Las Cofradías, impulsoras y dinamizadoras de la fe

En la tradición de la Iglesia existe una gran pluralidad de cofradías, de realidades asociativas denominadas “hermandades”, “fraternidades”, definidas por diversas formas de promover la vida cristiana y la misión de la Iglesia.

Hoy día también existen diferentes cofradías en nuestras Diócesis, en honor de la Virgen María –son frecuentes las del Carmen– o de los Santos, cofradías sacramentales –en honor de la Santísima Eucaristía– o de Ánimas, etc.; aunque las más conocidas y las que gozan de mayor participación son sin duda las de Semana Santa o de Pasión, que incluyen a veces también ya alguna Cofradía de Resurrección.

La reflexión tomará como punto de partida estas “cofradías de Semana Santa”; aunque pueda aplicarse, mutatis mutandis, a otras hermandades y cofradías.

 

Introducción

Las Cofradías son “asociaciones públicas de fieles”, es decir una realidad eclesial, de naturaleza asociativa. Los miembros son, pues, fieles cristianos y, por tanto, mayoritariamente laicos. Su estructura jurídica es asociativa, no constituyendo en sí mismas una institución jerárquica, y se gobiernan por sus propios estatutos, que han de ser aprobados por la correspondiente autoridad eclesiástica1.

Comparten con todas las formas de asociación en la Iglesia la búsqueda de la perfección cristiana de sus miembros, así como la promoción y la participación en la vida y misión de la Iglesia. Cada asociación, e igualmente cada Cofradía, se define luego por algún aspecto de esta vida de la Iglesia, a cuyo cuidado o realización se siente especialmente llamada.

Toda asociación canónica surge, por supuesto, de la voluntad libre de sus miembros; pero implica también siempre una llamada, una particular gracia de Dios, que hace nacer en diferentes momentos históricos estas variadas formas de vida y comunión eclesial para bien de los fieles y de la misión de la Iglesia. Las iniciativas asociativas de los fieles –y las Cofradías– han de ser consideradas, por tanto, como una contribución importante para la realización del ser cristiano en cada momento, queridas por la Providencia divina.

Pues la vida de estas asociaciones es expresión de la naturaleza comunional misma de la Iglesia, y en concreto, de la dinámica de vida en el Espíritu propia de todos los fieles, aunque sus formas históricas sean siempre contingentes2.

De ello habla la misma palabra “cofradía”, que significa al final “fraternidad”, “hermandad”, y muestra así la novedad profunda de estas realidades asociativas, que no son expresión de las dinámicas sociales civiles, sino que implican, manifiestan y están al servicio de la peculiar realidad de fraternidad que es la Iglesia fundada por Cristo: “porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos”3.

Se corresponde pues con la naturaleza más íntima de las Cofradías el dejarse interpelar precisamente por la situación actual de la vida y de la misión de la Iglesia en nuestro mundo. Esto significa hoy, en concreto, acoger la enseñanza y las indicaciones de nuestro Papa Benedicto XVI en su convocatoria de un “Año de la fe”.

Benedicto XVI parte de una constatación sobre nuestra sociedad: no existe ya un tejido social hecho de valores cristianos, que hasta hace poco se daba por descontado. Es necesaria una “nueva evangelización” en nuestras tierras, porque la fe ha perdido fuerza en nuestras vidas e incluso resulta muchas veces desconocida en sus contenidos esenciales. Los fieles cristianos mismos tendemos a vivirla privadamente, sin la alegría y la audacia propias del creer en Jesucristo, sin mucha capacidad de comunicación4.

En esta situación histórica, participando de la marcha de la Iglesia en estos momentos, ¿qué pueden significar más específicamente las cofradías, qué pueden aportar?

Las Cofradías de Semana Santa o de Pasión, que tomamos aquí como analogado principal, han podido ser descritas a partir de tres factores: 1) son una asociación de fieles; 2) para contemplar la Pasión y Muerte de Cristo; 3) y participar públicamente en este misterio mediante algún gesto de penitencia pública, llevada a cabo durante la procesión o “estación de penitencia”5.

 

1. Las Cofradías son una asociación de fieles

Conviene considerar, en primer lugar, la significación de la dimensión asociativa como tal de las Cofradías para la vida de fe de los cofrades; pues el bien de sus miembros es siempre finalidad primera de toda asociación de fieles.

Los frutos de esta vida asociativa son de dos géneros: los derivados de asumir así el propio ser cristiano con un gesto personal y libre; y los provenientes del fin y de la actividad específica de la asociación, en este caso la devoción viva por el misterio de la Pasión redentora de Cristo.

Así pues, ser miembro de una Cofradía significa en primer lugar una forma concreta de participación en la vida de la Iglesia. Establece un vínculo que reafirma la propia relación con la Iglesia, y ello es en sí mismo un bien. Pues el ser cristiano no puede quedarse en lo abstracto, sino que necesita formas de realización, relaciones vividas, experimentables. Esto es de particular valor en el momento presente, en que la relación del fiel con la Iglesia como “pueblo de Dios” concreto y visible, como comunidad viva, no puede ya darse por descontada. De modo que la salvaguardia por las Cofradías de su identidad más propia, cristiana y eclesial, es ya un servicio primordial para la fe de sus miembros.

Esta dimensión eclesial primera de las Cofradías se ha expresado también en su preocupación por la vida espiritual, e incluso temporal, de sus cofrades. Esto ha significado, por ejemplo, el interés en que los participantes en las “estaciones de penitencia” se confiesen y comulguen, en la visita a los hermanos enfermos, en que reciban los últimos sacramentos, con frecuencia en la existencia de sufragios por los miembros difuntos; e incluso en el auxilio en especiales necesidades de naturaleza más temporal. Esta dimensión de caridad y solidaridad, de atención a los necesitados, ha podido tener gran importancia en la historia de algunas hermandades6.

Al mismo tiempo es verdad, sin embargo, que las Cofradías no se identifican con el todo de la Iglesia ni de la vida cristiana de los fieles.

Esto se hace evidente por lo específico de su devoción que, aunque quiera introducir a lo esencial de la figura de Cristo, no abarca todo el misterio de la fe. Por ello, el cofrade –y las Hermandades– en la misma medida en que cumple su fin propio, es introducido a la plenitud de la vida de la Iglesia, a sentirse parte viva del único Pueblo de Dios, fundado por Cristo el Señor.

Las dimensiones fundamentales de la vida del cristiano serán, pues, también propias de todo cofrade. Todos estamos llamados a crecer en la fe, a conocer y comprender mejor sus afirmaciones e implicaciones; a vivir de la gracia de los sacramentos, desde el bautismo a la confesión y a la Eucaristía, desde el matrimonio a la unción de enfermos; y, por tanto, a vivir y caminar en la comunión de la Iglesia, unidos a sus pastores legítimos, participando de su dinamismo más propio que es la caridad.

La Cofradía no será el lugar en que todos estos elementos, y otros más, hayan de ser vividos por el fiel; lo es la Iglesia, universal y particular, las Diócesis y las parroquias7. Pero toda “Hermandad”, porque ayuda a insertarse conscientemente en el Pueblo de Dios, será una invitación permanente a participar personalmente de la vida eclesial en plenitud.

Por ello, las Cofradías están llamadas a guardar conciencia clara de su identidad creyente y eclesial, y a permanecer y amar la comunión de la Iglesia; y los pastores de la Iglesia, comunidades parroquiales y diocesanas, están llamados a apreciar, acoger y promover estas formas particulares de vida asociativa como instrumentos providenciales para facilitar la experiencia de la fe en unas circunstancias concretas.

El esfuerzo por guardar sana esta relación, en las dificultades de cada día, puede servir para evitar errores, corregir defectos y preservar siempre la prioridad de lo esencial, tanto en los Cofrades como en las relaciones del pastor con los propios fieles.

Pero las Cofradías hacen también una aportación específica a la vida y la comunicación de la fe, cada una según su propia peculiaridad.

 

2. Contemplar la Pasión y Muerte de Cristo

Las Cofradías de Semana Santa, que nos sirven aquí de paradigma, brotan de un especial sentido de la fe del pueblo cristiano, que mira con devoción grande el misterio de la redención cumplido por nuestro Señor en la Cruz.

Son realidades del segundo milenio, enraizadas en la Edad Media y desarrolladas sobre todo a partir del siglo XVI. Tienen en común con la fe de los primeros siglos la defensa de la figura de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; pero responden a las preguntas modernas, agudas tras la Reforma del siglo XVI: ¿dónde encuentro a un Dios misericordioso? ¿quién es Jesucristo para mí? ¿cuál es su victoria sobre el mal?

La sensibilidad por la Encarnación, manifestada en la contemplación de todos los aspectos del camino que hace humanamente el Señor Jesús por nuestra redención, está en el centro de la fe cofrade. En los padecimientos, en la paciencia infinita, en los sacrificios cumplidos por nosotros hasta el final, ven los fieles la grandeza incalculable del amor de Cristo por nosotros, comprensible, visible y conmovedora –sobre todo para quien se sabe parte del mundo pecador y causa de sufrimientos.

Es propio de las Cofradías el orgullo por este gesto de amor y de entrega del Señor, que se contempla en los pasos y que nos honra para siempre.

Ver y sentir de nuevo el drama de la pasión y de nuestra salvación en sus manifestaciones principales, percibidas en toda la densidad de la experiencia humana –de dolor y de amor inmenso– del Hijo de Dios, es una verdadera salvaguarda de la fe del fiel cofrade.

Las argumentaciones abstractas, las reducciones del cristianismo a mera doctrina o a una suma de deberes morales, palidecen ante la percepción de la experiencia de la cruz, que Jesucristo nos salva sufriendo por nosotros, ofreciendo a los hombres el perdón de sus injusticias, mentiras y dureza de corazón.

Esta es quizá la aportación más específica e importante que hacen también hoy las Cofradías: guardar viva en el centro de la devoción y de la fe la figura histórica de Jesucristo, su humanidad, el significado de su misión, el contraste inmenso con un mundo que lo condenó a muerte, con el desamor y el pecado que fue y sigue siendo causa de este drama redentor.

La fe adquiere así un realismo extraordinario, tanto en referencia al Dios en quien creemos, al que confesamos hecho hombre y Salvador; como con respecto al mundo y al hombre, al fiel cristiano, que se reconoce pecador, llamado al cambio, a la penitencia y al amor verdadero, es decir a la conversión.

En nuestra época es especialmente relevante seguir afirmando la fe en Jesucristo, es decir, percibiendo el significado de su humanidad, en la que Dios se revela y nos salva. Pues existen multitud de presentaciones de su figura que, con la excusa del conocimiento histórico, interpretan a Jesús al final como un hombre más en la historia del mundo. El Concilio Vaticano II respondió ya a estas formas modernas de pensamiento –desarrolladas sobre todo al hilo del racionalismo y de filosofías e ideologías de los siglos XIX y XX–, mostrando cómo en Jesús tiene lugar la comunicación de sí definitiva que Dios hace a los hombres, manifestada sobre todo en la obra de la Pasión8. No obstante, la lucha por la comprensión de la persona histórica de Jesús sigue muy viva en nuestra sociedad, ya no sólo en los debates científicos, sino también con los grandes medios actuales de comunicación.

En este contexto, se comprende la actualidad plena de la vocación cofrade y el servicio que puede prestar a la salvaguardia y a la comunicación de la fe en Jesucristo. Este es, por otra parte, el camino adecuado para poder conservar la fe en Dios, tan puesta en cuestión y tan expulsada de la vida en nuestro tiempo. Hoy día, en efecto, es convicción de muchos que Dios no existe y, en todo caso, que no cambiaría nada la vida.

Comprender el amor de Dios es posible contemplando al Crucificado y Resucitado. Y ello hace posible creer verdaderamente en Dios, sabiendo que no cuestiona, sino que crea y defiende la libertad de cada uno, llamándonos a la tarea de la vida, a la dignidad del amor. La fe en Cristo, propia de una Cofradía auténtica, enseña al mismo tiempo, cuál es la dureza del pecado, la frialdad del desamor en el hombre, la tendencia hacia la muerte, que han de ser vencidas para que la vida cambie, para que el hombre, su corazón y su alma, se salven. El hermano cofrade sabe muy bien y testimonia con su presencia pública que la fe en Dios, que nos ha amado así, ilumina y cambia la vida profundamente.

Este es, pues, el testimonio de fe que las Cofradías dan en la actualidad, el que deben cuidar por encima de todo, su contribución más específica: la fe y el amor verdadero por Aquel a quien llevan en su paso. Y así encontrarán las Cofradías la razón permanente de su vida y de su unidad.

Guardar esta fe, esta devoción y este amor, es tarea primera de la Cofradía. Ello implicará hoy día saber discernir y rechazar aquellas presentaciones de Jesús que no hacen justicia a lo que las cofradías veneran: que no lo reconocen como Hijo de Dios, que no valoran su humanidad adecuadamente, el tesoro de sus padecimientos, de su entrega y de su amor, con el que nos redimió y nos redime también hoy, pues tiene valor eterno, como atestiguó el Padre resucitándolo de entre los muertos.

Guardar esta fe viva en medio del Pueblo de Dios, no permitiendo que nada la aleje de estas dimensiones esenciales de nuestro Credo, es una gran contribución que pueden hacer hoy las Cofradías.

 

3. Dimensión penitencial

Como ha sucedido desde el inicio de la Iglesia, muchos pretenden también hoy interpretar a Jesucristo de modo ajeno al Evangelio, aún conservando a veces las formas de hablar cristianas.

Pues, sin duda, la historia de la pasión, la condena, los padecimientos y la muerte en cruz de Jesús, han desvelado para siempre la indiferencia, la dureza de corazón, el pecado de los hombres, el rechazo del mundo. Relativizar la figura de Jesús sirve para adormecer también la propia conciencia, para ocultar de nuevo y olvidar cuáles son las actitudes profundas de nuestro mundo, y las nuestras propias.

Por eso, las Cofradías tienen una dimensión penitencial intrínseca. Es decir, ayudan al cofrade a reconocer qué precio ha pagado por nosotros el amor del Señor y, así, a reconocer y quebrar la propia dureza de corazón, a aceptar aquella penitencia con la que pedir la conversión, la gracia y el favor de Dios, que nos viene del Crucificado.

La “estación de penitencia” es, pues, una llamada a la conversión, que hace el cofrade con la propia persona y que los demás pueden percibir. Hemos de vivir así los actos centrales de cada cofradía, sus procesiones; y aceptar, por tanto, los trabajos y sacrificios que implican, físicos, pero también espirituales. Pues la preparación íntima es lo que da sentido al trabajo externo, es decir la meditación del misterio que se proclama, la oración, el sacramento de la reconciliación, etc.

Esta dimensión de la Cofradía es también particularmente importante en el mundo de hoy, que está muy necesitado de Dios –aunque no lo reconozca–, y que está al mismo tiempo muy necesitado de cambios profundos, de conversión –lo que sí reconoce, aunque muchas veces no sepa cómo hacerlo.

Por eso, ser miembro de la Cofradía lleva intrínseca una seriedad de la persona, que comprende que la propia vida, y el mundo todo, necesita la renovación de conciencias y corazones, que nada puede sustituir la responsabilidad y la capacidad de acción y sacrificio de las personas, y que estas decisiones se toman en lo íntimo de la libertad, ante Dios, y son hechas posibles por el amor y la gracia de Cristo.

De la necesidad del cambio y de la conversión, de la posibilidad de renovar la vida gracias al Redentor, hablan las Cofradías; y al mismo tiempo, de lo insustituible que Dios ha querido que sea nuestra libertad, nuestra presencia en el mundo como hombres y mujeres de corazón firme, asentado en la roca del Evangelio.

El testimonio de la penitencia –la procesión u otro gesto– está llamado, pues, a convertirse en testimonio de vida renovada. Esta vida es la obra de una conciencia purificada en el perdón del Señor y que se guía ya por su Palabra; es obra que se manifiesta como justicia y fraternidad, y que se hace perceptible especialmente como caridad.

Será propio de la Cofradía, por tanto, ser espacio de reflexión, de meditación y formación, que ayude a vivir las dimensiones del ser cofrade de modo consciente y libre. Será propia la fraternidad de los miembros y la permanencia en la vida de la Iglesia. Y será propia la caridad, en que se expresa tanto la fe como la conversión, el cambio y la penitencia.

La caridad alentará todas las relaciones, permitiendo salvaguardar siempre la justicia y responder a las necesidades verdaderas del prójimo.

La caridad es, en realidad, el verdadero desafío de la vida, al que nuestro Señor nos hace posible responder. Y es el signo más visible de la verdad de nuestra fe, de nuestra penitencia, del cambio acontecido en el corazón.

 

4. El testimonio público

Las Cofradías representan, en fin, una forma de presencia pública de la Iglesia, un testimonio de la fe en medio de nuestras calles, dado en un modo creíble también en nuestro mundo de hoy.

Se han hecho muchas objeciones a este testimonio, quizá también porque contradice una cierta mentalidad dominante, para la que la fe cristiana debe reducirse a lo privado, no salir de las sacristías. Porque contradiría lo propio de una sociedad adulta, regida por la sola razón.

Así se ha hecho escándalo de la falta de coherencia en la vida de los cofrades. Aunque no sea cierto que su incoherencia sea una negación de la fe de las personas, la credibilidad y la fuerza del testimonio de las Cofradías, el significado profundo de su existencia y de su presencia en las calles queda muy debilitado cuando es contradicho luego por la vida cotidiana. La pertenencia a una Cofradía es siempre una llamada y debe ser, al mismo tiempo, una ayuda a cada hermano para que sepa conformar su vida con lo que profesa.

Se ha pretendido igualmente acallar la propuesta que las Cofradías hacen con su presencia pública, reduciéndolas a expresión puramente “cultural”, en el fondo a su riqueza artística y folklórica –haciendo espectáculo incluso de la devoción–, a su importancia para el atractivo y la promoción de las ciudades.

Y, en la medida en que aúnan a mucha gente y despiertan muchos sentimientos, se ha pretendido a veces también utilizarlas para intereses ajenos, de promoción pública e incluso directamente política.

En todo ello, se subraya algún aspecto real, pero silenciando el significado profundo que da sentido a todos, y que habla del Señor, a quien se procesiona, de la fe, la conversión y la penitencia, de la Iglesia9.

Cuando, en realidad, las Cofradías son ante todo la expresión libre de un pueblo, que cree sencillamente, pero con pasión, y que manifiesta con franqueza, sin miedo y con naturalidad sus creencias. En este sentido, como expresión del ser “pueblo” de la Iglesia, son una realidad profundamente democrática, correspondiente con nuestra sociedad libre y nuestro Estado aconfesional. Porque son manifestación de una concreta identidad personal y social, que forma parte de nuestra sociedad. La cultura, la tradición, la piedad popular, aparecen así, del modo más verdadero, como expresión de la vida de un pueblo, que es parte constitutiva de nuestra sociedad y resulta esencial para entenderla.

El testimonio público dado por las Cofradías es, pues, totalmente legítimo, e incluso saludable para una verdadera vida democrática.

Y es muy importante para la fe y la Iglesia. Pues la procesión, sus pasos y sus cofrades, anuncian de modo visible, sensible y claro a nuestro Señor Jesucristo y su obra de salvación. No imponen nada, pero proponen y hacen posible a todos contemplar la figura del Señor, el drama de la redención y, al mismo tiempo, la realidad presente de un pueblo que cree en Él.

Poder encontrarse con un pueblo que vive hoy cristianamente, cierto de su fe y que desea proponerla a todos, es sin duda fundamental para toda obra de evangelización. Por ello, las Cofradías, vividas auténticamente, cuidando los pasos y los gestos en todo su significado, están llamadas a ser instrumento importante de la nueva evangelización, precisamente como realidad de pueblo y como manifestación de su fe esencial en el Señor.

Pues las Cofradías, al final, quieren honrar al Señor, al que denominan de mil maneras, llenas de sensibilidad y de afecto, cuyas imágenes llevan en el corazón y quieren poner ante los ojos de todos.

El cuidado de los pasos y de las imágenes forma parte también de las tareas que cumplen las diferentes Hermandades. No sólo porque tienen un valor cultural muy grande, sino también porque son el fruto de una profunda vida de fe, que las ha hecho surgir y que sigue dando sentido a su cuidado y a su procesionar.

También en las imágenes se ha de evitar la reducción a puro objeto de patrimonio histórico artístico, o, peor, a mero espectáculo; porque el pueblo que las ha querido y les ha dado su sentido más hondo, sigue presente y sigue haciendo de los pasos y de sus procesiones un lugar extraordinario de vida, de fraternidad y de fe cristiana.

Y éste es un testimonio que necesitamos todos hoy más que nunca, creyentes y no creyentes, para mantener despierta y firme la esperanza.

+ Alfonso Carrasco Rouco

 Obispo de Lugo