El anuncio de la Resurrección

 El anuncio de la Resurrección

            1. La razón verdadera de la Semana Santa, de este acontecimiento que se repite anualmente desde hace tantos siglos en el mundo entero, es la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Esto es lo que proclaman las devociones de todos los cristianos, las solemnes celebraciones a las que nosotros nos encaminamos, continuando una tradición en la que late el corazón de esta ciudad de Lugo desde hace casi 2000 años, y este mismo pregón, pronunciar el cual me honra y agradezco.

En efecto, si Cristo no hubiese resucitado, si la mentira y la injusticia lo hubieran sencillamente aplastado, nuestras predicaciones serían inútiles y nos callaríamos, nuestras procesiones se detendrían y su música y sus silencios desaparecerían, nuestra fe no tendría sentido. Seguiríamos bajo el yugo de nuestros pecados, de nuestro mal y nuestras miserias, lejos de Dios, destinados simple y realmente a perecer. Si ser fiel a Cristo sólo sirviese para esta vida, seríamos los hombres más dignos de compasión1.

    • “¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos, como primicias de todos los que murieron. Porque habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos.”2

             2. San Pablo, el apóstol de las gentes, nos anuncia este mismo Evangelio, que también él recibió un día:

    • “que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, y que resucitó al tercer día según las Escrituras, que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron … Y en último término se me apareció también a mí …”3

Los Doce conocen el acontecimiento singular de la resurrección gracias a la manifestación del Resucitado. Jesús les viene al encuentro. Se aparece, se deja percibir por los testigos, y éstos lo “ven”; y se muestra, en primer lugar, como el que había sido crucificado4.

La fe cristiana se basará siempre sobre esta primera afirmación apostólica: Jesús, el que había sido crucificado, a quien habían visto morir abandonado y abrumado de dolores5, ha resucitado. En el esplendor de su resurrección los discípulos comprenden por fin la gloria de aquella muerte en la ignominia, y quieren anunciarlo a todos: El que ha entrado en la vida divina es sólo aquel Jesús en quien habían creído, pero que había sido condenado y hecho morir en la cruz, ninguna otra persona muerta6.

           Los hombres morimos y, con ello, ratificamos todos nuestro destino mortal; sin embargo, la muerte de Cristo, experimentada en la obediencia del amor, ha cambiado el destino del hombre, ha puesto un término a la muerte misma.

            Esto es lo primero que celebramos en nuestra Semana Santa: Jesús sufre su pasión y muere en la cruz, como atestigua del modo más real su descendimiento y desenclavo, el dolor inmenso de su Madre, que lo recibe en sus brazos, y su sepultura por medio de amigos en un sepulcro cercano. Queremos mirar con todo realismo estos acontecimientos, estar de algún modo al pie de la cruz y acompañar en silencio a la Dolorosa; pero porque sabemos que no contemplamos el triunfo de la injusticia y de la muerte, sino la revelación de la verdad más grande de Dios y del hombre, el misterio definitivo del amor y de la salvación, la victoria en que radica nuestra esperanza.

En la cruz llevó Cristo hasta el fondo su amor y su solidaridad con los hombres, asumiendo toda la miseria de nuestro pecado -del pecado del mundo– y presentando al Padre en oración suplicante su naturaleza humana, en trance de pasión y de muerte, y necesitada de salvación7.

En Cristo crucificado se llevó a cabo así la mediación entre lo más bajo de la miseria y la debilidad humanas y las cimas inalcanzables de la fuerza y la santidad divinas, por el camino humildísimo de la entrega plena de sí mismo, de la apertura absolutamente confiada a la voluntad del Padre. La respuesta salvadora de Dios será sobreabundante, infinitamente generosa, según lo ilimitado de las medidas divinas. Jesús había enseñado que Dios no deja sin recompensa un vaso de agua entregado a uno de los suyos, que devuelve el ciento por uno a quien algo le da o le confía8. Pues bien, Jesús se había entregado plenamente a Él, poniendo en sus manos toda la humanidad, todo su corazón colmado de sufrimientos, sin esconder ninguna de sus miserias; y el Padre lo acogió con una respuesta también plena, salvándolo definitivamente de la muerte, colmando su humanidad con todas las riquezas de la gloria divina, de modo que en Jesucristo habite ya corporalmente toda la plenitud de la divinidad9, para bien de los hombres.

           Como dirá toda la tradición, ¡qué admirable intercambio, qué inconcebible comercio entre Dios y el hombre!, en el que ambos entregan el uno al otro todo su amor y con él todo lo que tienen: la pobreza y el sufrimiento el uno, la gloria y la vida eterna el otro.

Contemplando la muerte en cruz, el descendimiento y la sepultura, conviene guardar viva la memoria de que Jesús no hizo este camino por su cuenta ni solo, sino por un designio de amor10. El formaba siempre una sola cosa con el Dios vivo. Se encontraba, por decirlo así, en un abrazo con Aquel que es la vida misma, en una unidad con el Padre que no era sólo emotiva, sino que comprendía y penetraba su ser. Su misma vida no era sólo suya, por eso nadie podía quitársela realmente11. En comunión con el amor del Padre por el mundo12, Jesús pudo dejarse matar; pero precisamente así rompió la definitividad de la muerte, porque en Él estaba presente la definitividad mayor de la vida y del amor –Dios es amor. Jesús era una sola cosa con la Vida indestructible, de modo que ésta floreció de nuevo a través de la muerte13.

Cuando se refiere a este acontecimiento, el Nuevo Testamento usa fórmulas distintas: “Jesús fue exaltado”, “está sentado a la derecha de Dios", "fue glorificado", vive en el Espíritu14. Con estas expresiones se quiere describir algo único y definitivo: posee la vida verdadera, la que no está sometida a la degradación, el sufrimiento y la muerte; Él vive por los siglos de los siglos15, la muerte ya no tiene poder sobre Él. Jesús será para siempre el camino por el que el hombre podrá acceder a esta vida eterna16, el único en cuyo nombre es dado salvarse17.

Lo que sucede en la resurrección de Jesús es una novedad completa, con respecto a todos los hombres, que mueren –incluso si alguna vez fueron devueltos milagrosamente a la vida, como Lázaro– y permanecen bajo el poder de la muerte. En palabras de Benedicto XVI, "Las puertas de la muerte están cerradas, nadie puede volver atrás desde allí. No hay una llave para estas puertas de hierro. Cristo, en cambio, tiene esta llave. … Su Cruz, la radicalidad de su amor es la llave que abre estas puertas. El amor de Cristo que, siendo Dios, se ha hecho hombre para poder morir; este amor tiene la fuerza para abrir las puertas. Este amor es más fuerte que la muerte"18.

            Anunciamos, pues, la resurrección de Cristo, no como un "irse simplemente de aquí, pasando a otra dimensión", sino como victoria lograda aquí sobre la muerte, que reinaba en la naturaleza de todo hombre como impotencia y límite definitivo. Lo que era el final, la última palabra sobre la existencia creada, la que parecía certificar la soledad y la insatisfacción radical como verdad última del ser de cada uno, ha quedado desmentida, ha perdido su identidad. Jesús hizo presente, en medio del mundo otra palabra más profunda, más grande, más viva y poderosa: la que estaba escondida en la cruz en el silencio de su corazón obediente, que brotaba de su unidad con el Padre y de su amor compasivo por los hermanos, y que se mostró viva, más allá del límite de toda mortalidad humana. De modo que el egoísmo, la corrupción y la muerte no dominan ya sobre la tierra, sino que ha aparecido en la historia un nuevo horizonte, un nuevo destino para el universo.

El hombre ya no tiene que temblar ante ningún poder de este mundo, es libre de no poner ya en ninguno su esperanza, porque no pueden determinar el destino de su vida. Ya que la ley de la fuerza, de la que usan y abusan los poderosos de la historia, ha sido quebrada por Jesús: ya no vivimos esclavos del temor a la muerte19. Sabemos que la verdadera realidad humana no es lo efímero, que sufre la amenaza de la inconsistencia y la disolución, sino la que se ha manifestado definitivamente en la persona de Jesús Resucitado, en su Amor redentor.

    • "Si no fuese tuyo, Cristo mío, me sentiría una criatura finita. Nací y siento que me disuelvo. Como, duermo, reposo y camino, me enfermo y sano, me asaltan deseos y tormentos innumerables, gozo del sol y de cuanto fructifica en la tierra. Después muero y la carne se hace polvo como la de los animales, que no tienen pecados. Pero ¿qué tengo yo más que ellos? Nada, excepto Dios. Si no fuese tuyo, Cristo mío, me sentiría una criatura finita." (S. Gregorio Nacianceno)

 

3. El acontecimiento incomparable de la resurrección del Señor alcanza su plena presencia histórica en las apariciones, por las que Dios revela a su Hijo a los testigos escogidos20: en la humanidad de Cristo les es visible la gloria divina.

Los discípulos reaccionan en primer lugar con asombro, con miedo, con dudas, con incredulidad. En un primer momento, están cerrados a lo que ven; pero la manifestación del Resucitado se apodera de ellos, rompe su cerrazón y los arrastra en el acontecimiento de la resurrección21.

Con su Espíritu, el Señor obrará con plenitud nueva en el corazón de los apóstoles y los enviará a todo el mundo22. No les ahorrará el seguimiento de la cruz; pero, sin embargo, podrán vivirlo ya en la plenitud de la fe en el Resucitado. A su luz hablarán los apóstoles y cumplirán su misión anunciar el Evangelio, hasta la entrega final de la vida.

Así pues, el Resucitado se hace presente en la historia ante todo mediante el corazón y la palabra de sus testigos, vencidos en su resistencia inicial y hechos capaces de hablar de modo nuevo. El signo y el instrumento primero de la presencia del Resucitado en el mundo será la realidad más humana de todas: el testimonio de un corazón, que vive en libertad y ama la verdad; y un pueblo que será germen de unidad, de esperanza y de salvación23.

            También nosotros, de alguna manera, pertenecemos a esta tradición de verdad y de gracia. A ella pertenecen el corazón y la palabra de nuestros padres, de nuestros sacerdotes y maestros, que nos enseñaron la fe. Y de ello es un símbolo este mismo pregón. Más allá de nuestras limitaciones, hoy resuena de nuevo aquí el anuncio de la libertad, de la alegría del corazón, de la dignidad del hombre salvado y de la grandeza inmensa del amor de nuestro Señor, que fundamenta todas las cosas.

 

4. La resurrección de Cristo ha significado la victoria sobre la muerte y, con ello, la aparición sobre la tierra de una nueva humanidad, sanada y reconciliada, de una "criatura nueva"24 capaz de transformar ya esta vida. Testimonio perenne de la victoria de Cristo sobre la muerte será, pues, la existencia de posibilidades reales de vida nueva para los hombres.

La comparación con uno de los momentos más elevados alcanzados por la humanidad, puede ayudarnos a comprender un poco lo que esto significa; se trata el destino de Sócrates, tal como nos lo testimonia Platón, en el que los cristianos vieron desde el principio como una “profecía” de Cristo25.

          Sócrates muere en su ciudad, en Atenas, como testigo de la verdad, superando en la vida real todas las tragedias que se representaban en los teatros griegos sobre el destino humano: él, que filosofaba entre la vida y la muerte, no quiso escapar, cuando se lo ofrecieron, sino que estuvo dispuesto a morir por lo que testimoniaba, dispuesto a morir por la verdad "con pocos otros o quizá solo" (Gorgias).

           Su discípulo Platón presentará luego la muerte del testigo de la verdad como una tragedia inevitable, que nace con el amor incondicionado a la verdad ("filosofía"), a la realidad tal como es; pues este amor divide a la humanidad entre los que sirven a la verdad y los que se sirven de ella. Este frente de batalla irá poco a poco apareciendo como la lucha cada vez más brutal entre el servicio a la verdad y el egoísmo del propio poder, al que toda ideología es buena si sirve para aumentar su poder. Esta actitud va apareciendo en los Diálogos poco a poco, hasta desvelarse como una moral que justifica al más fuerte: quien es más fuerte, tiene más razón (Gorgias).

           Y nosotros no podemos dejar de reconocer la lucidez y actualidad de la reflexión de Platón, al observar cómo el mismo desafío sigue presentándose en nuestra sociedad, tentada de alejarse de las enseñanzas de Sócrates y de Cristo, de la fe y de la razón. Pues oímos proclamar y enseñar que no existe la verdad, negarla incluso cuando la realidad está patente ante nuestros ojos –por ejemplo, no queriendo reconocer que el aborto sea impedir el nacimiento de un niño ya engendrado; y vemos identificar frecuentemente lo justo y lo moral con lo que diga el poderoso, el que consigue imponerse en la sociedad.

            La hipótesis extrema es presentada en "Política" por Glaucón: quien quiera sólo la verdad, debe renunciar a lo demás, al poder y a las apariencias. La consecuencia es que "el justo bajo esas circunstancias será azotado, torturado, atado, le serán quemados los ojos y después de todas estas vejaciones será crucificado, y así comprenderá que no sólo hay que ser justo, sino que hay que parecerlo”.

            El crucificado no es el rebelde, sino el justo que busca la verdad. El paralelismo con Cristo –la profecía– es evidente, y más aún recordando cómo Sócrates enseñaba incluso que es mejor sufrir la injusticia que cometerla, no buscando la propia honra, dejándose, si es el caso, robar por el enemigo o golpear por él en favor de la verdad. Verdaderamente tal gran filosofía, tal razón que busca hasta el fondo la verdad, y la naciente fe cristiana, tenían que entenderse, como de hecho sucedió para el bien de lo que estaba llamada a ser nuestra Europa. Parece que Sócrates había previsto su muerte; es impresionante para un cristiano y al mismo tiempo algo muy occidental: el justo verdadero, aún en la hipótesis más extrema, no se sale del mundo, sino que se queda en el medio de la ciudad de los hombres, decidido y provocando la decisión.

           Estas perspectivas del justo, que confía su vida en manos de su Dios, permanecen sin embargo aparentemente irrealizables sobre la tierra: ¿cómo construir una ciudad basada en este amor puro a la verdad ("Politeia")? Platón dirá que no es entera y totalmente imposible, que, si apareciese alguien capaz de ello, se podrían hacer cosas que ahora nos parecen inalcanzables.

Podemos comprender así más claramente el significado de la venida y de la resurrección de Cristo, que, en cuanto victoria sobre la muerte, es introducción a una vida nueva que conmueve —convierte— a todo el hombre. El cristiano vive de la fe, que es amor a la verdad —hecha presente de modo definitivo por Jesucristo— y vida concreta en la comunión fraterna, y puede vencer a un mundo que se afirma a sí mismo aún contra la verdad de las cosas y de las personas26.

            El Señor Jesús, que no rechazó la cruz confiado en la voluntad de Dios, resucitó venciendo toda mentira, todo pecado y a la misma muerte; así le devolvió al hombre la certeza del valor de su existencia, la posibilidad real de vivirla en la dignidad de la verdad, la esperanza de la salvación del mundo. Esta es la experiencia cristiana fundamental, en la que el hombre encuentra respuesta a su exigencia primera: la de una vida que pueda abrazarse de corazón y entregarse sin pena, porque no está destinada a perderse, sino a salvarse. Con la resurrección de Jesucristo pone Dios por tanto un nuevo inicio en medio de la historia de modo plenamente gratuito.

La comunidad cristiana viva, el Pueblo de Dios, constituye en medio –y no fuera– de la ciudad y de la historia un testimonio perenne de la victoria del Señor, de que el poder humano, basado en el temor a la muerte y la afirmación obstinada de sí aún contra la verdad, no es realmente la única y última palabra posible en esta vida. Ha aparecido otra palabra: el amor, que nace y permanece al reconocer en la fe que Dios nos amó primero, como demostró en la Cruz. Nosotros ya no vivimos sin esperanza y sin Dios en el mundo27, solos y hostiles los unos a los otros, sino que somos miembros de la familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular28.

           Este es el misterio pascual que contemplamos en la Semana Santa y anunciamos en su Pregón. También las Cofradías, buscando ante todo venerar la Pasión de nuestro Señor y hacer crecer la comprensión de su amor, se convierten en lugares de fe en Dios y de real fraternidad, de vida en la verdad y de amor activo. Son parte de esta humanidad nueva, que es la esperanza de nuestros pueblos, ciudades y del mundo entero.

           Que el Señor bendiga y aliente siempre a los miembros de las Cofradías de la ciudad de Lugo, para que vivan en la fe y en el amor, para que sigan cumpliendo muchos años su misión con esperanza y fortaleza al servicio de la Iglesia y de todos los hombres. Y que la Virgen de los Dolores y Madre de Piedad, que recogió en su seno al Hijo descendido de la cruz, ampare a los que devotamente le rezan, la aman y la sirven, orgullosos de ser también sus hijos.

+ Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo

1 Cf. 1Co 15,14-19

2 1Co 15,21

3 1Co 15, 3-6.8

4 Cf. Mc 16,9-14; Mt 28,9-10; Lc 24,36-43; Jn 20,19-23

5 Is 53,3

6 Hch 2,22-24.32-36; 3,13-16; 4,10-12

7 Mc 14,33-36; Hb 5,7-8

8 Mc 9,41; 10,29-30

9 Col 2,9

10 Cf. Jn 8,28-29; 16,32

11 Cf. Jn 10,18

12 Cf. Jn 3,16

13 Benedicto XVI, Homilía de la Vigilia Pascual, 15 de abril de 2006

14 Cf., por ej., Hch 2,32; 5,30; Rm 1,4; 6,10; 1Co 15,42-44; 2Co 13,4; Fp 3,21; 1P 3,18

15 Ap 1,18

16 Cf. Jn 14,6

17 Cf. Hch 4,12

18 Benedicto XVI, Homilía de la Vigilia de Pascua, 7 de abril de 2007

19 Cf. Hb 2,15

20 Cf. Gal 1,5-16

21 Cf. Mc 16,8; Lc 24,11.13-25.37-42; Jn 20, 24-29

22 Cf. Mt 28,18-20; Lc 24,47-49; Jn 20,21-23; Hch 1,8

23 Cf. LG 9

24 Cf. 2Co 5,17

25 Cf. H. U. von Balthasar, Herrlichkeit III-I, Einisiedeln 1965, 153-161

26 Cf. Jn 16,33; 1Jn 5,4-5

27 Ef 2,12

28 Ef 2,19-20