El Año de la Fe, una renovación de vida

 

La convocatoria por Benedicto XVI del Año de la fe, que estamos celebrando, nos pide que prestemos una atención particular a esta dimensión fundamental de nuestra vida.

No podemos ya dar por descontado un tejido social en el que los valores cristianos serían generalmente aceptados. Todos percibimos las dificultades que se derivan de ello, para que se comprenda y se valore la fe en nuestras propias familias y en las generaciones más jóvenes.

Aún cuando es necesario responder a los diversos y variados desafíos que se plantean a la fe cristiana también en nuestra tierra, el primero me parece el de su dignidad y sentido más profundo, que resulta negado cuando no se la percibe ya como una propuesta concreta de vida y de plenitud humana, fundada en la relación con Dios.

Esta me parece la condición de la presencia y de la transmisión de la fe en nuestra sociedad, de que pueda ser entendida verdaderamente por nuestros contemporáneos, superando prejuicios e incluso ignorancias. Y esta es nuestra tarea primera, que coincide con la de la propia vida y con el aprecio de nuestras tradiciones más propias, que tienen raíces cristianas.

Las iniciativas concretas propuestas para este Año deben ser una ayuda, para que percibamos de nuevo y mejor la dignidad singular de la fe, la capacidad que tiene de plasmar la vida en la verdad y el amor de Dios, su presencia buena en nuestra historia personal y comunitaria.

1. Valorar la novedad de la vida cristiana

La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó” (Benedicto XVI, Porta fidei 6a).

Esta es nuestra misión en el mundo, pero también nuestra esperanza personal. Del mismo modo, la debilidad de la fe hace sufrir la vida de cada uno y afecta al anuncio del Evangelio a todos los hombres.

De ahí que resuene también en nosotros la urgencia de las palabras proféticas del Papa: “sucede con frecuencia que los cristianos … siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado … a causa de una profunda crisis que afecta a la fe de muchas personas.” (Ib. 2)

Entre otros aspectos, esta crisis se manifiesta en un error de gran transcendencia en el que caemos con facilidad, que consiste en pensar que el ser cristiano sería sólo una variante –más religiosa– de la forma de vida propia de nuestra sociedad, considerada como evidente. Aceptar, sin embargo, que creer en el Evangelio no cambia profundamente los criterios y la manera de vivir, es negar de antemano la fe y, con ella, el significado de la presencia de Dios en la existencia de cada uno.

Creer que se puede vivir “como si Dios no existiera” (Hugo Grocio), porque no influye en nada, es negar toda importancia al hecho de que el Hijo de Dios se hizo hombre y nació por nosotros en Belén. Pero nuestro Señor Jesucristo no murió por representar una variante más o menos piadosa –o incómoda– de lo que todos daban por bueno, sino por su llamada radical a la conversión y a la renovación de la vida según la voluntad de Dios, que Él hacía presente con sus palabras, sus obras y todo su ser.

Negar la novedad de la vida cristiana es negar la fe en el Evangelio, aunque uno siga guardando en la mente la idea de Dios. Pues la plenitud del Amor de Dios, revelado en la muerte y resurrección de Cristo, llama “a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados” (Ib. 6b).

En palabras de Benedicto XVI, gracias a la fe se puede plasmar “toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La ‘fe que actúa por el amor’ (Gal 5,6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre.” (Ib., 6b).

La llamada evangélica a una vida nueva según el Evangelio es siempre, pues, un don primero, hecho posible por la presencia buena del Señor, que culmina en la victoria sobre la muerte y la vida eterna.

Ahora bien, como el mismo Jesús ha dicho, no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mc 2,17). La objeción más profunda a la fe, no radica, pues, en la conciencia del propio pecado, sino en el orgullo del hombre que se afirma a sí mismo ante y contra Dios1, que considera la propia voluntad como razón suficiente de la propia forma de vida, sin consideración del bien y del mal, de la verdad y de la mentira. Jesús mismo experimentó este rechazo: he venido para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos … Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís ‘vemos’, vuestro pecado permanece (Jn 9,39.41); y así sigue sucediendo también y particularmente en nuestro tiempo.

La fe verdadera, en cambio, es un gesto libre que consiste en “decidirse a estar con el Señor y a vivir con Él” (PF 10c), que se sella en el bautismo y que se convierte en un camino en unidad con el Señor y con los hermanos.

Así la fe es siempre una gracia, la llamada y la posibilidad perenne de vivir cada instante desde un punto de partida nuevo, dado por la presencia con nosotros del Señor. Unidos a Él, en su Iglesia, somos capaces de introducir una novedad en todas las cosas: la novedad de una fe, esperanza y caridad verdaderas, que iluminan cada situación y conducen a la realización de la verdad, de la justicia y de la paz, más allá de lo que parecería verosímil a un puro cálculo humano.

Muchos cristianos a nuestro alrededor, y en nuestras propias casas, han hecho cosas admirables en la sencillez de su existencia, muy conscientes de lo que verdaderamente corresponde al hombre, de lo que es su bien y de lo que lo daña, con amor capaz de entrega y de sacrificio, con esperanza inquebrantable.

Devolver hoy su dignidad a nuestra fe coincide, pues, con devolversela a nuestra conciencia cristiana ante la vida; significa comprender que, a pesar de críticas y dificultades, vale la pena seguir esta “moralidad” cristiana a la hora de dar forma a la vida y no renunciar a proponerla en el diálogo de la razón pública, en la vida social. Porque no se trata de una moda antigua, de una mentalidad premoderna o de una visión de las cosas coartada por prejuicios religiosos, sino de la posibilidad real y concreta de vivir según la verdad de lo humano, con inteligencia y libertad, en fraternidad verdadera.

No podemos contentarnos con que se valore sólo el trabajo de Caritas y el papel de la Iglesia en la atención a los necesitados. La fe verdadera se expresa en aquella caridad que renueva todas las facetas de la existencia, y sólo así es una propuesta real al hombre de hoy.

En efecto, “lo que el mundo necesita de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, esa que no tiene fin” (Ib. 15a).

2. La fe es principio de conversión y renovación

Celebrar el “Año de la fe” significa para los creyentes hacer memoria viva de que la propia fe ha sido y es siempre principio de vida nueva, de renovación personal profunda. Significa volver la mirada a nuestra propia historia, reconociendo en ella los muchos signos de cercanía, de amor y de humanidad con los que el Señor se ha hecho presente en nuestro camino.

Toda experiencia de fe vive del encuentro con la novedad de Jesucristo, y es siempre saber de un Amor poderoso y gratuito, al que se puede confiar la propia existencia; es saber de la misericordia inmensa del Padre, del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas y que nos otorga participar en su Espíritu, vencedor de la muerte y del pecado.

A la fe es intrínseca la certeza de que el Amor que ha llegado hasta la cruz por nosotros no puede ser detenido por nada, que Él es nuestra esperanza cada día. Su victoria primera es hacer posible que nosotros venzamos a nuestro propio pecado, poniéndolo abiertamente ante Cristo, sin esconderlo ni permanecer atados a él, confiados en el Amor del Señor por nosotros y en su poder de salvación.

Él vence consiguiendo que abramos el corazón a su Palabra, que lo sigamos libremente, y queramos permanecer en su compañía para vivir y amar como Él; dejándonos, por tanto, iluminar por la Ley del amor de Dios, expresada elementalmente en los Diez mandamientos y manifestada en plenitud por Jesús mismo, en su enseñanza y en su propia existencia, resumida y entregada a nosotros en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

Así, unidos al Señor, en comunión con Él, se hace posible al hombre llevar a cumplimiento la justicia que Dios desea para él. Se hace posible a cada uno, a los sencillos de corazón, realizar ya en la historia la verdad del amor y del afecto, tener una relación con las riquezas y recursos del mundo que no se guíe por la posesividad, vivir una existencia libre de la mentira, es decir de la soberbia y el miedo, que impiden reconocer y obedecer al amor de Dios y al bien verdadero del hombre.

El bautismo, en que nos hemos unido definitivamente a Jesucristo, muestra de esta manera su fecundidad y su positividad a lo largo de toda la vida, cimentándola y sosteniéndola siempre en la presencia misericordiosa del Señor.

Así pues, es propio de la fe la certeza de saberse amado por el Señor, junto con el deseo de dejar atrás el mal e imitarlo a Él en la pureza del amor; en otros términos, el buscar “sin cesar la conversión y la renovación” (Ib 6a). No es posible la fe en su frescura propia, ni la santidad en la vida cristiana, sin el fundamento de la misericordia de Dios, sin una dinámica perenne de renovación espiritual, sin el encuentro con Cristo que se nos otorga en el sacramento de la confesión. Sería una fe teórica, que no llegaría a las obras, a las que necesitan ser confesadas y reparadas, y a las que han de realizarse en la caridad. Carecería de la hondura de alegría y gratitud que, según el Evangelio, resuena en el mismo cielo, donde hay más alegría por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse (cf. Lc 15,7).

La fe viva es memoria de la misericordia, de un Amor que es de Dios y ha cambiado nuestra existencia. Por ello, el anuncio del “Año de la fe”, para nosotros que somos ya cristianos, ha de significar necesariamente volver la mirada al Señor y reconocer de todo corazón este Amor, que “ha dado un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE 1)..

En este Año, estamos convocados, con urgencia, a no separar la fe de la vida. Por tanto, no la separemos de la experiencia de una vida nueva en justicia y santidad, de la esperanza de la salvación nuestra y de nuestros hermanos, de la renovación de nuestras casas y de nuestra tierra.

Acojamos esta interpelación, que nos viene del Señor. No busquemos justificarnos en las modas de nuestro tiempo, en que hacemos como todos, en que nuestras opciones son las corrientes en nuestra sociedad, en la conveniencia de no diferenciarse de lo que domina hoy en el mundo. Ahogaríamos así insensiblemente la fe. Porque nuestra vida está llamada a ser testimonio de la verdad, la justicia y el amor, a hacer presente una esperanza nueva, una alegría que nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,22).

3. Un gesto para profesar la fe y profundizar en su comprensión

En este Año “tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras Catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre” (Ib. 8)

En nuestra Diócesis, en particular, tendremos ocasión de participar unidos, por arciprestazgos, en una peregrinación a nuestra Catedral. Allí profesaremos publica y solemnemente nuestra fe ante Jesús sacramentado. Permaneceremos así enraizados en nuestra historia como Pueblo de Dios en Lugo y en Galicia, que proclama desde antiguo: “aquí profesamos con firmeza este misterio de la fe”.

De este modo seguiremos además la enseñanza de Benedicto XVI: “existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento” (Ib. 10a). Pues nuestro acto de fe, nuestra profesión de fe en la Diócesis de Lugo, no puede separarse del Santísimo Sacramento, sino que coincide con el gesto de comunión y adoración de Jesús sacramentado, el mismo Jesús que, enviado por el Padre, quiso nacer de la Virgen María.

En nuestras parroquias, en todo el territorio diocesano y a lo largo de todo este año, intentaremos tener también un tiempo regular de reflexión explícita sobre el Credo apostólico, que es el Símbolo de nuestra fe. Pues también entre nosotros es verdad cuanto el Papa observa sobre el insuficiente conocimiento y comprensión por muchos de los contenidos de nuestra fe.

En efecto, es imposible creer en lo que no se conoce, ni salvaguardar la fe en lo que se queda simplemente incomprensible. Hemos de hacer este camino personal de reflexión, por nosotros mismos y también para poder proponer la fe a nuestros contemporáneos, sabiendo mostrar su verdad, las razones de nuestra esperanza (cf. 1P 3,15).

Pues puede estarse realizando entre nosotros mismos y a nuestro lado lo que ya decía S. Pablo: ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? (Rm 10,14). No podemos pensar nunca que nuestra fe “es un hecho privado” (10c), que no tiene ya dimensión pública; al contrario, pide de nosotros siempre una comunicación abierta y un anuncio sin temor.

Otras muchas iniciativas son posibles este Año, en nuestras parroquias y comunidades, y allí donde vivimos, para redescubrir la fe, profesarla, celebrarla, vivirla y rezarla (cf. 9a).

4. El sacramento del perdón y el don de las indulgencias

Dado que todos estamos llamados a dar testimonio de la propia fe ante los demás y que, por ello, es esencial que nosotros mismos vivamos según el Evangelio, adquiere gran importancia la iniciativa de la “Penitenciaría apostólica” por la que se enriquecen con las sagradas indulgencias particulares gestos y momentos en este Año de la fe. La aplicación a nuestra Diócesis de las ocasiones en que es posible ganar la indulgencia plenaria, para sí o para un ser querido, se desarrollará en un Decreto episcopal.

A nosotros nos conviene ahora subrayar la dimensión sacramental de la vida de gracia, su enraizamiento en el misterio de la misericordia del Señor.

No es posible una vida cristiana sin la participación en la Sagrada Eucaristía, sin la comunión en Cristo, cuya forma sacramental Él mismo determinó y celebramos en la Santa Misa. No es posible separar la gracia de Dios de la muerte y resurrección de Jesucristo, de su Espíritu de Amor y de reconciliación.

Ahora bien, como sabemos, la comunión sacramental con el Señor no puede realizarse en la mentira de un corazón que lo niega, que permanece alejado de Él y vinculado al pecado. No podemos acceder a la comunión eucarística cuando está rota la amistad con el Señor por un pecado grave, hemos de reconciliarnos antes con Él a través de la confesión sacramental.

Las indulgencias, igualmente, sólo pueden ganarse como expresión de esta comunión; pues son participación en los méritos del Señor y de su Iglesia. Por ello exigen el arrepentimiento de los pecados, la confesión y la comunión sacramental, junto con la oración por las intenciones del Papa, que siempre expresan de alguna manera la voluntad del Señor de salvación del mundo.

Hemos, pues, de cuidar la celebración litúrgica de la Santa Misa, y favorecer y promover la participación dominical en ella. Y asimismo hemos de hacer posible y cuidar la celebración del sacramento de la penitencia en este Año de la fe, para la renovación de la vida de todos los fieles.

Recordemos, por tanto, en primer lugar, las disposiciones de la Iglesia universal a este respecto. Sigue siendo válido el antiguo precepto, que nos manda a todos confesar y comulgar al menos una vez al año; y sigue siendo verdadera la sabiduría de la Iglesia, que aconseja la confesión frecuente para avanzar por el camino de la santidad de vida.

Todos conocemos también la disciplina canónica por la que se rige la celebración de este sacramento (CIC, cc. 959-964). La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia del fiel que es consciente de estar en pecado grave. Sólo la imposibilidad física o moral excusa de esta confesión, en cuyo caso la reconciliación puede alcanzarse por otros medios.

La fórmula tercera prevista en el Ritual de la penitencia está pensada y sólo se justifica en casos de necesidad grave; no puede ser la forma ordinaria de celebración. En nuestra Diócesis, por otra parte, no se dan normalmente circunstancias que justifiquen el uso de esta tercera fórmula.

Es bueno recordar asimismo que costumbres celebrativas, por las que se hace posible que los fieles no lleguen nunca realmente a dar el paso personal de la confesión de los propios pecados, no son constructivas y deben desaparecer. Se trataría de una pedagogía sacramental contraria a las exigencias de una fe viva.

Por otra parte, conviene también insistir en nuestras celebraciones comunitarias con absolución individual en la necesidad de la confesión de los propios pecados graves. Pues sabemos que ocultar conscientemente tales pecados al confesor impediría su perdón al pedir la absolución2. Corresponde a los que son “maestros en la fe” recordar estas verdades, que pueden no ser conocidas ya claramente por algunos fieles, e invitar a todos a poner la propia vida en manos de Cristo, con la franqueza y la sencillez de quien no oculta nada ante quien sabe que lo ama y de quien espera todo bien.

Este Año de la fe es, pues, un tiempo favorable para que en nuestras parroquias y templos se cuide el sacramento de la confesión. Es una forma sencilla de promover la vivencia de la fe y la evangelización, que siempre es facilitada por el encuentro personal.

Aprovechemos por ello las diferentes posibilidades pastorales, desde las cotidianas y habituales en las parroquias a los momentos y celebraciones a las que acuden mayor número de personas.

Ofrezcamos la celebración de este sacramento, tan necesario a quien sufre, a los enfermos, y en las capillas de nuestros hospitales o de los centros penitenciarios.

Eduquemos a nuestros jóvenes en este misterio de perdón y de pureza de vida, también en las capillas de nuestros colegios católicos.

Cuidemos especialmente este sacramento en nuestros santuarios, desde los más grandes a los más pequeños, pues en todos buscan nuestros fieles el consuelo y la gracia que vienen de Dios, una experiencia de fe verdadera y el encuentro personal con el Señor.

5. Una fe católica, amparada por la Virgen María

En este Año de la fe celebraremos el vínculo de unidad por el que todos formamos un sólo Cuerpo en Cristo, más allá de las diferencias naturales entre los seres humanos y por encima de todas las fronteras.

Esta imprescindible universalidad de nuestra fe, que es católica, nos conforta y abre nuestro corazón a las verdaderas dimensiones de la obra de Cristo, de la salvación de Dios que llega a todo lo humano y al mundo entero.

No podríamos creer con plena certeza, si nuestra fe no fuese católica, si hubiese aspectos de la realidad en los que no nos ofreciera respuestas ni ayuda, o si no atravesase los siglos, si no fuese la misma fe predicada por Jesucristo y encomendada a los apóstoles y, en particular, a S. Pedro.

Por eso, en este año, responderemos a la sugerencia de nuestro Papa y haremos una peregrinación diocesana a la Sede de Pedro, para unirnos “a aquel que hoy está llamado a confirmar en la fe a los hermanos”3. Todos estamos invitados a participar, fieles laicos, miembros de la vida consagrada y ministros ordenados.

En este mismo sentido, en diversos lugares de nuestra Diócesis, simbólicos por su importancia en los orígenes o en la historia de nuestra vida cristiana, procuraremos hacer un día de celebración festiva que reúna a las parroquias de toda una zona. Nos encontraremos para reconocer, compartir y dar gracias por el tesoro de la propia fe, que ha constituido nuestra identidad desde muy antiguo y que se ha transmitido de generación en generación, dando forma a una historia muy particular en cada lugar, cargada de rostros y nombres queridos, de alegrías y dolores, de experiencia de misericordia y de amor fraterno, de oración personal y comunitaria, de devoción a la Virgen María y a los propios santos, de unidad y de esperanza en Dios ante la vida y ante la muerte. Somos cristianos en una historia, simbolizada sin duda en las parroquias de las que somos, con sus templos, sus capillas y sus tradiciones.

Encomendemos las tareas de este Año y, en particular, nuestra fe personal y la de nuestros seres queridos a la protección de la Santísima Virgen María. Ella es madre y maestra en la fe, y guarda en su corazón con afecto único los misterios todos de la salvación realizados por su Hijo. Como Santa María de Lugo, ampara y cuida desde siempre esta familia en la fe que peregrina en la diócesis de Lugo; ella es el orgullo de nuestro pueblo y, a la vez, vida, dulzura y esperanza nuestra.

Proponemos por ello que una reproducción suya, la Virgen de los Ojos Grandes, peregrine este Año en nuestra Diócesis, y sea acogida y honrada en sus parroquias y comunidades, grandes y pequeñas. En todas será el signo de nuestra fe, de nuestra historia como Pueblo de Dios en esta tierra y de la esperanza que anima nuestro caminar.

Que su presencia y la oración del santo Rosario, hecha a sus pies, sea signo cierto de la bendición de Dios sobre todos nosotros, que renueve la fe en este antiguo Pueblo cristiano, dé aliento a nuestras comunidades y parroquias, y nos conceda la gracia de poder contemplar en nuestras personas y en nuestros hermanos el florecer de una vida nueva, rica de bien y de amor, que pueda abrir caminos de esperanza para todos.

Con mi afecto y bendición,

+ Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo

1Cf. la parábola del publicano en el templo: Lc 17, 9-14

2 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1456

 

3Congregación para la doctrina de la fe, Nota con indicaciones pastorales para el año de la fe, I, 1