Alfonso Carrasco Rouco: La JMJ como experiencia de Iglesia

La Jornada mundial de la Juventud como experiencia de Iglesia

Apuntes pastorales

En la entrevista que concedió en vuelo hacia Madrid, describía Benedicto XVI el significado de las JMJ diciendo: “Diría que estas JMJ son un signo, una cascada de luz, dan visibilidad a la fe, visibilidad a la presencia de Dios en el mundo, y dan así valentía a los creyentes” 1.

Característica primera de las JMJ es, pues, la de ser un tiempo y un lugar en que la fe, el ser de la Iglesia, se hace experimentable, con la singularidad además que les dan su dimensión específicamente juvenil.

La visibilidad de la Iglesia –una afirmación tradicional de la eclesiología católica– se hizo manifiesta en las Jornadas concretamente en términos de experiencia. Muchas veces se comprende la fe de modo reducido, como una realidad sentimental y puramente subjetiva; se la considera entonces inevitablemente como algo privado, alejada del ámbito de una razón abierta al conocimiento y al diálogo público, y carente de una forma visible específica. Otras veces se piensa que la fe se reduce a un sistema ideológico –de naturaleza metafísica, moral o sociológica– que busca imponerse en la vida de los hombres, y su visibilidad sería entonces la de una estructura de poder. En cambio, en la JMJ la fe se ha manifestado como una experiencia humana, como un ámbito de humanidad renovada.

Esta es una primera enseñanza fundamental. No se comprende la fe ni se adhiere a ella y a la Iglesia a través sólo de una doctrina, ni simplemente de sus estructuras sociales y religiosas; sino a través de una realidad experimentable de humanidad renovada. Para la credibilidad, la transmisión y la educación en la fe es esencial su visibilidad, que sea posible percibirla adecuadamente; y la forma plena y convincente de su manifestación sensible es un ámbito concreto de experiencia humana habitada por el Espíritu.

Surge entonces una pregunta inevitable: ¿existe esta experiencia? ¿cuál y cómo es? La JMJ constituye sin duda una respuesta extraordinaria a esta pregunta, y de ello puede hablar cada participante desde su vivencia propia. Aquí nos limitaremos a subrayar algún aspecto esencial.

1. Una peculiar experiencia de unidad

a) La primera característica de esta experiencia, en que se ha manifestado singularmente la fe, podría ser la de la unidad y la pertenencia. La común pertenencia al único Señor permitía el reconocimiento mutuo, la acogida y la relación entre personas más allá de todas las circunstancias habituales. Esta fue la vivencia, muy clara, en los Días en las Diócesis, pero también por las calles y en los encuentros de Madrid. Era perceptible la existencia de un vínculo profundo entre muchísimas gentes de países muy diversos, se hacía posible el reconocimiento de una gran unidad entre todos.

Podríamos observar ya, a este respecto, una característica de la experiencia propiamente cristiana: no excluye, supera los límites del propio grupo, genera apertura, el gusto por acoger y reconocer la fe o el deseo del corazón de cualquier otro. Esta experiencia de unidad es, pues, hospitalaria, acogedora.

La acogida y la hospitalidad fueron vivencias ampliamente compartidas en Madrid; son manifestación de la fe verdadera, del singular sentido de unidad y de pertenencia –también pertenencia mutua– que la fe genera.

b) Esta experiencia de unidad no sólo esta motivada por una misma fe, sino que estaba animada por una inmensa corriente de gratuidad, de capacidad de entrega y de sacrificio, de servicio y de atención concreta.

Podríamos decir que la unidad estaba animada por un profundo aliento de caridad y de gratuidad; en primer lugar muy claramente en los voluntarios, que fueron muchísimos, oficiales y no oficiales; pero también en los incontables gestos de gratuidad y de servicio, en los innumerables sacrificios cumplidos por todos los participantes.

Sólo esta caridad que no calcula, sino que da con una sorprendente riqueza que brota del corazón, explica adecuadamente –mucho más que los recursos financieros– que pudiese llevarse a cabo realmente la JMJ y, sobre todo, que fuese como fue y lo que fue.

Vemos así, de nuevo, una dimensión imprescindible para que se manifieste experimentalmente la naturaleza de la fe cristiana: una caridad concreta, capaz de atender a las necesidades del que está al lado, aún a costa de lo propio; y capaz de entregarse, de servir a esta vida eclesial común, más allá de los sacrificios que parecerían razonables, en tiempo, en energía, en paciencia, en recursos.

La caridad es el alma y la ley íntima de toda unidad que sea verdaderamente cristiana. Y ha de manifestarse siempre, en actos concretos.

c) La unidad vivida en las Jornadas se caracterizó luego por una profunda catolicidad o universalidad. Era una unidad en la mayor de las pluralidades de origen, de lengua y de cultura; que, sin embargo no ponía en discusión nada de lo original de la identidad de cada uno. Al contrario, crecía el gusto por el conocimiento mutuo, por participar de los modos y maneras diferentes en que otros podían expresar su fe.

Esto confirmaba a cada uno en la certeza de que la propia fe tiene las dimensiones del mundo, que no es una costumbre o una anomalía cultural, que habría permanecido a pesar y en contra del progreso de la historia. Al mismo tiempo, esta experiencia hacía crecer también la certeza de que la fe no es contraria a la propia identidad, al propio ser como cultura, lengua o nación; sino que en todas se expresa, manifestando algo bueno, verdadero y bello, y haciendo a cada uno, en su originalidad, capaz de encuentro y de comprensión de la identidad y del camino de cualquier otro –de cualquier pueblo, lengua o cultura.

Pero esta radical unidad en la pluralidad se manifestó muy claramente también en la presencia de incontables formas de vivir la fe, de ser miembros de la Iglesia: allí estábamos jóvenes y no tan jóvenes, sacerdotes y fieles laicos, consagrados y consagradas en una abundantísima variedad de formas, carismas y movimientos, parroquias y escuelas, grupos de toda clase; también obispos, también el Papa. Todos viviendo en unidad, manifestando su articulación profunda. Y manifestando que en tal inmensa comunidad de gentes, ninguna es realmente anónima, sino que cada uno tiene su vocación, su singularidad, su camino.

Este darse de la unidad en la pluralidad, en la salvaguarda y la potenciación de la identidad –de la vocación– de cada uno, es asimismo una realidad prodigiosa.

E indica de nuevo un aspecto esencial del hacerse visible la experiencia de la fe: nadie puede ser en ella insignificante, nadie puede ser anónimo, nadie deja nunca de ser visto como un verdadero miembro del Cuerpo, sin que con ello se contradiga la dinámica cristiana profunda y se haga desaparecer su credibilidad.

  1. Una experiencia actual de seguimiento de Jesús

a) El origen de esta peculiar experiencia de unidad, en la que se vive la acogida, la caridad, la afirmación de la dignidad y del destino –de la vocación y de la misión– de cada uno, y aún de pueblos y culturas, está en el contenido nuclear de la fe: el amor de Dios.

En palabras de Benedicto XVI: “Sí queridos amigos, Dios nos ama. Esta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios. Permanecer en su amor significa, entonces, vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo, que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios” 2.

Vivir la Jornada, en sus diferentes aspectos, ha sido afirmar el misterio del amor de Dios, querer permanecer en Él, adherirse a este amor en las diferentes maneras en que resonaba en la gran comunidad de los que han creído en Jesucristo y estaban juntos en Madrid.

Podría decirse que la experiencia de encuentro y de unidad vivida en la JMJ fue un signo y un instrumento de este amor divino con que nos mira Jesucristo. Es una forma de seguirlo a Él, de caminar con Jesús en la comunión de su Iglesia.

En realidad, sólo el amor de Dios puede responder adecuadamente a la profundidad y a la dignidad del corazón de cada uno. La Jornada no sería explicable, no se podría conseguir que fuera lo que es, sólo gracias al poder y a la capacidad de organización de los hombres. Sólo la explica el amor de Dios, como fuente de vida, de certeza y de libertad.

Por ello, ni la Jornada ni otra forma de propuesta o de encuentro cristiano llega a servir realmente a la fe, si no habla de Dios, del amor de Dios dado a los hombres concretamente en su Hijo Jesucristo. No es posible silenciar a Jesús y esperar poder vivir o comunicar la fe. Es necesario manifestar siempre con audacia –es decir, venciendo reticencias y respetos humanos–la certeza de que su presencia y su amor son la única respuesta verdadera al corazón y a la vida de los hombres, y del joven.

Y, del mismo modo, en palabras de Benedicto XVI, “permitidme que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia”3. De hecho, los rasgos esenciales del ser Iglesia caracterizaron concretamente el rostro de la JMJ, recordando así, de nuevo, que deben estar presentes en toda vida de fe, también de los jóvenes.

b) La unidad vivida en la Jornada ha sido, sin duda alguna, también una gran experiencia de seguimiento, en formas concretas y precisas, comenzando por los propios grupos con que los jóvenes acudieron a Madrid.

La Jornada ha hecho experimentable que caminar en la comunión de la Iglesia, permanecer en un ámbito determinado de seguimiento del Señor, con rostros y personas concretas, es imprescindible; que no se puede seguir a Jesús en solitario. Como dice Benedicto XVI, “es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos”4; y, por tanto, del mismo modo, la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, el cultivo de la oración y de la meditación de la Palabra de Dios5.

No se trata, con ello, de conservar costumbres ancestrales, de respetar normas eclesiásticas o de asegurar el buen funcionamiento de las estructuras parroquiales. Se trata de seguir cada uno en la fe a Jesucristo, presente y cercano en su Iglesia, con los medios concretos con los que Él da forma y asegura la unidad con los hombres.

De hecho, en la JMJ ha sido posible reconocer que, como insiste en decir Benedicto XVI, “no hay Jesús sin Iglesia”6: siguiendo los propios grupos, y participando en las celebraciones, en las catequesis, en la Adoración y la Santa Misa en Cuatro Vientos, viviendo la unidad visible con el Papa.

c) La experiencia cristiana de seguimiento tuvo, pues, un rostro histórico preciso en la Jornada, marcado por la presencia del Papa, de los Obispos, como sucesores de los apóstoles, de la Eucaristía, de la fe proclamada y reflexionada en común.

En efecto, esta experiencia de seguimiento en la comunión de la Iglesia alcanza su manifestación plena por la presencia del Papa, como ministro y representante de Cristo, y como cabeza de la unidad histórica de sus discípulos, de la Iglesia.

Ciertamente, son muchos los ministros y representantes de Cristo, que sirven a la fe y a la unidad de sus discípulos. No son sólo el Papa, los obispos y los sacerdotes, ni sólo los consagrados y consagradas, sino también los fieles laicos, llamados a dar testimonio de muchas maneras, con la vida y las palabras, y que, además, lo hacen.

Gracias a estos “representantes” o “enviados” del Señor hemos hecho todos nuestro camino personal; y son imprescindibles. No se da progreso en la comunicación de la fe, sin el sentirse y el actuar como enviados de cada uno a sus hermanos, sin la dedicación y la entrega de algunos en favor de otros muchos. Esta responsabilidad es tan imprescindible, como resulta indispensable la posibilidad del seguimiento para llegar a ser cristianos.

d) En la JMJ pudo contemplarse esta dinámica, multiplicada por los miles de grupos y comunidades presentes. Pero el rostro histórico de esta unidad humana extraordinaria que se manifestó en Madrid, de la Iglesia en su rostro joven, es el Papa de modo singular. Él es el “principio visible de nuestra unidad en la fe y en la comunión”7.

En Benedicto XVI se visibiliza cómo la unidad generada por Cristo es apóstolica; es decir, está hecha de rostros y personas concretas, y permanece en el tiempo en su identidad verdadera, creciendo en medio del mundo, gracias a representantes “enviados” por el Señor.

El Papa, el sucesor del apóstol Pedro, es el principio visible que simboliza la unidad de la Iglesia, su rostro histórico, enraizado en Cristo mismo.

En este sentido, la experiencia de unidad vivida en Madrid no sólo nos unía con los horizontes del mundo, sino que nos situaba también dentro de una gran historia, en una inmensa tradición por un lado y abiertos al futuro por otro. Y necesitamos que nuestro horizonte sea universal también en el tiempo.

Para toda persona es indispensable enraizarse en una propia tradición, tener una memoria y una historia propia; en ello se juega el situarse en el mundo, que es siempre también un situarse en las coordenadas del tiempo de la vida y del propio pueblo. El modo de comprenderse en medio de la historia resulta determinante para alcanzar certeza sobre la propia identidad y, por tanto, para llegar a una fe madura, capaz de relaciones adecuadas con los demás.

La unidad vivida con el Papa nos sitúa en una historia concreta, de bien y de salvación; en la que, por ejemplo, se cuentan los años desde el nacimiento de Jesucristo, en la que sabemos que un día tuvo lugar la creación y que un día llegará también la victoria plena de la resurrección, de unos cielos y una tierra nuevos, en los que habite la justicia, porque la justicia –y el amor– es inmortal.

Necesitamos esta perspectiva universal, abierta al tiempo de la vida de hombres y naciones; porque es imprescindible humanamente. Si nuestra fe no la ofreciese, adoptaríamos inevitablemente otra interpretación de la vida y de la historia de los hombres –ofrecida por las ideologías de nuestra época–, y dejaríamos de interesarnos por el Señor. No comprenderíamos aquellas palabras dichas apasionadamente por Juan Pablo II en su primera encíclica: Jesucristo es el centro del cosmos y de la historia8.

e) La JMJ significa, pues, también una experiencia de pertenencia confiada a la Iglesia como un pueblo que camina en la historia, con el Papa como cabeza visible.

Y, por ello, implica inevitablemente un sentido de protagonismo, una misión en el mundo. Era inevitable percibirlo contemplando el caminar de la multitud de jóvenes por las calles de Madrid, cambiando el rostro de la ciudad, o su presencia impresionante participando unidos en los momentos de Cuatro Vientos.

Esta percepción fue vívida aquellos días. Se experimentaba el ser testigos de la fe en el mundo, la posibilidad real de una vida nueva, con sentido, con felicidad, con frutos buenos, con una apertura esperanzada a un futuro mejor. El Papa invitó insistentemente a este sentido de testimonio, es decir de protagonismo verdadero, personal, fundamentado en la propia fe, como experiencia vivida y expresada libre y razonablemente en medio del mundo.

Este protagonismo es indispensable para que la persona pueda adherirse verdaderamente al Señor. Sin ello, es como si Jesucristo no hubiera entrado realmente en la historia, no aportase nada concreto a la vida del hombre; como si la propia experiencia eclesial no fuese relevante en el mundo real, se limitase a un cierto entretenimiento privado. Dejaríamos de poder ser cristianos en la vida real.

f) Este protagonismo fue vivido por todos, que percibíamos inevitablemente el eco de una presencia nueva en la ciudad, que aportaba alegría y esperanza, que traía el anuncio de una vida nueva y buena en el seguimiento de Cristo.

Esta experiencia, sin embargo, fue también la del rechazo por un mundo que proclamaba su presunta superioridad intelectual y social, que no aceptaba escuchar realmente el anuncio de la fe, ni mucho menos el protagonismo de los jóvenes cristianos en la ciudad, en la historia.

Esto permitió experimentar, en primer lugar, cómo la fe lleva a hacer propuestas de modo pacífico, a ser fermento de diálogo, de convivencia, de capacidad de acogida y no de exclusión; y que esta forma de actuar no puede darse por descontada, ni se adquiere sólo por llamarse “laicos” o por apropiarse la etiqueta de la democracia.

La certeza de la verdad y de la bondad de la fe, de la experiencia humana que genera, adquiría fuerza así, precisamente ante la actitud de grupos e ideologías, fruto del poder de este mundo, que manifestaban incomprensión, exclusión, ridiculización, intolerancia y, a veces, incluso violencia.

Esta experiencia, perteneciente también a a la JMJ de Madrid, fue una confirmación de lo verdadero de la relación con la realidad –con los hombres– que genera la fe cristiana. Y, por otra parte, significó la posibilidad de dejar atrás una determinada imagen del mundo y de la vida social, que pretende ser la única posible, y de la que pudo percibirse la fragilidad y la inconsistencia.

Es algo de gran importancia. No sólo porque hace crecer el deseo, precioso en la juventud, de cambiar la vida y el mundo, habiendo visto en la propia experiencia la posibilidad y la urgencia. Es importante también, porque el camino de la fe implicará siempre dejar atrás falsos respetos, falsas imágenes de las cosas, de la sociedad y de la vida; es decir, será siempre una experiencia de renovación, de “conversión”.

3. La novedad de vivir enuna “amistad universal”

a) Siguiendo la indicación de Benedicto XVI, hemos querido acercarnos al espectáculo de la visibilidad de la fe, tal como se manifestó en la JMJ de Madrid. Cada participante podría sin duda ampliar y completar lo dicho desde sus vivencias. Pero para todos, en palabras del Papa, fue posible experimentar “qué bello es vivir en esta amistad universal”9. Así puede ser descrita, en lo esencial, la naturaleza profunda de la fe, hecha visible estos días en Madrid: es una amistad universal, católica, abierta a todo y a todos.

La Jornada ha sido un acontecimiento que hizo posible percibir claramente que la Iglesia no es algo fuera del mundo, irreal y artificioso, sino que es una realidad, un lugar humano singular, que hace posible al hombre una experiencia profunda, que ilumina de modo nuevo la comprensión de sí y de la propia posición en el mundo.

La percepción de esta gran manifestación visible de la naturaleza de la Iglesia –casi como en un sacramento: signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad del género humano10– ayuda a cada uno a descubrir la fe mejor, de modo más real, liberándose de las objeciones teóricas y prácticas que muchas veces la paralizan en la sociedad actual.

Contra el individualismo, que domina el pensamiento moderno y la vida de nuestras sociedades, contra sus consecuencias de soledad y de aislamiento, la fe introduce a una amistad universal, que no es un simple sentimiento, sino que es real, experimentable y verificable, con fundamento en la relación con el mismo Dios, con Jesucristo.

Ante la presencia poderosa de posibilidades humanas nuevas, adecuadas al deseo del propio corazón, se dejan atrás percepciones alternativas, dominantes hoy – que niegan, por ejemplo, la posibilidad de alcanzar certezas razonables sobre la verdad del hombre y de la vida– y se pone en movimiento la persona, abriéndose a una nueva relación con Dios y con el mundo, pudiendo abrazar con esperanza su destino y su vocación. Cada uno sabe que existe en relación con Dios y con todos; y descubre que esta unidad, esta gran amistad, es esencial para la propia historia y la del mundo, para el futuro de la humanidad.

b) La Jornada se revela así como una ocasión de conversión para todos, de volverse una vez más al amor del Señor, a la verdad de su Palabra sobre el hombre y sobre el mundo.

De este modo percibimos de nuevo un aspecto íntimo propio de la experiencia cristiana: siempre es ocasión de caminar, de dar un paso más, de renovar el propio corazón. Nadie puede pensarse o expresarse como si ya hubiera llegado, ya supiese y poseyese lo necesario, como si no estuviese caminando, fascinado por la riqueza y la belleza que promete el Señor.

En este sentido, es necesario valorar la dimensión “educativa” propia de la experiencia de la fe, tal como se manifestó en la JMJ. De alguna manera, toda la Jornada fue siempre aprendizaje, escuchando la palabra del Papa, en primer lugar, y luego las catequesis de los Obispos; pero también, e igualmente importante, en el caminar de cada grupo y en las vivencias que cada uno pudo tener.

Conversión”y “educación” aparecen unidas desde este punto de vista. No hay fe que no sea remover el corazón y la mente, evitar dejarse anquilosar, guardar un espíritu joven. Y no hay fe que no sea siempre ser discípulo, aprender, crecer en la escuela del Maestro verdadero, eternamente fascinante, que nos dejó su enseñanza y su Persona, para que conozcamos cada vez mejor la verdad del mundo y de la vida, del Amor de Dios, que sobrepasa y explica todo.

Toda experiencia cristiana tiene, pues, una dimensión intrínseca de renovación de la comprensión, de crecimiento en la inteligencia, lo que no se refiere simplemente a momentos de enseñanza, sino a todo el camino de la vida hecho en la comunión de los hermanos.

Conclusión: una propuesta de método pastoral

La JMJ ha sido un gran acontecimiento de unidad, cuya naturaleza profunda puede ser descrita como “amistad universal” o comunión con Dios y entre los hombres, por obra y en el seguimiento de Jesucristo.

Benedicto XVI mismo describía las Jornadas como un hacerse visible de la fe, del modo de ser de la Iglesia. La vida cristiana de nuestras comunidades y de nuestros grupos no tendrá, pues, en el fondo, una naturaleza diferente de lo vivido en Madrid. Aquella experiencia de comunión, en sus rasgos fundamentales, habrá de ser la misma que vivamos luego en cada lugar. Tal es, sin duda, el deseo de los muchos jóvenes que han participado en la Jornada: que todo lo bueno y bello de lo vivido y descubierto allí continúe en la propia existencia, en cada lugar; que no se pierdan las relaciones, que no caiga en el olvido lo que hemos visto y oído, lo que hemos aprendido, desapareciendo los horizontes abiertos en la JMJ.

Tal ha de ser también la preocupación primera de quien tiene una responsabilidad en esta vida eclesial; de todos, por supuesto, ya que cada uno da una respuesta propia a lo vivido, acogiendo y afirmando con libertad el significado de las experiencias hechas. Pero, en todo caso, la JMJ es una interpelación para los que están llamados a ejercer una responsabilidad más directamente “pastoral”; porque el modo de cuidar y promover la vida de fe, habrá de tomar como punto de partida siempre su verdadera naturaleza, tal como se ha manifestado en la Jornada. El método pastoral debe estar en correspondencia con la realidad a la que sirve.

La naturaleza eclesial –la amistad universal, la comunión en Cristo– no debe ser negada ni obviada en el modo en que se procura la continuación de la vida de fe en las comunidades o grupos, al volver a las parroquias, las escuelas, etc.

Existirá, por tanto, una prioridad radical de lo que suele llamarse el testimonio: se habla, se anuncia, se procura la propagación de una realidad ya presente, que no se trata de hacer existir por primera vez, sino que de alguna manera se ha encontrado en la historia, se ha visto y oído.

La dinámica del testimonio presupone, evidentemente, el encuentro y el ser partícipe de un acontecimiento en que la fe se manifiesta como una experiencia renovada de humanidad vivida en comunión con Cristo. La realidad de esta experiencia es primordial, y se corresponde con lo vivido en la JMJ: nadie es capaz de generar por sí solo la singular experiencia de unidad que se dio en la Jornada, ninguna ideología u organización, ninguna suma de dinero. Se manifiesta así que el hombre no se basta a sí mismo ante el desafío de la realidad y de la vida, que necesita de Jesucristo y de la humanidad que Él hace posible en medio de la historia.

La JMJ nos habla pues de la prioridad de un encuentro, en el que el corazón del hombre despierta a su deseo y verdad más hondo; pero no de un encuentro impreciso, que sería sólo una idea, sino de un encuentro en un tiempo y un lugar concretos, hecho de personas y de comunión humanamente perceptible, que permita hacer experiencia de la verdad de lo que anuncia la fe.

Gracias a este encuentro con el Señor en la comunión de su Iglesia –en la manifestación experimentable de esta amistad universal–, la persona abre los ojos al mundo con una luz y una esperanza nuevas. Adquiere la certeza de que, sin Dios, sería muy difícil afrontar los retos de la realidad, que se perciben con nueva lucidez, y ser felices; que no bastaría para ello un análisis ideológico mejor o una mayor organización de los recursos y del poder humanos. Pero sabe también que, con Dios, tiene nuevas posibilidades, tiene luz para caminar y razones para esperar que se cumplan los ideales de la vida11.

Podríamos decir, pues, que, desde el punto de vista pastoral, la JMJ nos ofrece, como enseñanza fundamental, una llamada a no cambiar el método cristiano específico, el modo de hacer, como si, terminado aquel acontecimiento, la vida de las parroquias y comunidades fuese de otra naturaleza.

No puede abandonarse la prioridad de la comunión en Cristo, manifestada como unidad y amistad, con rasgos singulares y característicos. Su presencia es la condición para que a cualquiera sea posible un encuentro, en el que la luz de la fe despierte y renueve el corazón y la mente, y permita afrontar con esperanza firme los desafíos de la vida.

En este sentido y para concluir, volviendo la mirada a la experiencia de los días de gracia de la JMJ de Madrid, resuenan con particular fuerza algunas de las palabras pronunciadas por Benedicto XVI en su despedida, hablando del camino que se abría a todos tras la jornada:

Sí, la fiesta de la fe que hemos compartido nos permite mirar hacia adelante con mucha confianza en la providencia, que guía a la Iglesia por los mares de la historia. Por eso permanece joven y con vitalidad, aun afrontando arduas situaciones. Esto es obra del Espíritu Santo, que hace presente a Jesucristo en los corazones de los jóvenes de cada época y les muestra así la grandeza de la vocación divina de todo ser humano. Hemos podido comprobar también cómo la gracia de Cristo derrumba los muros y franquea las fronteras que el pecado levanta entre los pueblos y las generaciones, para hacer de todos los hombres una sola familia que se reconoce unida en el único Padre común…

No hay que desanimarse ante las contrariedades que, de diversos modos, se presentan en algunos países. Más fuerte que todas ellas es el anhelo de Dios, que el Creador ha puesto en el corazón de los jóvenes, y el poder de lo alto, que otorga fortaleza divina a los que siguen al Maestro y a los que buscan en Él alimento para la vida. No temáis presentar a los jóvenes el mensaje de Jesucristo en toda su integridad e invitarlos a los sacramentos, por los cuales nos hace partícipes de su vida.”12

+ Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo

1 Entrevista, en vuelo hacia Madrid, 18-08-2011

2 Vigilia de Oración en Cuatro Vientos, 20-08-2011

3 Homilía en la Santa Misa, Cuatro Vientos, 21-08-2011

4 Ib.

5 Cf. Ib.

6 Cf. Ib.

7 Cf. LG 18b

8 Cf. Juan Pablo II, Encíclica Redemptor hominis

9 Entrevista en vuelo, 18-08-2011

10 Cf. LG 1

11 Cf. Discurso en la ceremonia de bienvenida en Barajas, 18-08-2011

12 Discurso de despedida en el Aeropuerto de Barajas, 21-08-2011