La alegría de la fe

Preguntarse por la alegría de la fe podría parecer una cuestión periférica, que dirigiría nuestro interés a un tema secundario, interesante para quien hubiese resuelto ya cuestiones previas y más esenciales. Más aún, podría temerse también que se favoreciera así una comprensión puramente subjetiva del fenómeno de la fe, que la reduciría a algo perteneciente al ámbito de los sentimientos privados y no al de una razón adulta y capaz de diálogo.

Pero, a pesar de tales riesgos, este planteamiento tiene la ventaja de situar la reflexión en una perspectiva estrictamente personal, y ello puede conducir al corazón mismo de la realidad del creer cristiano.

Pues, aunque sea posible hacer partícipe a otro de las causas de la propia alegría, e incluso contagiarla en alguna medida, ésta ha de ser experimentada siempre por uno mismo. De modo que, aun cuando la alegría no constituya por sí misma la esencia del acto de fe, plantear así la pregunta dirige la mirada a su resonancia propiamente humana y puede abrir caminos de diálogo y de comprensión.

 

1. La alegría surge por la presencia del bien deseado

Siguiendo la enseñanza de la teología clásica, podemos recordar en primer lugar que alguien se deleita o se alegra cuando alcanza un bien que le es conveniente, sea que lo tenga de hecho, en esperanza o incluso en la memoria. Por consiguiente, pueden darse diversas alegrías y satisfacciones en la vida, aunque sean parciales o imperfectas. En el caso de la felicidad plena la alegría no sería tampoco propiamente su esencia, sino consecuencia intrínseca de haber alcanzado el bien que conviene perfectamente a la persona.

La alegría surge, pues, por la presencia del bien deseado, en el que la voluntad descansa y se deleita. Es como el despliegue de la felicidad, la cual no se da sin que el corazón pueda reposar plenamente en el bien que lo colma de verdad. En otros términos, la alegría –y la paz– llena el corazón como consecuencia de su descansar en el amado.

Pero, ¿qué ama el yo? ¿qué ama el corazón, la voluntad? Siempre aquello que es un bien para él. Es decir, como en el caso de todos los seres, algo que le es connatural, proporcionado, correspondiente, en lo que se complace.

La cuestión de la “alegría de la fe” nos conduce así a una primera constatación fundamental. No podemos dar paso alguno ni en la fe ni en la reflexión sobre ella, si olvidamos que el bien que nos aporta, del que nos habla, es necesariamente algo conveniente para mí, algo proporcionado, correspondiente, adecuado a mi persona.

Por tanto, la realidad primera que hará posible el creer y su alegría es la propia persona singular e individual, y concretamente las exigencias más íntimas de su corazón; es decir, la búsqueda del bien que me conviene, que responde a mi propio ser.

Y ésta es, sin embargo, la realidad más olvidada, más postergada: el propio yo. Todo parece más urgente, todo más serio y objetivo, todo más prioritario que la propia persona, que la espera del bien que se corresponde con uno mismo. En la actualidad muchos consideran explícitamente que es inapropiado dar esta centralidad al ser humano, que no tiene sentido buscar una particular respuesta a su existencia; ya que, en realidad, el hombre no sería más que una parte del gran mecanismo del universo, y debería contentarse con los bienes que encuentra en su entorno natural y social.

Pero esto significa asumir que la insatisfacción se instale definitivamente en el centro del propio corazón y, al mismo tiempo, aceptar la intrascendencia del ser humano, de cada uno y de uno mismo.

Por este camino es imposible la fe, pero también vivir con libertad y sentido en este mundo, con conciencia propia. Al final, quedaría “hacer lo correcto”, lo que se corresponde aparentemente al buen funcionamiento de las estructuras sociales, según se propone en los pactos y consensos de cada momento.

Aunque, por supuesto, la insatisfacción así nunca desaparece y se manifiesta en formas diversas, desde los jóvenes a los mayores. Se da como un malestar, un fastidio de fondo con un mundo y una sociedad que, por un lado, son indiscutibles y necesarios, pero, por otro, parecen también ajenos y como insuficientes.

Esta experiencia fue bien descrita ya en los inicios de la época moderna, cuando el progreso de las ciencias y las técnicas parecían prometer un dominio pleno sobre el universo, por un genial matemático y pensador del siglo XVII, Blaise Pascal:

“Cuando considero lo poco que dura mi vida, absorbida por la eternidad precedente y siguiente, el poco espacio que ocupo y el poco que veo, yo, perdido en la inmensidad infinita de un espacio que ignoro y que no me conoce, me espanto, y me extraño de verme aquí en vez de ahí, porque no hay motivo ninguno…” “El silencio eterno de los espacios infinitos me espanta”4.

El universo no me responde personalmente, en su inmensidad no me conoce. Pero yo estoy aquí y aquello que da razón de mi presencia tiene que existir. Salvo que el hombre fuese un ser absurdo, dotado por la naturaleza con exigencias imposibles, movido en lo más propio y lo más íntimo, en lo más personal de su ser, por una espera y un deseo sin sentido.

Hoy día se tiende incluso a aceptar esto. El hombre habría de ser silenciado, censurado en lo más propio suyo; porque, de lo contrario, su pretensión singular lo haría dañino para el resto de la naturaleza. Debería reconocer que es sencillamente otra especie más en el camino de la evolución.

Es la propuesta de un hombre como domesticado, en el que no habría que educar y fortalecer lo más personal, sino procurar que adecuase su identidad, el deseo de su corazón, a los bienes que le ofrece la sociedad. La espera de aquello que me conviene a mí, de mi felicidad, quedaría fuera de la vida real, relegada a la esfera de los gustos y sensibilidades subjetivas, al tiempo de los hobbies o las escapatorias.

Vemos, pues, cómo la pregunta por la alegría de la fe es decisiva, casi revolucionaria. ¿No estamos hechos para la alegría? ¿Hemos de aceptar una presunta comprensión de las cosas en la que la persona no tiene un lugar? ¿Por qué es razonable una manera de pensar que no puede comprender, sino que excluye un fenómeno tan enorme y tan relevante en el universo como es el yo, la persona concreta? ¿No es evidente la urgencia de lo verdaderamente humano en el uso de las riquezas, de los poderes o de las armas, en la lucha contra la injusticia? ¿Por qué canonizar una razonabilidad en la que no hay sitio precisamente para lo más personal?

 

2. La alegría nace gracias al don de una amistad

De alguna manera, estas mismas preguntas acompañan a los hombres desde siempre, aunque expresadas en otros contextos culturales.

Ya la filosofía clásica, y el mismo Aristóteles, preguntaba: ¿por qué todos los seres de este mundo pueden alcanzar su fin –su “telos”– menos el hombre? Y hasta hoy sigue observándose que –parafraseando a Dostoyevski– “la abeja conoce la fórmula de su colmena, la hormiga conoce la fórmula de su hormiguero, pero el hombre no conoce su fórmula”. Por tanto, ¿ha sido la madre naturaleza una madrastra para el ser humano, dejándolo sin los medios y la capacidad de alcanzar su fin?

Históricamente nuestra cultura ha respondido que no, que existe esperanza. El hombre no es un intento fallido de la naturaleza, destinado a no colmar nunca la pasión que lo mueve, a no alcanzar la felicidad y la alegría.

La naturaleza humana es buena, no tiene que ser negada. Si no le ha dado al hombre fuerzas y capacidades por las que pueda lograr por sí mismo plena satisfacción, ser perfecto en su ser, es debido a que eso era imposible; porque la persona, su inteligencia y su voluntad, no alcanza la felicidad, no descansa más que en el bien y la verdad plena y total, infinita. Pero la naturaleza le ha dado al hombre, observa santo Tomás, “el libre arbitrio, con el que puede volverse hacia Dios, que lo hará feliz. Pues lo que podemos hacer por medio de amigos, de alguna manera lo podemos nosotros mismos”5.

Esta será la forma propia de la fe y la que haga posible la alegría: la amistad, que Dios introduce en el mundo, plenamente realizada en Jesús, su Hijo, nuestro Señor.

Este es un camino respetuoso y adecuado a la naturaleza humana. Pues del amigo podríamos recibir el bien que necesitamos, sin sentir por ello ninguna humillación de nuestra dignidad. Al contrario, en la amistad encontramos descanso, quietud y gozo; y el bien del amigo aumenta incluso nuestra alegría.

En este mismo sentido había hablado ya Agustín, tras una larga búsqueda personal. Preguntándose en una predicación en qué podía consistir la felicidad, responde, atento a las opiniones mayoritarias de la sociedad de su época: Unos dicen que en la perfección y el equilibrio de las fuerzas del alma, en la virtud del alma, y son los estoicos; y otros que en las del cuerpo, en el placer del cuerpo, y son los epicúreos. Y, aunque no somos más que alma y cuerpo, vemos que la vida feliz no se alcanza ni por un camino ni por el otro. ¿Qué decimos nosotros? Que la felicidad es un don, un don de Dios.8

Nuestro tesoro, nuestro recurso principal es, pues, en primer lugar un corazón inquieto, insatisfecho; lo que significará no aceptar nunca en nombre del realismo que la felicidad es imposible. No se puede menospreciar nunca este “corazón” de la persona, aunque parezca plantear sólo exigencias, necesidades, como un mendigo incómodo o quizá incluso abandonado y miserable. El camino de la “alegría de la fe” pasa por valorar radicalmente, apreciar y amar a la persona –en primer lugar a la propia–, a su libertad y a su destino. Este es también el principio de todo acompañamiento real, incluido el ámbito educativo.

Y nuestro tesoro es, en segundo lugar, precisamente que estamos a la espera de una amistad, de un don; que la libertad nos hace capaces de relación. Por consiguiente, no estamos obligados a concebirnos y a vivir en el aislamiento; no tenemos por ideal la autarquía, ni por meta la soledad. Sin embargo, el individualismo determina muchas de las concepciones del hombre dominantes hoy, diciendo, por ejemplo, que el hombre es un lobo para el hombre, que la libertad se identifica con la autosuficiencia y la ausencia de vínculos, o que no existen derechos y dignidad, justicia y responsabilidades más que como consecuencia de pactos, consensos. Pero una posición semejante impediría radicalmente la satisfacción verdadera de la persona; genera maneras de creer y de vivir que no pueden producir la alegría.

Nuestra fe es el reconocimiento de una presencia buena, el encuentro y la acogida de una amistad radical, ofrecida por Dios en su Hijo hecho hombre. Es una propuesta que se hizo plenamente convincente al aceptar Jesús morir por nosotros y plenamente conveniente al ofrecernos el bien de la vida feliz definitiva, manifiesta en la resurrección de los muertos.

Sin la figura de Jesucristo, del Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, no hay fe cristiana. No sabríamos creer en Dios Padre, no encontraríamos camino para alcanzar el bien de la vida perfecta y plena. No sabríamos cómo salvar nuestra naturaleza, la bondad radical de nuestro existir.

La fe, por consiguiente, no se dirige sólo a conceptos ni se refiere simplemente a una determinada teoría sobre lo divino. No puede identificarse tampoco con la simple creencia religiosa en un Dios lejano, de cuya existencia se sabe y quizá se teme. Pues el hombre puede dirigirse a Dios guiado por la propia razón, pero su relación con Él es diversa cuando es atraído por su Presencia que le sale al encuentro9. Es entonces cuando despierta el propio corazón adormecido y sus expectativas más hondas, naciendo la esperanza y la alegría misma, síntoma excelente de haber alcanzado de alguna manera el bien deseado.

La fe cristiana presupone un encuentro personal con Dios y, por tanto, subraya el protagonismo del “yo”, de su espera e inquietudes, de su búsqueda razonable y libre. Por eso, el reconocimiento de la fe no excluye, sino que incluye a la razón, junto con el gesto del libre arbitrio, de la libertad, que se vuelve hacia –o en contra– del que se hace presente en nuestro camino y ante nuestros ojos. De hecho, no se daría gozo, humanamente hablando, que no tuviese relación con la propia razón, con la inteligencia de la realidad.

Así pues, la alegría de la fe es siempre el fruto de una historia, en la que se se da un momento de sorpresa ante una presencia nueva, un “reconocimiento” libre y una acogida –que podría siempre también haber sido negada.

En efecto, sería irreal pretender que la persona singular, con sus expectativas y exigencias, es el punto mismo de partida de la alegría del creer, si no se afirma también radicalmente el camino de su razón y de su libertad, su historia concreta. Por otra parte, tampoco sería posible poner de manifiesto de otro modo la compañía buena del Señor a la vida de una persona.

 

3. La alegría en la experiencia de la fe

La alegría de la fe no es algo que uno puede darse a sí mismo, caso en el cual el hombre, en realidad, pondría su esperanza y creería simplemente en sí mismo.

Es decir, la alegría creyente no es nunca el fruto del mero desplegarse de lo que cada uno es ya, de la propia conciencia, de las propias facultades o energías naturales –quizá aún no descubiertas. No brota como el gozo de llegar a determinadas ideas o de tener sentimientos religiosos especiales, sino por un don real, un acontecimiento histórico, obrado por la presencia de otro -de Dios. Si uno, en su creer, no hiciese más que “subir y bajar las escaleras del propio corazón” (Gertrud von Le Fort), siguiendo los vaivenes del propio ánimo, no se daría la alegría de la fe.

Esta alegría implica reconocer la intervención, la visita de Dios al mundo, su venir al encuentro del hombre. Este es el testimonio de toda la Sagrada Escritura, es el anuncio constante del Evangelio, que la Iglesia celebra a lo largo de todo el año, en la Navidad y en la Pascua. Por supuesto, este anuncio no sería creíble si los acontecimientos no hubieran sucedido y la historia fuese falsa, si Jesús no fuese como han enseñado los apóstoles. Y no sería creíble tampoco el anuncio si no fuera razonable, si nuestra razón no pudiese entrever una lógica verdadera o descubriese en él contradicciones insalvables.

Pero, por otra parte, aunque se pudiera aceptar la fiabilidad del anuncio apostólico, ello no llegaría tampoco a convertirse en fe vivida y alegre, si no se hiciese también experiencia personal, si no tuviera que ver con la propia historia particular. No bastaría con saber que otros han tenido una vivencia magnífica, si no pudiese uno reconocer en su vida algo más que la presencia de ideas y recuerdos, si, una vez más, se quedase la persona sola con la propia conciencia.

Sin embargo, una afirmación semejante puede producir una cierta inquietud o desasosiego, precisamente por la importancia que da a la propia persona, desproporcionada a la percepción cotidiana de la propia vida. ¿Tiene sentido pensar que yo, concretamente, he sido querido, escogido, buscado por Dios? Y cabe incluso un cierto escándalo, porque ¿no somos todos iguales?; más aún, ¿no son otros mejores que yo? Hablar de historias singulares, ¿no es una excentricidad?

La razón, por sí misma, no tendría los medios para responder a estas objeciones; en primer lugar, porque se mueve en términos universales, que no se refieren al individuo concreto en cuanto tal; y, en segundo lugar, porque el análisis racional percibe con claridad precisamente la contingencia, la no necesidad de su presencia en el mundo, aunque observe igualmente su voluntad o su deseo de “permanecer en el ser”. De modo que una pura lógica argumental no llega a disipar estas dudas elementales.

La respuesta adecuada sólo podría aparecer a partir de la experiencia histórica de este “don”, de esta amistad que da valor incalculable a la vida, que hace posible a la libertad acceder al bien pleno –infinito– en que pueda descansar.

Encontramos una buena descripción de esta experiencia en una famosa obra literaria, que puede servir para introducirnos a la comprensión de su realidad y de su significado.

“El principito se fue a ver las rosas otra vez.

– No os parecéis en absoluto a mi rosa, no sois nada todavía, les dijo. Nadie os ha domesticado y vosotras no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro parecido a otros cien mil. Pero yo lo hice amigo mío y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas.

– Sois bellas, les dijo, pero estáis vacías. No se puede morir por vosotras. Por supuesto, alguien que pasara por allí creería que mi rosa es parecida a vosotras. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, porque es a ella a quien yo he regado; es a ella a quien puse en un fanal; es a ella a quien abrigué con el biombo; es a ella a quien maté las orugas (menos dos o tres para que fuesen mariposas). Porque es a ella a quien escuché quejarse, o presumir, o incluso alguna vez callarse. Porque es mi rosa”.

De una forma u otra, según la variedad inmensa de recorridos vitales de cada uno, la fe presupone una experiencia semejante a la descrita aquí, la de una presencia grande que cuida de la propia existencia sencillamente por amor. La percepción de este cuidado amoroso, que convierte la propia vida en algo único en el mundo, es el inicio de la paz y del gozo. Es una alegría “que nadie te podrá quitar”, porque su fundamento, que da razón del valor definitivo de la propia existencia, no está en los propios méritos o capacidades, sino en la mirada y el amor de Otro, del Señor.

Pero si en toda experiencia verdaderamente humana es parte esencial la inteligencia de lo sucedido, ésta en concreto no puede tener lugar sin el conocimiento, al menos inicial, de Aquel por quien se es amado. Pues como los hechos necesitan de las palabras19, el amor necesita conciencia y nombres de personas. Por ello, para la experiencia de la fe resultan imprescindibles las palabras de Aquel que interviene y obra demostrando una amistad radical, recogidas en los Evangelios; y luego –y muchas veces las primeras en el orden del conocimiento– las de todos aquellos que pueden testimoniar de modo auténtico una vivencia semejante.

Así, por ejemplo, dirá Pablo: mi vida de ahora la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. Y en sus cartas no se cansará de insistir y comentar este hecho; por ejemplo: “ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien, Dios nos demostró su amor en que siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”.

De este amor sorprendente, pero real, dan testimonio todos los escritos apostólicos; que llegarán a resumir en muy breves palabras esta experiencia esencial: Dios es amor, hemos creído en el amor de Dios, y éste es el origen de nuestra vida cristiana .

Sin embargo, la experiencia así indicada no sería suficiente para la fe, si no siguiese sucediendo en la historia, de modo que sea verdad también hoy que “la luz de la fe está vinculada al relato concreto de la vida”.

De ahí la importancia del testimonio del creyente, del fiel cristiano, que evidentemente sólo podrá ser dado en primera persona. Lo cual, por otra parte, es lo único interesante, la existencia de un don desproporcionado –gratuito– que haga posible en la actualidad vivir un camino de plenitud, que haga posible la felicidad.

La alegría del creer resulta, pues, imprescindible; no es posible comunicar razonablemente la fe sin ella. Porque no se trata de proponer un sistema conceptual más convincente, ni una mejor comprensión de la realidad –por ejemplo, más “científica”–; esto no bastaría para colmar las exigencias profundas de nadie, pues el universo entero, aunque estuviese conocido y dominado, seguiría sin ofrecer respuesta alguna a las preguntas elementales del yo. Se anuncia, en cambio, la venida a nuestro encuentro del Hijo de Dios, la realidad de un don, de una amistad capaz de acompañar toda la vida, de ir hasta la muerte y de vencerla. Ante la gracia de este amor inmenso se ilumina lo que da razón de mi existir y, en realidad, del existir de todas las cosas, del universo. Y así se hace posible la fe, que “reconoce el amor de Dios manifestado en Jesús como el fundamento sobre el que se asienta la realidad y su destino último”.

A esta fe le es propia la paz y la alegría, como insistía en decir Pablo: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe …”. “Pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios”.

El testimonio de quien goza de esta fe, la paz y las certezas del corazón de quien se confiesa ya cristiano, es la novedad imprescindible, la necesidad primera y perenne de todos y de cada uno en la historia.

Pero el hecho de esta alegría presente pide sin duda inteligencia, suscita la voluntad de comprender su causa, el bien que la hace posible y que no se identifica, por supuesto, con la presencia contingente del creyente que la experimenta.

Este bien, tal como ha sido descrito, es el de una amistad, el de un amor gratuito, que sólo puede ser percibido como sin razón suficiente ni proporción y que, sin embargo, es más radical en su entrega y más sabio en su locura que todo poder o cálculo de sabiduría humana.

De las muchas formas de hablar de este amor en los Evangelios, presentado como un “lavarnos los pies”, un “servicio” por parte del Maestro y Señor, recordemos aquí una imagen, la parábola de la gran cena.

“Jesús le contestó: Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados: ‘Venid, que ya está preparado?. Pero todos a una empezaron a excusarse … El criado volvió a contárselo a su señor. Entonces el dueño de casa, indignado, dijo a su criado: ‘Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’…”.

Ser cristiano es estar invitado a este gran banquete, ya desde ahora en la Eucaristía, y por tanto reconocerse en estos pobres, lisiados, ciegos y cojos, que reciben una gracia inmensa, no debida en modo alguno. La alegría y la paz del corazón muestran entonces su único fundamento posible: un amor y una entrega cuya total gratuidad y desproporción se descubren tanto más cuanto más se conocen. De modo que todo creyente puede hacer propias las mismas palabras en que María expresaba su fe: “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la pequeñez de su esclava”.

Así pues, el testimonio primero de la alegría de la fe dejaría de ser creíble, no podría ser verdadero, si no fuese al mismo tiempo testimonio de la presencia de este amor, no sólo radicalmente gratuito, sino deseoso de salir a las calles a buscar al pobre, al lisiado, al ciego y al cojo.

No es posible creer el testimonio de la fe sin el de la caridad; no cobran su sentido verdadero las palabras sobre el bien y la felicidad alcanzada en el Señor, sin el afecto de un amor presente, de una amistad real y ofrecida. Ciertamente, este amor no es exigible por nadie y, sin embargo, es lo único en que se puede creer.

Por ello resulta imprescindible en primer lugar el propio enraizamiento del creyente en esta realidad de amistad fundada por Cristo –en la comunión de la Iglesia; sin lo cual el anuncio de haber sido amado con un amor semejante estaría vacío, como “un bronce que resuena o un címbalo que retiñe”.

Ni sería posible tampoco creer en este amor y esta comunión si no se ofreciesen realmente al otro; es decir, si no se invitase concretamente al pobre, lisiado o cojo al banquete ofrecido por el Rey.

Ambas dimensiones, la alegría de la fe y el gozo de la caridad, van íntimamente unidas. Ambas son el principio de una relación humana verdadera, que haga posible incluso el milagro de la educación.

 

Conclusión: La alegría ante la obra de Cristo

Observa santo Tomás que las obras de otro pueden ser causa de nuestra alegría de tres maneras. Con ello podemos resumir, para concluir, la alegría producida por la fe en nuestro Señor Jesucristo, bien sabiendo que podría y debería ser descrita siguiendo todos los aspectos de las obras del Hijo de Dios hecho hombre –artículo por artículo del Credo, por ejemplo.

Nos gozamos, en primer lugar, en la obra de otro, porque por su medio conseguimos un bien. Y esto se da máximamente en el caso de Cristo, en quien recibimos todos los bienes y los más deseables, la liberación del mal, la plenitud de la vida, la eternidad; y, más aún, el don de un amor entrañable, radicalmente gratuito, el don de su Persona misma, de participar en su propio ser divino.

Nos gozamos también cuando la obra de otro desvela una estima, una alabanza, un honor para nosotros. Esta alegría por una nueva dignidad –reconocida con estupor–, por una estima tan inmensa como la manifestada en este amor de Dios, capaz de bajar de los cielos y de llegar hasta la muerte por cada uno, es propia de la fe del cristiano.

Y, en tercer lugar, nos llenamos de alegría por las obras buenas del amigo, porque las sentimos como propias por la fuerza del amor. Y así se alegra la fe ante nuestro Señor en modo máximo. Es además una alegría siempre creciente, en la misma medida en que se progresa en el conocimiento de la grandeza y el esplendor de su obra y se profundiza en la amistad. La alegría crece al contemplar los misterios de su vida y al escuchar sus palabras, crece al poder confiarle un día a los propios seres queridos para su resurrección, crece al esperar de Él la fuerza y la plenitud del amor en los desafíos de la vida, crece al recibir el perdón que Él nos ha adquirido de una vez para siempre, crece al contemplar la fecundidad de sus dones en los fieles, en la santísima Virgen María y en todos los santos, en las maravillas obradas por ellos en medio del mundo, en las muchas formas de su entrega en la fe y en la caridad, en su defensa de los más pequeños y abandonados.

No terminaríamos de describir los motivos de la alegría. Recordemos simplemente que en cada oración y en cada petición resuena escondida una acción de gracias a nuestro Dios; y que la máxima expresión de nuestra fe es, al fin y al cabo, unirnos a la perenne, plena y radical acción de gracias al Padre que Cristo instituyó un día en la Última Cena. Aceptamos así que la fuente última y la cima de nuestro corazón sea también la acción de gracias al Padre –por el Don de su Hijo– y, por tanto, el agradecimiento, inseparable de la alegría.