La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él

       Las palabras de Benedicto XVI que titulan esta breve reflexión pertenecen a su Carta apostólica de convocatoria del “Año de la fe” con ocasión del quincuagésimo aniversario de la convocatoria del Concilio Vaticano II. Son a la vez un anuncio sencillo a todos los fieles de la naturaleza de la fe y, al mismo tiempo, la síntesis sabia de todo un camino teológico hecho en nuestra Iglesia y que ha culminado en el acontecimiento conciliar.

En efecto, desde los inicios de la época moderna, como consecuencia de nuevas concepciones de la naturaleza y potencialidades de la razón humana, así como de la revelación cristiana misma, se plantea a la Iglesia católica el desafío, no sólo intelectual, sino también vital, de una paulatina separación entre la fe y la razón. Este desafío, con fuerzas y formas renovadas, sigue presente en nuestra sociedad actual. El Vaticano II, en particular con la constitución Dei Verbum, puede ser entendido como una respuesta autorizada y solemne a estas cuestiones fundamentales para la comprensión del hombre y de su relación con Dios.

 

I. La reducción de la fe a la razón

En el horizonte de esta problemática, el concilio Vaticano I había significado ya un primer punto de llegada en la defensa por la Iglesia del carácter sobrenatural de la revelación ante la crítica racionalista, que negaba todo conocimiento que no fuese fruto de las capacidades naturales de la razón. La doctrina católica común sostendrá sistemáticamente que la verdad que proviene de la razón y la que proviene de la revelación no se confunden, ni tampoco pueden contradecirse o hacerse mutuamente superfluas.

Esto significa, por un lado, que la revelación es una realidad radicalmente nueva y gratuita con respecto a los frutos de la subjetividad humana, que no puede identificarse con ellos de ningún modo, ni siquiera en el punto más alto de su especulación o de su sentimiento religioso; y, por otro, que la revelación no está en contradicción con la verdad propia de la razón, sino, al contrario, en una estrecha relación de colaboración con ella en vistas de alcanzar el único fin último del hombre –a este propósito, Juan Pablo II introdujo recientemente la noción de circularidad.

Si en otro tiempo estas perspectivas podían ser vistas como contrarias a la dignidad de la razón, a la que presuntamente se negaría así el acceso a toda la verdad, redundando además en una minusvaloración de la fe, que se referiría a verdades innecesarias para la vida en este mundo, hoy día son percibidas, en cambio, en convergencia con el camino del pensamiento contemporáneo. Pues, tras la llamada “crisis de la modernidad” y la pérdida de la fe en la capacidad de la razón de construir un sistema absoluto, se acepta ya generalmente que un concepto filosófico será siempre insuficiente para resolver la cuestión humana como tal, y se prefiere tomar como punto de partida de la reflexión al hombre real, a la persona concreta, con su búsqueda de verdad y su necesidad de dar forma a la vida. Ahora bien, esta búsqueda humana, cargada de exigencias vitales para la existencia de la persona, no sólo pone de manifiesto los límites de la mera razón científica, sino también su carácter de apertura radical a la novedad del otro.

Por ello, la defensa de la alteridad irreductible de la revelación y de la fe cristiana, de su plena gratuidad y, al mismo tiempo, de su profunda interrelación con la razón, no pertenece simplemente al pasado del diálogo del cristianismo con el mundo moderno, sino que permanece plenamente actual y se ha hecho incluso más plausible.

Sin embargo, estos planteamientos, por ser formales, no constituyen todavía una respuesta suficiente. Ya que, en realidad, se fue siempre consciente de que la posibilidad como tal de una revelación no podía ser negada coherentemente desde la pura razón crítica; y, de hecho, al menos desde finales del s. XVIII, el desafío de fondo se planteaba ya expresamente en términos materiales, es decir en referencia a la naturaleza misma de la revelación histórica.

En efecto, desde diferentes puntos de vista la revelación había sido relativizada, proponiendo comprender lo histórico y “positivo” como instrumento de una religión natural y racional, como un momento de la evolución de la humanidad, en el que se habrían expresado ideas sobre Dios, el mundo y el hombre, destinadas inevitablemente a ser pasadas por el tamiz de la razón humana y a convertirse en posesión suya. Lo histórico –la referencia a una institución sacramental o a una autoridad positiva– sólo sería aceptable, si se comprendiese como vacío en sí mismo, destinado a desaparecer al llegar la razón a su estadio adulto.

Ante este desafío de raíz naturalista o inmanentista, claramente irreconciliable con el anuncio de la fe cristiana, la Iglesia había reafirmado siempre con fuerza que la revelación no puede reducirse de ningún modo a la subjetividad humana; que es una iniciativa gratuita de Dios en la historia, que se presenta ante el hombre dotada de la autoridad propia de su origen divino; y, por tanto, que la verdad revelada no es creída, “por la intrínseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que se revela”. Se defendía así ciertamente el hecho de la intervención divina en la historia, pero no se ofrecía todavía una respuesta desarrollada sobre la naturaleza de la revelación misma.

De hecho, ya desde la primera mitad del siglo XIX, la teología percibía de modo cada vez más agudo la insuficiencia de una concepción predominantemente doctrinal de la revelación y de la fe cristiana. Mientras se hacía cada vez más nítida la necesidad de responder a las interpretaciones de la figura histórica de Jesucristo propuestas ya no sólo por la filosofía, sino también y de modo muy influyente por la investigación histórico-crítica, que ponían en discusión su divinidad y su significado para el hombre contemporáneo.

Así, la comprensión de la figura real de Jesucristo se convirtió en la clave de comprensión de la revelación y de la fe, en el centro mismo del debate teológico, tanto protestante como católico: ¿Es posible conocerlo como persona histórica absolutamente singular, que sigue siendo origen y motivo de una fe que no se reduce a la razón natural? ¿o lo comprenderemos siempre según la medida de nuestra propia subjetividad, a partir de nuestros conceptos, que provienen de la experiencia humana natural, reduciéndolo por tanto a una realidad últimamente mundana?.

Con mayor o menor claridad la investigación histórica planteaba desde el inicio, como dificultad de fondo, que el acceso de la razón a Jesús acontece siempre en parámetros determinados por el hombre, dado que toda comprensión exige de alguna manera un principio de correspondencia con el ámbito de lo accesible a la experiencia humana. Pues entonces, ¿no sería necesario concluir que nada en la historia es incomparable o absoluto, que todo tiene analogías y gracias a ello puede ser entendido?. El rigor científico ¿no consistiría precisamente en saber enmarcar a Jesús en su tiempo y su cultura, como un individuo cuya singularidad residiría en una peculiar combinación de tradiciones judías y cuya repercusión histórica sería, al final, la de sus ideas metafísicas, morales o religiosas?

Resuena así de nuevo, a propósito de la figura de Jesús, la objeción de fondo planteada por el racionalismo: el hombre está llamado a comprender a Jesús de Nazaret y las verdades que haya podido revelar, y, por tanto, a guiarse por la propia razón, dejando atrás la fe en Él y negando la obediencia a autoridades que pretendan fundamentarse de modo dogmático y no racional.

De modo que, siguiendo la parábola de una cierta modernidad, es muy grande hoy día el riesgo de concluir en el relativismo histórico o en un agnosticismo prudente a propósito de la existencia de una verdadera revelación divina en Jesucristo. Y, sin embargo, como dice Porta fidei 10, sintetizando el pensamiento de la Iglesia: “La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él.”

 

II. El acontecimiento histórico de la revelación en Cristo

En este horizonte, la enseñanza del Vaticano II es de transcendencia decisiva. El Concilio tenía una finalidad apostólica, buscaba presentar en modo nuevo la verdad del Evangelio al hombre contemporáneo, aceptando las exigencias de un diálogo verdadero con el mundo moderno. Los textos conciliares mismos manifiestan claramente su intención de ofrecer una enseñanza fundamental sobre la relevancia única de la figura de Jesucristo para la vida de todo hombre a lo largo de la historia y, por tanto, para el anuncio de la fe hoy.

La comprensión del mensaje conciliar necesita toda la amplitud de este horizonte y, por tanto, mantener orgánicamente relacionada su enseñanza sobre la Iglesia con su enseñanza sobre la naturaleza de la revelación divina y lo que ésta significa para la comprensión de la dignidad y de la vocación del hombre. En efecto, Dei Verbum, no presenta la revelación sólo en su dimensión doctrinal, sino programáticamente en toda su amplitud como acontecimiento histórico, que culmina en la persona y el destino de Jesucristo, y que, gracias a su Espíritu, permanece presente en el tiempo por medio de la Iglesia, que es su Cuerpo, que transmite esta revelación, “todo lo que es y cree”. Gaudium et spes subrayará, por su parte, el significado permanente del Evangelio en la historia: en Cristo se le manifiesta el hombre al propio hombre y se esclarece su misterio, de modo que descubre con estupor el propio valor y dignidad, la verdad definitiva de su persona.

En estas perspectivas fundamentales de recepción del Concilio y de diálogo con el mundo moderno se sitúa desde el inicio el magisterio de Juan Pablo II, así como el de Benedicto XVI.

II.1 La revelación en Jesucristo

Las indicaciones decisivas son, sin duda, las ofrecidas por Dei Verbum, que había planteado su reflexión sobre la revelación dirigiendo metodológicamente su mirada a la historia, a la persona y a la obra de Jesús de Nazaret, y subrayando cómo la verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre resplandece en Jesucristo, mediador y plenitud de la revelación.

La dimensión cognoscitiva propia de la revelación y de la fe es integrada también en el horizonte abierto por esta forma histórica de la iniciativa divina, la Encarnación del Hijo de Dios. La verdad comunicada por Dios al hombre –siempre con obras y palabras intrínsecamente unidas– “ha sido pronunciada una vez para siempre en el misterio de Jesús de Nazaret”. El acontecimiento de la Encarnación, la realidad del Verbo Encarnado, aporta a todos los hombres una verdad propia y nueva, que no puede ser entendida como una posibilidad de la razón y tampoco, por tanto, como el fruto de un ámbito territorial o cultural determinado –como propondría un cierto relativismo religioso; se trata de la novedad radical del don del Hijo a los hombres, que revela y comunica el Amor del Padre. Al mismo tiempo, a través de su historia personal, y en particular de su cruz, resurrección y don del Espíritu, Jesucristo abre a todos el acceso al Padre, a la vida divina rechazada por el primer Adán, y ofrece así la verdad última sobre la vida y el destino de la historia.

Ahora bien, comprendiendo así la naturaleza de la revelación, se hace imposible reducir la verdad revelada a sola doctrina y concebirla como abstraída y separada tanto del Revelador, la persona histórica de Jesús de Nazaret, como del acto por el que Dios se revela.Pues el conocimiento y la participación en la comunión intratrinitaria que Dios ofrece al hombre con la entrega de su Hijo dejaría de ser tal si Jesucristo fuese sólo la expresión histórica más o menos perfecta de nuestra autoconciencia. Del mismo modo, la verdad del acceso abierto a la vida del Padre a través de la cruz, la resurrección y el don del Espíritu, perdería todo sentido si no se afirmase como un camino abierto realmente en y para la carne de la humanidad, como historia concreta de la persona de Jesucristo y como historia posible realmente para todo hombre, como acontecimiento presente y no sólo como afirmación intramental.

Desde esta perspectiva, decir que Jesucristo es la plenitud de la revelación, que es la Palabra hecha carne, significa que toda la verdad que Dios quiere comunicar a los hombres –la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre y su destino– se revela siendo realizada en la historia personal de Jesucristo, llegando a la plenitud de su manifestación en los acontecimientos pascuales. De modo que la comunicación de Dios al hombre no puede disociarse de la humanidad de Jesucristo, es decir, de su historia personal, de sus palabras y obras, del conjunto de su destino.

II.2. La fe

Por ello, la acogida de esta revelación por el hombre no puede consistir simplemente en abstraer de ella verdades doctrinales y acomodarlas en el horizonte de la relación con el mundo y con Dios que ya se posee. Porque, para acoger una revelación semejante, realizada en el don de sí del Hijo hasta la cruz y en el envío del Espíritu, no sería suficiente conocer ideas de o sobre Jesucristo, por más que fuésemos capaces de integrarlas en un sistema racional; sería necesario conocerlo a Él, es decir, entrar en comunión con Él.

Por eso, en el centro mismo de la revelación cristiana se encuentra la presencia de Jesús de Nazaret y su llamada al seguimiento, a compartir su propia vida, su misión y su destino. Esta será la forma en que “el hombre se entregue entera y libremente a Dios”. Tal es el testimonio de los Evangelios y de todo el NT, que nos presenta el camino de la fe como una relación de discipulado, de conocimiento y de compromiso personal, iniciada en tierras de Galilea, pero que no alcanza sus plenas dimensiones hasta que Jesucristo no lleva a término todo su camino, hasta que no culmina su misión con su resurrección gloriosa. Pues, por un lado, sólo entonces tienen los discípulos ante los ojos la plenitud de la revelación, de la Palabra que el Padre dice en la humanidad de su Hijo; y, por otra parte, porque también entonces llega a su culmen la posibilidad de su acogida creyente, gracias a la comunicación de sí que Cristo hace a los hombres, iniciada en la Encarnación, continuada en la compañía mutua que Él mismo crea por los caminos de Israel, y cuya plenitud, anticipada en la Última Cena, se ofrece ya con el don del Espíritu por parte del Resucitado.

Este Espíritu Santo, en efecto, introducirá a los discípulos en la comprensión de toda la verdad revelada por Jesucristo, la cual no es sólo una doctrina más o menos compleja o novedosa, sino la realidad plenamente presente del amor del Padre y del Hijo, hecho palpable en la humanidad de Jesucristo, que vive en la historia su singular relación de unidad con el Padre –de conocimiento y amor pleno de su voluntad y de entrega ilimitada a la misión salvífica que le encomienda. Introducir a la verdad de la Revelación significa, pues, introducir al reconocimiento del amor trinitario revelado en Cristo, lo que no podrá acontecer más que haciendo posible gratuitamente la participación en tal relación de amor, vivida humanamente por el Hijo en la tierra y ofrecida a los hombres como el Don de la presencia misericordiosa y salvadora de Dios. Así, en la humanidad del Hijo, de Jesucristo, se revela el Padre definitivamente, y se inicia y lleva a cumplimiento la fe.

En conclusión, la forma elegida libérrimamente por Dios para comunicarse a los hombres en estos últimos tiempos, la Encarnación del Hijo, determina también la vía por la que el hombre puede acceder a su comprensión, a la fe verdadera. El Hijo de Dios se hace hombre y genera en medio de la historia una experiencia humana intrínsecamente renovada, que otros pueden ver, oír y tocar, en la que es posible participar. El conocimiento de la verdad revelada acontece para sus discípulos en el camino de una historia personal vivida con Él, a través de una realización de la existencia hecha posible por la presencia y la relación con Jesucristo, que los llama a participar de modo singular –eucarístico– en su relación nueva y verdadera con el Padre y con el mundo, a entrar en la nueva alianza con Dios realizada en su humanidad.

 

III. Forma eclesial de la fe

En palabras de Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

Así hablan desde el inicio los textos paulinos más antiguos: los cristianos viven en Cristo, conformados con Él, participando de su muerte y resurrección de modo misterioso pero real –sacramental–, hasta el punto de poder ser llamados miembros del Cuerpo de Cristo, nueva y profunda realidad de unidad interpersonal en la humanidad de Jesucristo, crucificado y glorioso.

Esto mismo ha seguido anunciando la Iglesia, particularmente en la época moderna, con la afirmación permanente de su fundación por Jesucristo. La Iglesia no es originada por la simple asociación libre de hombres movidos por los impulsos morales o religiosos de su inteligencia, voluntad o sentimiento, sino que es una realidad de participación, de comunión en la humanidad del Hijo de Dios que Él mismo genera y conforma con su propia historia personal, es decir, con su existencia, definida por la entrega de sí a los hombres en obediencia y manifestación del amor del Padre, y culminada en su constitución como Señor que dona el Espíritu a los suyos.

Esto ha enseñado el magisterio reciente también con su peculiar insistencia en la intrínseca unidad existente entre la Eucaristía y la Iglesia, es decir, en la radical forma comunional y eucarística que Cristo ha dado a la fe y al ser cristiano.

III.1. La fe como comunión

Así pues, desde sus inicios mismos, la fe y la Iglesia surgen del encuentro y del seguimiento de Jesucristo, hecho posible en toda su radicalidad por el don del Espíritu; ésta es su forma originaria de ser, la forma originaria del ofrecimiento y de la acogida de la revelación, que habrá de permanecer sustancialmente inalterada a lo largo de la historia. De hecho, los apóstoles, tras Pentecostés, no proponen a los hombres simplemente nuevas interpretaciones de la existencia, sino que anuncian la salvación obrada por Dios en Jesús el Nazareno, e introducen en la realidad que anuncian: en el conocimiento y la comunión con Cristo, en la vida de hijos adoptivos unidos al Primogénito, como criatura nueva reengendrada de germen no corruptible. En una palabra, anuncian el Evangelio para que los hombres puedan estar en comunión con ellos, que están “en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo”.

De este modo, el designio salvífico divino asegura una cierta contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época, que se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia, la cual, gracias al Espíritu Santo, vive en comunión con el Señor resucitado y puede ser así “como un sacramento”, signo e instrumento de la unión del hombre con Jesucristo. En palabras del Vaticano II, “la Iglesia con su enseñanza, su vida y su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que es y todo lo que cree”.

La revelación podrá así ser acogida por el hombre, el cual no es introducido sólo al conocimiento de un mensaje humano sobre Dios, sino a la realidad presente –sacramentalmente– de la unidad con Cristo y, por consiguiente, a una relación nueva y más profunda con Dios y con el mundo, en la que descubrirá al mismo tiempo de modo nuevo la verdad de su persona, la dignidad y la misión de la propia existencia.

Esta forma propia de la fe y de la Iglesia, originada por la Encarnación del Hijo y hecha de encuentro y seguimiento concreto, de testimonio y comunicación interpersonal, de gratuidad y amor, no es superable en nombre de ninguna racionalidad ulterior, no puede reducirse a la imitación de un modelo ético externo ni al aprendizaje de doctrinas que, de algún modo, provendrían del Maestro. Pues ello significaría pretender contener el misterio de Dios en los límites de la mera razón, y se perdería lo propio de la revelación cristiana: la alteridad real, el don de la presencia histórica de Dios hecho hombre, que nos invita “a participar en el misterio de la vida trinitaria”, culminación inalcanzable de cualquier conocimiento sobre el sentido de la existencia y síntesis definitiva que la mente humana no hubiera podido ni siquiera imaginar.

Puede concluirse, por tanto, que la vida en la comunión de la Iglesia es la forma primera de transmisión de la verdad definitiva sobre Dios y sobre el destino del hombre, el lugar en que es posible históricamente acceder a la fe, al conocimiento verdadero de Dios y de su designio de salvación. La experiencia de vida nueva, renovada por la presencia de la humanidad plena de Jesucristo, la vida de santidad que resplandece en tantos miembros del pueblo de Dios, es la condición de posibilidad para que el hombre pueda percibir la belleza y la fuerza salvífica de la verdad divina revelada en Cristo. Del mismo modo, la permanencia viva en esta comunión de la Iglesia es también condición fundamental para llegar a conocer la revelación definitiva de Dios en la historia, “la última posibilidad que Dios ofrece para encontrar en plenitud el proyecto originario de amor iniciado en la creación”.

III.2. La fe como seguimiento

Ya que “la fe es decidirse a estar con el Señor, para vivir con Él”, no será posible separar en la revelación la realidad personal de comunicación de sí de Dios de toda la verdad implicada y desvelada en esta nueva relación con Dios, es decir, de sus contenidos doctrinales. El Credo apostólico mismo pone de manifiesto esta estructura de la fe, en la que todos los contenidos son expresión de la nueva relación que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ofrece gratuitamente al hombre en la historia.

Si el Verbo se ha hecho carne y su conocimiento coincide con una relación viva y personal con Él, la escucha y aceptación de la Verdad revelada –es decir, la fe– no consistirá sólo en ratificar con la mente un conjunto de proposiciones, sino en primer lugar en el reconocimiento de su presencia y manifestación histórica, en un gesto de confianza, de docilidad hacia su persona, que implica a todo el hombre y en el que la libertad “se vive de modo pleno”. En otros términos, la verdadera escucha de la Palabra de Dios alcanza su forma plena en el seguimiento.

Cuando, por el contrario, se conciben los contenidos de la revelación como separables de la relación personal en que se originan, ya no es necesario el seguimiento; pero entonces pueden ser apropiados por los hombres, que los convierten en objeto de su conocimiento. De modo que la desaparición de la estructura del seguimiento equivaldría a imposibilitar la afirmación de la revelación cristiana.

Esta estructura significará, en cambio, para el fiel cristiano, vivir toda gracia o don personal, toda fe y “conocimiento de Dios” como participación en el Espíritu del Señor, como un principio de vida en comunión; es decir, vivirla en la unidad de los hijos de Dios y para la construcción del Cuerpo de Cristo.

Pues la autoridad propia de la presencia irreductible de Dios, del Hijo hecho hombre, se refleja en la objetividad de la Iglesia católica, determinada por la misma naturaleza de la comunión en Cristo, la cual es construida en la historia por el Espíritu con los medios de la Palabra y el sacramento, y el servicio del ministerio apostólico.

La Iglesia se presenta así ante el hombre con una cierta autoridad, por ser realidad sacramental de comunión con Cristo, que proviene de Él y permanece en unidad con Él, guiada por su Espíritu. Los rasgos esenciales de la verdad y de la vida que anuncia no están a disposición ni se dejan conformar por la voluntad autónoma del hombre.

Por tanto, en las formas históricas concretas de transmisión y acogida de la revelación se comunica a los hombres el Dios que siempre los transciende; se manifiesta como Don radical, sin quedar por ello reducido en su alteridad propia, pues asegura al mismo tiempo la objetividad de su presencia, de modo que no quede sometida al poder del hombre, sino que lo interpele con autoridad verdadera.

De este modo, gracias a la pertenencia y al encuentro continuo con la Iglesia concreta y viva, el hombre entra en la dinámica propia de la comunión y del seguimiento de Cristo, sin poder reducirlo a los límites de la propia subjetividad, a la inevitable parcialidad del propio criterio, de la propia experiencia y comprensión de la realidad.

Así, la realidad concreta de la Iglesia se muestra como el lugar que hace posible en la historia la transmisión de la revelación y la obediencia del seguimiento, el acceso a la comprensión de la Palabra de Dios y su anuncio a todos los hombres.

En el contexto cultural específico de nuestro tiempo, que dice no estar dispuesto a aceptar ningún tipo de absolutización de la razón o del poder humano, un anuncio semejante de la Verdad revelada puede tener particular credibilidad, precisamente porque, por su misma naturaleza, tiene como vía de transmisión la experiencia de un Pueblo presente en la historia, en cuyo encuentro la libertad de toda persona es invitada a la obra y su razón al juicio.

Pues la verdad del Evangelio puede ser percibida como una posibilidad real de humanización, mostrando así su rostro verdadero y razonable, puede ser acogida con fe, cuando es anunciada y se hace presente en la vida de comunión del Pueblo de Dios, por la que el hombre es introducido al seguimiento de Cristo y, así, estando y viviendo con el Señor, a una relación cada vez más adecuada con Dios y con toda la realidad.

La celebración de la Eucaristía, culmen de la liturgia de la Iglesia, será siempre la expresión simbólica mayor de este Pueblo y de su fe, que se origina perpetuamente en Cristo y que vive en la historia en el seguimiento libre y dócil de su Espíritu de comunión y de amor.

 

+ Alfonso Carrasco Rouco

 

Obispo de Lugo