servicios; el don supremo de la caridad y los diversos carismas en que proféticamente se hace perceptible al hombre contemporáneo la verdad profunda de la fe, su capacidad de iluminar el misterio de Dios y la existencia y el destino del hombre.

Junto a la unidad, la caridad será siempre un signo especialmente visible y transparente, en realidad indiscutible, de la autenticidad de nuestra fe en el amor de Dios. La atención a los más pobres, la caridad para con los necesitados, acompaña siempre la vida de la Iglesia, como expresión auténtica de su naturaleza verdadera, como profecía excelente que habla del amor de Dios por el hombre, y de la dignidad profunda, los derechos fundamentales y el destino glorioso de quienes son reconocidos como nuestros hermanos. El testimonio de la caridad no puede faltar nunca, es la vocación del cristiano y el alma real de la evangelización misma.

Para la credibilidad de nuestro anuncio evangelizador será, pues, necesario reconocerse cordialmente miembro de la Iglesia y, a pesar de la perenne humildad de sus mediaciones humanas, acoger su forma de ser, desde el gran ministerio petrino hasta la diversidad de los carismas del Espíritu en cada momento. Los límites y pecados de los cristianos, que a veces llegan a distorsionar el rostro de la Iglesia, no deben desalentarnos hasta el punto de que dejemos nacer en nosotros un desapego de la comunión eclesial. Ello introduciría una duda metódica, fundamental, sobre la realidad de la intervención de Dios en nuestra historia.

Pero este nuevo “pueblo de Dios”, aunque “muchas veces parezca un pequeño rebaño, sin embargo, es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano”24.

 

6. El testimonio de la existencia cristiana en el mundo

En la misma medida en que la Iglesia es como el sacramento de la obra de Dios en el mundo, la realidad de su vivir, personal y comunitario, profundamente articulada como un verdadero cuerpo de muchos miembros, se convierte en el signo e instrumento primordial de la nueva evangelización.

La existencia del fiel cristiano será un primer testimonio imprescindible de la verdad del anuncio. Cuando se ha hecho la crítica de todas las ideologías, de la pretensión de suficiencia del poder humano para llevar a su cumplimiento la vida y la historia, el anuncio de la plenitud ofrecida a la persona por el encuentro con Cristo sólo podrá ser creíble si está acompañado por una vida realmente renovada, aunque sea en las condiciones limitadas de este mundo.

No es posible evangelizar sin que en los testigos se dé un nuevo florecer de la verdad de lo humano en sus dimensiones fundamentales, y especialmente venciendo el escándalo radical del propio mal, que paralizaría al hombre si no encontrase –en Cristo– el abrazo de un amor más grande, lleno de misericordia verdadera. De esta correspondencia profunda del Evangelio con el corazón humano nos hablan, por ejemplo, las tres grandes encíclicas papales recientes sobre la fe, la esperanza y la caridad, en relación cada una con la búsqueda de verdad, de plenitud y de amor25.

Pero Benedicto XVI ha querido incluso describir esta renovación de la existencia del modo más explícito: gracias a la fe será posible plasmar “toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La ‘fe que actúa por el amor’ (Ga 5,6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre”26.

En pocas palabras, la evangelización, “la renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó”27.

Es necesario entonces tomar en serio, en primer lugar, el desafío de la vida cristiana en el mundo de hoy, y por consiguiente reconocer y dar todo su espacio a la misión propia de los fieles laicos en las diversas dimensiones de su existencia, comenzando por el matrimonio y la familia, por el trabajo y por la responsabilidad en la vida pública. Todo ello sucederá necesariamente en diálogo con las mentalidades presentes en nuestra sociedad, respondiendo al desafío de planteamientos alternativos a la hora de dar forma a la existencia, y colaborando siempre en busca del bien común.

Pues el cristiano no está fuera del mundo, sino enviado dentro de él. Y esto es la condición de toda posible evangelización. Hemos de amar nuestra misión, nuestro tiempo y nuestra gente, aceptar de corazón nuestras dificultades. Estar en el mundo, sin ser de él, será el único modo real en que el cristiano pueda vivir su fe y cumplir su misión.

 

7. El testimonio público de la fe

Este “andar en una vida nueva”28 es posible a quien permanece en la comunión de la Iglesia, confiado en la presencia de Jesús resucitado, adhiriéndose a Él en su Palabra y en sus sacramentos. Estas formas concretas de vivir y sentir la pertenencia al Señor son imprescindibles para el cumplimiento de la misión evangelizadora, para que sea posible nuestro testimonio en medio del mundo. Lo necesita cada cristiano concretamente. Pues no somos los mismos con Jesús que sin él, no podemos lo mismo con Él que sin Él. Y lo necesitamos, en particular porque Él ha vencido al mundo29, nos quita el temor y consigue que también nuestra fe venza al mundo30.

Pues, en efecto, la evangelización y el testimonio tienen siempre un componente de entrega, de puesta en juego de la propia persona; y ello conlleva también el riesgo del rechazo. Esto es muy real en nuestra sociedad, por la presencia de diversas ideologías contrarias a la fe; e incluso en muchas ocasiones lleva al martirio a hermanos nuestros a lo largo del mundo. “Testimonio” sigue siendo también hoy la traducción del griego “martirio”, y quizá más que en cualquier otra época.

Pero no podemos dejar de dar testimonio. En concreto, en nuestros países occidentales, la nueva evangelización implicará mantener viva la conciencia de que el cristiano puede y debe tomar parte plenamente en la vida de la sociedad, no puede renunciar a participar en el diálogo de la razón pública; bien sabiendo, al mismo tiempo, que la Iglesia no se sustituye a las estructuras políticas propias de una sociedad, ni se identifica tampoco con ningún proyecto cultural o político, de los que conoce la limitación y la provisionalidad. El cristiano respeta la organización humana del poder, y tanto más la lucha por la justicia, y colabora con el hombre de su tiempo, pero consciente de que el Reino es siempre más grande que nuestras realizaciones en este mundo. La vida de la Iglesia contradice así la absolutización indebida del poder político y aparece como una “reserva escatológica” ante todo proyecto de este mundo, como un anuncio profético de la presencia de Dios, de que la realización del hombre sólo se alcanza en la comunión con el Señor.

Hoy día, la exigencia primera con que se encuentra la evangelización en nuestros países es superar la reducción del cristianismo a lo privado, propia de un laicismo no sólo bastante extendido, sino incluso defendido por importantes fuerzas políticas y convertido a veces en ideología y principio de acción de nuestros mismos gobiernos.

Los cristianos no podemos aceptar la irrelevancia pública de nuestra fe, ni silenciar nuestro pensamiento sobre las formas concretas en que se debe responder a las grandes cuestiones de la vida social. Debemos comprender y poder explicar con razones cómo la neutralidad propia de un Estado democrático no se identifica con una imposible neutralidad de los individuos y de sus iniciativas sociales.

Se trata de una cuestión fundamental de salvaguardia de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, y, por tanto, de salud de una sociedad verdaderamente democrática. El rechazo de la conversión del laicismo en ideología de Estado es un servicio imprescindible al bien y a la libertad del propio pueblo.

La evangelización puede tener lugar en cualquier circunstancia, incluso en las más adversas; pues nada puede impedir el testimonio de la propia vida, ni siquiera la persecución o el martirio. Pero la evangelización sí sería impedida, en cambio, por la asunción acrítica de la reducción de la propia fe a lo privado, por su exclusión de los lugares en que toma forma la vida de los hombres –familia, escuela, hospitales, lugares de trabajo, responsabilidad política, etc. La asimilación de este difuso laicismo, aunque sea sólo como un silencio temeroso, reduce el significado de la fe, separándola de la realidad, de la responsabilidad libre de la propia vida; y la convierte en un añadido dependiente de gustos subjetivos, en algo superfluo.

La vida cristiana, la comunidad eclesial, necesita ambas alas, la fe y la razón31. La nueva evangelización no puede tampoco prescindir de ellas, del encuentro fecundo y del diálogo de la fe y de la razón en todas las dimensiones de la vida. Esto es posible y es responsabilidad en primer lugar nuestra, de los cristianos, que conocemos el Amor de Dios y estamos enviados al encuentro de nuestros hermanos; en este sentido pueden comprenderse iniciativas recientes de la Santa Sede, como el llamado “atrio de los gentiles”. Pero, en realidad, en una sociedad libre y democrática todos estamos llamados al ejercicio y a la promoción del diálogo; negarse a ello, para favorecer por otros medios una mayor influencia social, no se justifica en ningún caso, y descalificaría incluso a aquellos grupos o aquellas ideologías que optasen por tales métodos.

En este sentido, la conversación del entonces Card. Joseph Ratzinger con Jürgen Habermas sobre los fundamentos prepolíticos del Estado es un ejemplo excelente de este diálogo, entendido como una tarea intrínseca a la nueva evangelización, a la presencia pública de los cristianos en nuestra sociedad.

 

8. Conclusión

Evangelizar es la gracia y la vocación de la Iglesia, pone de manifiesto su identidad más íntima. Porque hoy como ayer “es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar”32; nuestro compromiso misionero “saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar”33.

La tarea de la evangelización lleva pues consigo su recompensa: crecer en las certezas sobre la propia vida, experimentando cada vez más la grandeza del amor de Dios34. Vivir en la comunión de la Iglesia, venciendo la raíz misma de la soledad, unidos y llamados por Cristo a participar en su misión de salvación del mundo. Y poder confiar en las manos del Señor las esperanzas de bien y de salvación de nuestros hermanos y de nuestro pueblo, evitando así las tentaciones del relativismo y del escepticismo, permaneciendo siempre capaces de amar y trabajar pacientemente, con aquella caridad de la que decía San Pablo que no pasa nunca35.

En el compromiso eclesial convencido en favor de una nueva evangelización podremos de nuevo, también hoy, “redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe”36. Porque, en efecto, la fe “crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y de gozo”37. A ello debemos ayudarnos todos.

1 Benedicto XVI, Deus caritas est, 1

2Se argumenta que un hecho histórico no puede ser nunca la prueba de una verdad necesaria de razón; cf: “Zufällige Geschichtswahrheiten können den Beweis von notwendigen Vernunftswahrheiten nie werden” (G. E. Lessing, Über den Beweis des Geistes und der Kraft: Werke und Briefe, Bd. 8, hrg. v. A. Schilson, 1989, 441).

3 Cf. “Der Geschichtsglaube ist „tot an ihm selber“, d. i. für sich, als Bekenntnis betrachtet, enthält er nichts, was einen moralischen Wert für uns hätte.” (Die Religion innerhalb der Grenzen der bloßen Vernunft: “Kants Gesammelte Schriften”, hrsg. v. Kgl. Preußischen Akademie der Wissenschaften, VI, 1907, 161)

4 Cf., por ejemplo, G. E. Lessing, Die Erziehung des Menschengeschlechts, 1777

5 Así ya I. Kant, op. cit. Y desde entonces en muchas críticas del cristianismo.

6 AG 3; cf. LG 1

7 Cf. GS 10

8 Cf. GS 22

9Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10

10 Cf. DV 2-4

11 En Nowa Huta, 9.5.1979

12Juan Pablo II,Ecclesia in Europa,9

13Ib.

14Ib., 46

15Ib., 47

16 Porta fidei, 2

17 Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 57

18 Porta fidei, 5

19 DV 2

20 LG 1

21 LG 9

22 Cf. Jn 13,34; 17,21

23 1Jn 1, 3

24 LG 9

25 Juan Pablo II, Fides et ratio (1998); Benedicto XVI, Deus caritas est (2005), Spe salvi (2007)

26 Porta fidei, 6b

27 Porta fidei, 6

28 Cf. Rm 6,4

29 Cf. Jn 16,33

30 Cf. 1Jn 5,4

31 Cf. Juan Pablo II, Fides et ratio 1

32 Porta fidei, 7

33 Ib.

34 Cf. Ib.

35 1Co 13,8

36 Porta fidei, 7

 

37 Porta fidei, 7